La hija del joyero Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

—De modo que formas parte del mundo de la especulación, como siempre quisiste.

—Hace dos años era mi especialidad en París. Ahora es solo una de mis diversas funciones como Real Guardajoyas. Me he vuelto un poco francés: cortés pero desconfiado. Quizá era la ciudad perfecta para mí.

Ágata dejó para otro momento la conversación sobre su etapa en Francia, o preguntarle por la técnica de falsificación del fondo pintado que llegó a enseñarle Arturo y que le recordó las charlas que ella y Velasco mantuvieron cuando eran muy jóvenes; sabía que debía centrarse en el presente.

—En realidad no estoy tan familiarizada con tus funciones. ¿En qué consiste tu oficio exactamente?

Velasco aprovechó que habían dado con un hueco en una esquina de la barra para inclinarse hacia ella y hablarle al oído para mayor privacidad:

—El Real Guardajoyas es el entendido en esas piezas con mayor reconocimiento por parte del rey y goza de su máxima confianza.

Por tanto, no solo le encarga las joyas para familiares y allegados, sino que es el experto al que acude cuando desea adquirir la obra de cualquier orfebre.

También es quien custodia sus joyas personales y las más valiosas, además de las heredadas de generación en generación dentro de la familia real.

La malagueña tuvo la corazonada de que era el momento propicio para preguntarle por el anillo, y se lanzó:

—Eso quiere decir que conoces todas las piezas que han pasado por los dedos de las reinas, incluso de la que acaba de fallecer.

Velasco no respondió, pues, por increíble que fuera, Ágata ya no le prestaba atención.

Su mirada se había ido a la esquina opuesta de la sala, donde un montón de gente coreaba a dos hombres muy corpulentos que estaban inclinados sobre una pequeña mesa de madera echando un pulso.

Ágata no daba crédito: Arturo Bosco de Montesinos era uno de esos hombres.

Solo llevaba los pantalones y una camisa blanca muy remangada, abierta por completo, que dejaba a la vista un torso poderoso lleno de músculos y cubierto de sudor.

Velasco siguió los ojos de ónice de Ágata para descubrir el foco de su atención.

—Por tu expresión, supongo que es la primera vez que lo ves en pleno despliegue de su don de gentes.

—Sé perfectamente qué hace el Barón Tasador en esta clase de sitios —dijo ella y apartó la mirada, fingiendo que no le importaba—. Jamás me lo ha ocultado.

—Me cuesta creerlo. Tanto que él haya sido tan sincero como tú tan comprensiva. Pero no me refería a eso —apuntó Velasco mientras pedía con la mano un par de chatos de vino a la camarera más cercana—, sino a tu reacción, pues parece que es la primera vez que lo ves así.

A Ágata le molestó el tono con el que se lo dijo.

—No me trates de inocente o impresionable, Velasco.

En vez de replicar, este le ofreció el chato de vino sin dejar de mirarla a los ojos.

La algarabía en torno al pulso subió tanto de volumen que los dos se volvieron a mirar la mesa de los contendientes.

Poco después, Arturo estampó el puño de su contrincante, un militar, con un golpe tan fuerte que por poco rompió la mesa.

El vencido maldijo y él se jactó alzando ambos brazos, pero no tardó en pasarle el brazo por encima para consolarlo y decirle algo por lo bajo, lo que el hombre, un tipo enorme y de abundante barba, terminó por aceptar resignado.

Ágata no tenía duda de que se habrían jugado algo importante, seguramente información, que era lo que Arturo más valoraba.

Un par de empleadas del local ligeras de ropa se acercaron al Barón Tasador y lo cubrieron de atenciones.

Una le ofreció su chaleco y la otra le tendió una jarra enorme de cerveza que Arturo apuró casi de golpe.

Al parar para tomar aire, su mirada coincidió con la de Ágata.

Tras un instante, alzó la jarra en su dirección y la terminó de un segundo trago.

Luego se despidió de las mozas y se dirigió hacia ellos dos abriéndose paso entre la gente.

—Señorita Guirado —saludó un tanto ebrio de alcohol y de éxito, apoyándose en la barra junto a ella—. Ya veo que acompañas a tu compañero de juventud hasta el mismísimo infierno si hace falta.

—Dice el diablo después de condenar a un alma inocente —repuso Velasco.

—Ah, se ha fijado —le respondió—. Si conociera los crímenes de esa alma en concreto se daría cuenta de que él era Satanás y yo, el humilde serafín que pasaba por aquí repartiendo justicia. Pero no se preocupe, Mayo, con una intervención al día voy servido.

Velasco resopló incómodo y Arturo lo ignoró para guiñarle un ojo a la camarera.

A continuación inició una breve conversación con ella para pedir.

Puesto que su amplio torso descubierto seguía vuelto hacia Ágata y tan cerca, la joven no pudo evitar admirar los detalles.

Cuello y pecho musculados, abdominales marcados y una uve manifiesta que solo había visto en las esculturas griegas.

Aún más hipnótico era seguir las gotitas de sudor hacia el mismo punto sugerente que se perdía en los pantalones.

Ágata notó las mejillas arreboladas y decidió dirigir la vista hacia Velasco, quien, por su expresión de reproche, había sido testigo de lo que ella contemplaba.

—¿Sigues pensando que no existe nadie más bello que yo? —le preguntó de sopetón Velasco.

Ágata parpadeó con el rostro achicharrado por el sonrojo.

No podía creer que se acordara de aquella conversación ni que la sacase delante de Arturo, a riesgo de que lo escuchara.

Velasco suspiró algo desanimado, y antes de que ella pudiese replicar, decidió cambiar de tema dirigiéndose a Arturo en el tono más desagradable y prepotente posible:

—Así que continúa haciendo tratos con los africanos, barón.

—El capitán Acedera se mueve principalmente por la zona de Ceuta y Melilla, sí.

De hecho, creo que llegó a tratar a su padre, Mayo.

Aunque es un formidable proveedor de diamantes, es aún mejor proveedor de información.

Cuesta convencerle para hablar, eso sí. He tenido que vapulearlo también a las cartas y bebiendo para que desembuchara.

—Pues espero que esa mijilla de información fuese tan valiosa como para que mereciese la pena ver resentida tu salud y tu integridad física —apuntó Ágata, tan enfadada que se le marcó el acento—. O tu honor.

Arturo alzó una ceja con interés. No se le podía haber escapado la puntilla final, puesto que Ágata le miró el pecho desnudo y señaló con la cabeza a las dos muchachas que lo habían agasajado.

—¿Qué es una «mijilla»? —preguntó el barón para desconcierto de sus acompañantes.