La hija del joyero Capítulo 23 #3
63%

Capítulo 23 #3

Al oír su voz, Velasco apretó la mandíbula. Todo lo que hacía el barón de Valdecarros le irritaba: su manera de silbar por los pasillos, su carácter expansivo, las carcajadas forzadas.

—¿Qué tal ha dormido hoy, mi estimado Real Guardajoyas?

—Seguro que mejor que usted.

—Sí, desde que el rey ha vuelto al Palacio Real con todo su séquito estamos la mar de entretenidos.

Madrid parece una ciudad fantasma en verano, pero cuando llega el otoño, la vida social se vuelve trepidante.

Ahora que ha llegado su demandante condesa, usted tampoco tendrá descanso, ¿no?

Entre sus exigencias y que se ha convertido en el joyero predilecto de la corte, no debe dar abasto.

—No se atreva a mentarla.

—¿A su amada mecenas? Si bebe los vientos por ella, más ahora que ha recibido el puesto con el que soñaba gracias a ella. Aunque a un precio alto, ¿no?

Velasco lo fulminó con sus ojos azules por encima de las gafas mientras se ponía en pie. De golpe frunció el ceño cuando vio en la mirada de Arturo Bosco de Montesinos un matiz distinto a sus burlas habituales. Le dio la sensación de que le estaba reprendiendo por otra cosa.

—Siempre supe que era usted un hipócrita, señor Mayo, pero no imaginé que lo fuera tanto.

Yo que pensaba que eso de acabar atrapado por una mujer así era cosa de mala suerte, pero resulta que el problema estaba en usted.

Supongo que conquistar a alguien prohibido siempre tiene su puntillo.

Dígame, ¿qué pesa más ahora para usted? ¿La morbosa amante del rey o la inocente hija de su mentor?

—C-cállese.

—Pero no se altere. Solo estaba haciendo cábalas después de haber recabado información por ahí sobre un par de cosas que no terminaba de entender. Quizá pueda corregirme si me equivoco.

Velasco palideció y el barón fingió que reía.

—Supongo que estará aliviado de que el señor Guirado no esté entre nosotros para acusarlo de rastrero. Y de manipulador.

—N-no sé de qué me habla. Me parece que usted está frustrado porque ya no puede seguir fingiendo que es un santo ante Ágata —dijo y rechinó los dientes—.

Y usted me acusa de manipulador… Ágata le aborrecerá cuando se desenmascare.

Le suele ocurrir, ¿verdad? Se le pegan las verduleras porque son las únicas mujeres a las que no espanta, pero se le van los ojos con las honradas y trabajadoras.

Supongo que hasta usted fantasea con lo que no puede tener.

Un músculo tembló en la mejilla de Arturo y alargó una mano hacia Velasco. Por un momento, Ofelia y Lázaro temieron el gesto del Barón Tasador, pero este simplemente se limitó a pasarle el brazo por encima a su invitado.

—Bueno, Mayo, amigo, «detrás de un gran hombre hay una gran mujer», suelen decir. Digo yo que si la mujer es proclive a los problemas, el hombre también debe de dejar bastante que desear, ¿no? Y usted tiene muchos problemas.

—No le permito que hable así de Ágata.

—Ambos sabemos que no estamos hablando de la señorita Guirado —murmuró.

Velasco gruñó indignado.

—¿Por qué no se deja de rodeos y me dice ya qué es lo que le pasa conmigo?

La sonrisa del Barón Tasador se tiñó de malicia.

—¿Ya? Pero si acabamos de empezar a hablar, Mayo.

Venga, no sea impaciente. Le diré qué me pasa con usted.

Por ejemplo, sé que para usted es una pequeña satisfacción que la señorita Guirado crea que la rechaza.

¿Me equivoco? Forma parte del ego característico de las personas de su calaña.

Sí, sí, lo recuerdo de su etapa en París.

Le encanta hacerse de rogar. Pobre malagueña, tan indefensa ante la maldad ajena, no me extraña que se ruborice con el más mínimo halago.

Velasco lo miró con sus ojos celestes prendidos de rabia.

—La acaba de conocer, ¿qué sabrá usted? Ella siempre ha sido así. ¿Qué ha conseguido robarle? ¿Conversaciones? ¿Alguna risa? ¿Tal vez un par de confidencias?

Mientras hablaba, la sonrisa del aristócrata se fue diluyendo.

—Y se creerá que ya por eso la tiene camelada, ¡como si usted pudiera conquistarla de verdad!

—siseó satisfecho—. Ágata Guirado no es como ninguna mujer con la que se haya cruzado hasta ahora, barón.

Ni siquiera del tipo que se le resiste. Yo la he visto crecer: Ágata tiene un talento innato para desquiciar a cualquier hombre que se le acerque, y en el ínterin, se quedan estúpidamente enamorados sin tener la más mínima oportunidad de llegar a su corazón.

—Esa es más bien su condesa —susurró el barón—, de la que tan prendado está a pesar de que solo lo reclama como revolcón de consolación cuando Alfonso no está por la labor.

Velasco fue a agarrarlo por el cuello de la camisa, pero el barón de Valdecarros aprovechó el gesto para retorcerle el brazo y estamparle el rostro contra la mesa.

Los gritos de Ofelia y Lázaro lo detuvieron.

Arturo inspiró profundamente por la nariz, recuperó la sonrisa y aproximó los labios al oído del joyero.

—Te crees la personificación de la impunidad, ¿a que sí?

—le tuteó—. Crees que has vivido tanto que puedes justificar cualquier cosa que hagas, que no importan los medios a los que recurres para conseguir tus fines.

Pues te voy a decir una cosa: si creías que me darían igual tus maniobras, estás muy equivocado.

Lo único que te protege es lo mucho que le importas a Ágata, aunque no te la merezcas, ni cuando la abandonaste en Málaga ni mucho menos ahora.

Me cuesta creer que no tengas nada que ver con lo que la trajo a Madrid.

Velasco respiró de nuevo angustiado.

—Así que no confundas mi buen humor con indiferencia —siguió el Barón Tasador—, ni mi cordialidad con aceptación. El tiempo nos pone a todos en nuestro sitio, y yo solo estoy esperando a verte caer, niño bonito —dijo y lo soltó por fin de malas formas—. Que no se te olvide.

Velasco salió de la cocina a trompicones con el rostro arrebolado y sin dejar de acariciarse el brazo dolorido. Oyó de lejos cómo la escocesa reñía a voces al barón. Estaba en una casa de locos, pero él no pensaba marcharse. Había mucho en juego y a él no le gustaba perder.