La hija del joyero Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

Ágata sintió cada palabra como una daga clavándosele en las entrañas. Pero si no estalló fue porque una parte de ella estaba absolutamente fascinada con ese Arturo sereno y amonestador que no solía ver. Tal vez celoso, lo que le resultaba inconcebible.

A no ser que hubiese algo más. Algo que ella ignoraba, pero que él, o incluso Velasco, comprendían bien. De repente, toda esa pasión envenenada que los ojos y el tono autoritario de Arturo le estaban despertando en las venas se extinguió.

—¿En qué quedamos? —Ágata lo miró con frialdad—. ¿Quieres que deje los asuntos que me trajeron hasta aquí o no, Arturo? Empiezo a pensar que tanto una cosa como la otra te «incomodan».

Ágata empleó adrede el mismo término de la discusión de Arturo y Velasco. El barón de Valdecarros permaneció en silencio, sin moverse ni un ápice.

Esa era la verdadera cuestión. Ágata había llegado a confiar de verdad en ese hombre que la miraba con tanta intensidad, y albergaba sentimientos por él. La había conmovido con su historia personal y con su trato, pero en realidad apenas lo conocía.

Arturo parecía estar debatiéndose consigo mismo y con lo que pensaba de Ágata. Sus ojos se volvieron impenetrables.

—Por eso estás siempre tan enfadada —elucubró él en voz alta—. Se te da tan bien tu oficio que pensaste que esto también lo podías tallar, pulir y decorar como quisieras, ¿no?

—¿Te refieres a Velasco? Tú eres el primero que también ve a las personas como piezas que usar a tu antojo y…

No le dio tiempo a concluir la frase.

—Yo no me estaba refiriendo a Mayo ni a nadie en particular —la interrumpió Arturo.

—¿Y a qué entonces?

—A la vida.

Ágata frunció el ceño sin comprender. Quiso preguntarle qué demonios tenía que ver eso ahora con lo que estaban hablando, pero se contuvo porque en la expresión de Arturo volvió a ver al mismo caballero al que besó bajo la lluvia.

—¿Yo uso a otros a mi antojo, Ágata? A ti te gustaría que la vida fuese diferente, siempre lo has querido, y como no puedes cambiarla, prefieres recluirte en ti misma y no tratar con nadie, salvo si es en tu provecho.

Al menos la presencia de Mayo te ha hecho reaccionar.

La independiente Ágata Guirado, a la que ni la verbena más animada ni el acto más lujoso distraen de sus propósitos, resultó ser igual de voluble que cualquier otra mujer al reencontrarse con su primer amor, el guapito venido a más.

—¡¿Cómo te atreves a…?!

Le fue a clavar un dedo en el pecho y Arturo, en vez de retroceder, dio otro paso hacia delante. Ágata tuvo que apoyarse en él con ambas manos y echar la cabeza hacia atrás para seguir mirándolo a los ojos, pero se negó a callarse.

—I-insisto en que no eres quién para hablar.

Mírate. El tasador que ya no ve valor de verdad en nada ni en nadie.

Recurres a la risa y el buen humor para llenar un enorme vacío.

En cuanto a mí, siento ser tan horrible.

Porque sí, t-tienes razón, pero no en lo que crees —balbuceó al notar que él le apartaba un mechón de la cara sin dejar de mirar sus labios—.

Yo y solo yo soy la única piedra que me veo incapaz de pulir para adaptarme a esta vida mezquina.

Yo y solo yo soy mi mayor fracaso. Menuda decepción te habrás llevado al comprobar que no soy tan brillante como pensabas, ¿eh?

¡¿Ya estás satisfecho?! ¡¿Q-qué demonios más quieres de mí? !

Arturo no respondió, como si él mismo se lo preguntara.

Se mantuvo atento a sus ojos un poco más, temeroso de que terminara por deshacerse en llanto.

Él mismo cerró los suyos aferrándose a sus delicadas manos enfundadas en encaje, tan pequeñas en comparación con las suyas.

Bajó la cabeza muy despacio, para que su mejilla rozara la de Ágata, como si se muriera por confesarle lo inconfesable al oído.

La joyera cerró también los párpados, incapaz de no abandonarse a ese gesto que ya era tan de los dos como cada palabra íntima que habían intercambiado.

Pero no hubo palabras ni intimidad, porque de repente, en una actitud esquiva que la joven nunca le había conocido, Arturo la soltó para marcharse.

Ágata necesitó varios minutos para reponerse. Recogió del suelo el libro que había estado leyendo para devolverlo a su lugar de la estantería y se dirigió al taller para trabajar y no pensar más. Solo cuando estuvo sentada a su mesa consintió que una lágrima rodara por su mejilla.

Le vino a la cabeza una conversación muy tensa que mantuvo con su padre sobre su obcecación, su hermetismo y lo decidida que estaba a no relacionarse jamás con ningún caballero para perseguir su sueño de ser joyera.

Su padre nunca volvió a insistir después de que ella le dijera que había algo que le importaba mucho más que el trabajo en el taller.

Él. Ese fue el día en que al fin se entendieron.

Ágata comprendió que Aurelio nunca quiso que se casara por casarse con cualquiera o que dejara la joyería por condenarse a una vida desdichada, y su padre, que ella se inició en el arte orfebre por seguir sus pasos y por no dejarle solo.

Arturo compartía con Aurelio el temor de que pudiera estar desperdiciando su vida en sueños inalcanzables, pero Ágata siempre tuvo el mismo objetivo: honrar el legado de su padre.

En ese momento, eso solo pasaba por recuperar el anillo, así que la joven decidió centrarse en el trabajo y trazar un nuevo plan para dar con él.

En la oscuridad del taller de Madrid, Ágata Guirado rompió en un llanto desconsolado y se sintió tan sola como tantas veces se había sentido en el taller de Málaga.

Velasco estaba en el número cuatro de la Carrera de San Jerónimo, en la mesa que el barón de Valdecarros había habilitado especialmente para él. También disponía de una habitación por si necesitaba pasar la noche. Y lo necesitaba.

No podía perder de vista a Ágata.

Al despuntar el alba, el Guardajoyas, que no lograba conciliar el sueño, alzaba la mirada de la mesa de trabajo para vigilar el edificio de enfrente.

Todas las mañanas sin falta, en torno a las siete, veía cómo se descorrían las cortinas del segundo balcón del tercer piso.

La habitación de Ágata. La observaba primero en su estancia repleta de clavellinas y luego en su puesto de trabajo en el taller de los Mellerio.

La presencia de Ágata Guirado en Madrid había desbaratado sus planes.

No había olvidado su partida del taller de Málaga. Lo peor no fue el trato despiadado de su maestro Aurelio, al que consideraba un padre, sino el silencio de Ágata, que no abogó por él ni tampoco hizo nada por impedir que se marcharse de la ciudad.

Velasco se fue tan enfadado que se subió al primer barco que encontró listo para zarpar, uno que se dirigía a Francia.

Le pareció bien, qué más le daba. Quiso tomárselo como otra prueba más del destino, pero no resultó tan simple.

En la capital de Francia halló el infierno.

Pasó de la pena más profunda a la autocompasión, hasta que el instinto de supervivencia tomó las riendas.

Durante un tiempo se las apañó solo con su ingenio, su talento y su aspecto físico.

Trabajó como mozo y camarero en una posada donde se inició en la falsificación y en las relaciones carnales a cambio de favores con la esperanza de medrar.

Fue entonces cuando conoció a Viviana Olivieri.

La condesa consorte de Costigliole gozaba de una reputación dudosa en su país natal, pero su fortuna y su don de gentes acabaron abriéndole hueco en la corte de Francia.

Viviana consiguió sacar a Velasco de la espiral de autodestrucción en la que había entrado, pero ella se convirtió en la peor droga.

La tomó por su salvación, cuando en realidad la italiana solo se había encaprichado de él.

La condesa era una mujer sin corazón y no estaba hecha para un solo hombre.

Logró seducir a Alfonso XII a pesar de sacarle veinte años, y aunque jamás consiguió que cayera rendido a sus pies, sí se afianzó en su órbita con todos los privilegios que eso comportaba.

Mientras, Velasco seguía cautivo de la pasión que ella incendiaba con solo tocarlo, una pasión a la que recientemente se había sumado la gratitud por haber mediado para que el duque de Sesto y don Alfonso le concedieran el puesto de alto joyero que ostentaba.

Velasco entendió por las malas que la italiana solo se entregaba de verdad a hombres con mucho poder.

Primero al conde decrépito que le dio su título y después al rey.

Un renegado como Velasco no le aportaba beneficio alguno más allá del placer carnal.

Pero él deseaba ser un renegado. Renunció al distinguido apellido de su padre y tomó el nombre de Mayo en homenaje al mes en el que dejó Málaga, al mes en que conoció a Viviana un año después, y le pareció de justicia poética llegar a conocer al rey justo en la misma época del año siguiente.

Era su destino. Igual que fraguarse una reputación por sus propios méritos, como le aseguró a Ágata que haría.

Velasco miró el colgante en forma de colibrí en el que estaba trabajando esos días.

En alas traslúcidas había aplicado el efecto del plique-à-jour , otra técnica redescubierta de origen medieval que dejaba huecos en el metal para rellenarlos con esmalte, igual que se hacía con las vidrieras.

Incapaz de poder concentrarse en el trabajo, el joyero decidió dejarlo estar y bajó a las cocinas.

Allí encontró a Ofelia y a Lázaro Galdiano, las manos derecha e izquierda del barón de Valdecarros.

Los miró con incomodidad, un sentimiento compartido por todos.

—¿Le sirvo un poco de café, señor Mayo? —le ofreció Ofelia.

—Si es tan amable, señora…

Por la mirada que le echó ella, Velasco tuvo que corregirse:

—Digo, sí, gracias, Ofelia.

Ella chasqueó la lengua.

—¡Buenos días por la mañana, mis queridos congéneres!