La hija del joyero Capítulo 24
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Capítulo 24

Viviana entonaba una canción sentada en el sillón de la reina consorte de España, en el Salón del Trono del Palacio Real de Madrid.

Alfonso le había pedido que no se pasease tanto por las estancias oficiales, pero a la condesa italiana le encantaba desobedecerlo.

Así demostraba su poder sobre él y propiciaba los cuchicheos.

El círculo íntimo del rey sabía de su relación, pues su propia madre, Isabel II, los presentó cuando él apenas tenía dieciséis años con el fin de distraerlo de otras mozas menos convenientes.

Viviana lo impresionó con su belleza, su voz y su conversación, pero el futuro monarca jamás sucumbió del todo a su embrujo.

La relación terminó debido al hartazgo de la reina y al enamoramiento de Alfonso de su prima Mercedes.

Viviana Olivieri se recolocó en el sillón de terciopelo burdeos que apenas unos meses atrás ocupaba aquella sevillana sin encanto alguno. La condesa italiana se había tomado el matrimonio como una afrenta a su orgullo. Nadie se atrevía a desdeñar a la condesa de Costigliole.

La aristócrata estuvo meses bullendo de rabia tras el rechazo de Alfonso. Entonces Velasco le habló del anillo de su maestro de Málaga. Viviana pensó que era una buena baza para cuando surgiera la oportunidad de reconciliarse con el rey. No se imaginaba que el plan sería tan efectivo y redondo.

La única pieza fuera de lugar era la hija del joyero.

Aunque le aseguró a Velasco que aquella ragazza malagueña no le preocupaba lo más mínimo, Viviana no se creía que Ágata Guirado hubiese ido a Madrid solo para trabajar en el taller Mellerio.

La joven compañera de Velasco era lista, así se lo pareció la única vez que la tuvo delante.

No podía consentir que la acusara de nada deshonroso.

Ella lo negaría todo y sería la palabra de una pobre joyera huérfana contra la de toda una condesa que gozaba de la protección del rey; aun así, no debía subestimar a Alfonso.

El joven monarca seguía sin levantar cabeza por la pérdida de su adorada esposa. En el lecho se dejaba llevar por Viviana, pero muchas veces su cuerpo estaba allí y su mente vagaba muy lejos. Seguramente a algún lugar o momento compartido con Mercedes.

Viviana no estaba dispuesta a que ninguna mujer se interpusiera en sus propósitos, ya fuese una reina o una joyera.

Más a menudo de lo que le gustaría, la italiana recordaba su infancia humilde y se la llevaban los demonios.

Cantaba desde que tenía uso de razón, y adoraba que la gente se parase a escucharla por la calle.

Soñaba con que aquella voz privilegiada la hiciera tan rica que pudiera costearse vestidos dignos de una emperatriz y darse el gusto de pasearse por dependencias a las que solo entraban los poderosos y los monarcas.

Cuando llegó el momento, Viviana aceptó la propuesta de matrimonio del repugnante conde de Costigliole.

La relación fue un tormento público y privado, pero se negó a que nada le quitase la sonrisa de su cara bonita.

En vida del conde se hizo un hueco en las cortes europeas y recibió con los brazos abiertos el cortejo de todos los hombres poderosos que llegaron a su vida ya de viuda.

Por fin en su madurez tenía la vida que siempre había soñado de niña.

No permitiría que una joyerucha de Málaga lo estropeara relacionando el anillo de su padre con el obsequio que le dio a su querido Alfonso.

Mientras aguardaba a que su amante hiciera acto de presencia para regañarla, Viviana siguió tramando cómo resolver sus problemas con Ágata Guirado.

Entretanto, hacía un mes que Ágata había cumplido los veintitrés años, pero lo pasó con mucha pena y ninguna gloria.

Nadie la felicitó, aunque recibió dos regalos, ambos sin remitente.

Tuvo claro de quién era cada uno. El primero era una caja de caramelos que adoraba de niña, algo que solo podía saber Velasco.

El segundo consistía en un juego de herramientas de joyero de la más extraordinaria calidad, sin duda de Arturo, que a su manera seguía apoyando su mayor pasión.

Cualquiera de los dos podría haberle dado sus respectivos presentes en mano, pero no lo hicieron.

Desde su habitación o el taller, Ágata los veía en el número cuatro de la Carrera de San Jerónimo.

Velasco mantenía las distancias y Arturo apenas iba a visitarla.

La joven no dejaba de preguntarse si la discusión con el Barón Tasador habría sido de verdad para tanto, si ocurría algo más que a ella se le escapaba, si la aparición de Velasco justificaba semejante alejamiento…

Si Arturo nunca volvería a mirarla como antes de que su viejo compañero de taller regresase a su vida.

Entonces, una noche, antes de correr las cortinas para irse a dormir, divisó a Arturo sentado en un butacón de mimbre de la biblioteca con el acordeón de la verbena en la que bailaron juntos.

El Barón Tasador parecía en trance, apenas palpaba las teclas y los botones del instrumento.

Debió de sentirse observado por ella, pues la miró.

Solo un breve instante. Luego comenzó a tocar todas y cada una de las melodías que danzaron aquella noche mágica en la plaza Mayor.

Ágata se apoyó sobre la barandilla y sonrió triste. Sintió como si Arturo estuviese despidiéndose de ella y de todo lo que habían compartido hasta entonces.

Pocos días después, François Mellerio insistió en que se tomara libre la tarde del sábado como agradecimiento por el trabajo excelente que había hecho para una duquesa muy exigente.

Ágata decidió aprovecharlo para ponerse manos a la obra e indagar sobre el anillo de su padre.

Puesto que ya no tenía la misma confianza con Arturo, se animó a abordar a Velasco.

Estuvo bastante rato delante del portal pensando en una buena excusa para estar allí cuando Ofelia saliese a recibirla, temiendo que en su lugar lo hiciese Arturo, pues le resultaría muy violento decirle que necesitaba hablar con Velasco.

La casualidad quiso que se abriera la puerta y apareciera su viejo amigo, que pareció sorprendido de verla, y también algo molesto.

—H-hola —titubeó ella.

Se quedaron mirándose en silencio un instante, contemplando sus respectivos atuendos: ella con un vistoso vestido color lavanda y él con un elegante conjunto que combinaba tonos verdes, grises y marrones.

Claramente ambos pretendían causar buena impresión, lo cual fastidió al Real Guardajoyas, pues lo interpretó a su manera.

—Si vienes a ver al señor barón, lleva todo el día fuera —le dijo en tono cortante cuando pasó por su lado.

—Venía a verte a ti —dijo ella siguiéndole.

Caminaron sin hablar hasta llegar a la plaza de Santa Ana y continuaron hasta la plaza del Ángel.

—¿Por qué razón querías verme?

—Sabes de sobra que tenemos una conversación pendiente. —Ella aceleró el paso, negándose a que él la dejara atrás—. Aunque sea por ponernos al día.

—Tú y yo no tenemos nada de lo que hablar, Ágata.

—Borde.

—Pesada.

Ella frunció los labios y él se detuvo. Con un simple intercambio de palabras de lo más infantil se habían trasportado años atrás, a una época en la que no se guardaban casi ningún secreto.

Velasco, incómodo al darse cuenta, echó a andar de nuevo, a paso ligero, por la calle de las Huertas.

Ágata se rezagó un instante mirando los edificios, luego sacudió la cabeza y corrió tras él esquivando a algunas personas, también variopintas, con las que se cruzaron.

Al notarla otra vez a su vera, Velasco chasqueó la lengua.

—No me sigas. Donde voy no es lugar para señoritas.

—Estamos en el corazón del barrio de las Huertas del Prado, ¿no? Hace tiempo que quería visitar esta zona. ¿No es donde se reúnen todos los intelectuales que pasan por la capital?

—Depende —respondió Velasco en tono seco—. También es donde se reúnen los conspiradores y el hampa de Madrid. Supongo que a su manera son también pensadores. Insisto en que el lugar concreto al que me dirijo no es para mujeres, Ágata.

—Sabes de sobra que no soy como las demás —resopló ella.

—Tampoco tolerarías esto.

Llegaron a una calle mucho más humilde y de aspecto lúgubre.

Estaba repleta de tabernas y había mucha gente fumando y charlando.

Un caballero algo ebrio empujó a Ágata para pasar entre ambos.

Ágata se asustó un poco, pero estaba decidida a encontrar el momento en el que abordar el tema del anillo con él y confiaba en que la intimidad de una tasca fuera el contexto ideal.

Tiró de su chaqueta cuando Velasco tomó el pomo de una puerta de madera con remaches dorados.

—No te robaré mucho tiempo, Velasco —le rogó ella.

—Vuelve a casa, niña —le espetó zafándose de ella, y entró.

Ágata parpadeó confusa y dudó un segundo, pero la rabia que le produjo que la llamara «niña» la llevó a entrar sin más miramientos.

El edificio era muy austero por fuera y no daba pistas del ambiente del interior.

Era un local de techos bajísimos, con pinturas costumbristas que incitaban a la mirada.

Había un barrullo de conversaciones, carcajadas y algún que otro instrumento desafinado, coronado por una espesa nube de humo de tabaco.

A Ágata los tonos rojizos y marrones de los muebles le resultaron acogedores.

Descubrió gente de todo tipo y extracción social, pero a la joven no le gustó nada cómo la miraron muchos caballeros al pasar.

Se apresuró a seguir a Velasco. Vio primero cómo saludaba a dos camareros y después descendía por unas escaleras muy estrechas, que llevaban a otra sala algo más oscura y descuidada.

Allí abajo distinguió algún que otro uniforme de militar y otros atuendos extravagantes propios de personas de vida disoluta.

—Como miembro de la corte, te hacía tratando con otro tipo de gente.

Velasco se sobresaltó al encontrarla de nuevo a su vera.

—Parte de mi trabajo es controlar el mercado de la especulación de joyas. Los maleantes y contrabandistas son los mejores proveedores de piedras preciosas.