Capítulo 23
La hija del joyero sentía pasar el otoño madrileño con la pesadumbre característica de la estación.
Tras haber escuchado la conversación de Arturo y Velasco, dedicaba sus horas a especular.
Velasco siempre se había sentido atraído por el poder, y se acercaba a la gente pudiente para beneficiarse de sus privilegios.
Ágata se preguntaba qué habría tenido que hacer su antiguo compañero para conseguir convertirse en el Real Guardajoyas del rey de España.
Ella sabía mejor que nadie que el talento era solo una pequeña parte del éxito, ningún don germinaba sin esfuerzo ni alimento constantes.
En los días siguientes se preguntó sin cesar si Aurelio Guirado se sentiría orgulloso de ver hasta dónde había ascendido su aprendiz o si habría desconfiado, como ella.
Una tarde a mediados de mes, cuando Ágata volvía por la calle Mayor desde el mercado de San Miguel tras hacer un par de recados de última hora, vio a Velasco a lo lejos al llegar a la Carrera de San Jerónimo.
Apenas intercambiaron un saludo cortés. Él entró en el número cuatro y ella se detuvo en mitad de la calle.
Dedujo que su antiguo compañero había aceptado la oferta de Arturo.
Al pensar en él, tuvo el reflejo de mirar hacia arriba y dio un respingo al descubrirlo asomado a uno de los balcones.
Puesto que estaba fumando su pipa con una pose pensativa, Ágata supuso que llevaba rato observándola.
Eso la incomodó. Después de tantas elucubraciones, el silencio, la postura y la mirada terminaron por convencerla de que algo había cambiado. Por parte de él. Y por la de ella.
Ágata no sabía ya qué pensar del barón después de haberlos escuchado escondida en las escaleras.
Era consciente de su doble rasero moral, pero fue la primera vez que lo oyó emplear aquel tono cínico.
Y con Velasco, ni más ni menos. Hablaron de «venenos» y de «secretos incómodos».
Ágata no tenía ni la más remota idea de qué estaban hablando, pero sabía que no serviría de nada preguntarles, pues, aunque le respondieran, no se fiaría de ninguno de los dos.
El resto de la semana Ágata no vio ni a uno ni a otro, y el domingo bajó a desayunar al salón de los empleados tras una noche carcomida por las dudas y los remordimientos.
En teoría el Barón Tasador había anunciado que se ausentaría unos días por trabajo, pero ella sabía que la estaba evitando mientras compartía techo con Velasco.
—Qué curioso que el señor Mayo prefiera trabajar estos días en el barrio —comentó Cosme como si le hubiera leído el pensamiento.
—¿Por qué? —preguntó el veterano Urbano—, don Arturo dispone de unas instalaciones magníficas en su edificio.
Ágata se encogió al escuchar que los mencionaran a ambos y Cosme se dio cuenta.
—¿Mejor que en el palacio? —intervino Pascual—. Los recursos del barón no pueden compararse a los que ofrece la nobleza de alto rango.
—¿No?
—Claro que no, zoquete —reprochó Pascual la ingenuidad de Cosme.
—Yo estoy con Cosme en su curiosidad —secundó Horacio, que también se había sentado con ellos—. Y con Pascual en que seguro que el rey ha surtido bien a su Real Guardajoyas para que no tenga que desplazarse a ningún otro sitio.
—Bueno —dijo Pascual, con una pausa para hacerse notar—, por lo de «nobleza de alto rango» no me estaba refiriendo necesariamente al rey.
—Entonces ¿es verdad lo que se cuenta del señor Mayo? —dijo Urbano con las cejas enarcadas.
Cosme imitó el gesto, como si él también supiese a qué se refería. Ágata los miró a todos extrañada. Horacio fue a hablar, pero Pascual volvió a adelantarse, dibujando una mueca jactanciosa:
—Dicen que su antiguo compañero de taller, señorita Guirado, goza de la… «protección» de una condesa extranjera de mucho nivel. No sé si me explico.
—¿Una… condesa extranjera? —preguntó Ágata con el corazón acelerado, ignorando la cuestión que el dependiente tan perversamente pretendía hacerle ver—. Creí que era el recomendado del duque de Sesto.
—A través de esa mujer, ya se lo digo yo.
—¿Y de dónde es ella?
Pascual se encogió de hombros.
—Francesa debe de ser. Desde luego, ha venido desde París, con la comitiva de Alfonso XII.
Los hombros de Ágata se relajaron, y cerró los ojos sin saber si esa información la colmaba de alivio o de decepción.
—Eso tiene otra explicación —intervino Horacio sacudiendo la cabeza.
—No me digan que esos rumores son ciertos también —dijo Cosme con un gallo fruto de la excitación.
—¿A qué te refieres? —preguntó Urbano.
Pascual volvió a reír, pero fue Cosme quien habló otra vez:
—Yo he escuchado que esa condesa es tan bella y vivaracha que ha embelesado hasta al mismísimo Alfonso XII.
—A mí no me extraña que tenga una y mil amantes —masculló Pascual—, el rey difiere de su madre en muchos sentidos, no en ese.
—¿Don Alfonso? —se escandalizó Urbano—. Pero si el rey sigue enamorado perdido de su pobre Mercedes, ¿es que no ha escuchado la canción, Pascual?
—¡Canciones, bah! Tan ridículas como la poesía.
Dicen que la amistad de su majestad con esa condesa venía de mucho antes de prometerse con la hija de los duques de Montpensier —replicó Pascual moviendo el contenido de su taza—.
Y una cosa es haberle entregado su corazón a una mujer ya muerta y otra que descarte seguir viviendo.
Carecer de corazón incluso le facilitará la tarea.
No olvidemos que don Alfonso, antes que rey, sigue siendo hombre.
A la carne lo que es de la carne y al alma lo que es del alma.
A mí lo que me divierte sobremanera es la idea de que ese joyero tan joven, el señor Mayo, haya podido conseguir el puesto de Real Guardajoyas camelándose a una querida del rey.
—¡Pascual! —lo riñó Urbano.
Hablar de Alfonso XII en términos indecorosos era muy osado incluso en la intimidad de un salón.
En cualquier caso, esa información, aunque fuese un rumor infundado, trastocó a Ágata.
Lamentó el destino al que lo había empujado aquel estúpido arrebato juvenil.
Nunca debieron desobedecer a su padre con el dichoso anillo.
Después de escuchar a sus compañeros, Ágata pensó que era una temeridad indagar sobre una joya problemática y cayó en algo en lo que no había reparado antes.
Arturo debía de estar al tanto de todo aquel asunto propio de los folletines.
Tal vez incluso sabría si era verdad lo que se decía de Velasco y de esa supuesta amante del rey, entre otros muchos asuntos incómodos.
Arturo era experto en tasar, en descubrir la falsedad y la mentira, pero también parecía estar hecho de otra pasta y ser inmune a los líos cortesanos.
Abrumada por las dudas, Ágata sintió que echaba mucho de menos a su padre, extrañaba su buen juicio. Él habría sabido aconsejarle cómo afrontar esa situación.
Esa misma tarde de domingo, el barón de Valdecarros apareció de forma inesperada en la biblioteca del edificio de los hermanos Mellerio.
Ágata se había refugiado allí en busca de un poco de soledad.
Arturo entró en la estancia con menor decisión que de costumbre, como si hubiese estado conteniendo el ímpetu por encontrarla sin dejar de buscarla.
Se detuvo a una distancia prudencial en el quicio de la puerta, al descubrirla tumbada en uno de los divanes de cuero con Josefina sobre el regazo.
La joven no podía evitarlo: cuando aparecía, Arturo irradiaba una presencia ya imposible de ignorar para ella.
Que Arturo se quedara inmóvil terminó por exasperar a Ágata, y por más que ella se esforzó por mantener la vista fija en su libro, el cambio en su respiración lo incitó a hablar:
—Así que ahora nos evitamos.
—Si por ti fuera, desde luego.
Al no obtener respuesta, Ágata alzó la mirada.
—Eres tú el que no hace acto de presencia a pesar de dormir en el edificio de enfrente.
—Lo dices como si estuvieras esperando a que apareciera —dijo él ladeando la cabeza. Hasta esa broma la hizo en un tono casi descortés—. Vuelves a ser la misma muchacha encerrada en sí misma que cuando llegaste a Madrid. Ha sido reencontrarte con Mayo y regresar todos tus fantasmas.
—¿Es que estabas tratando de que los olvidara?
—Disculpa por mis crueles intentos de cuidarte, o por cometer el terrible agravio de preocuparme por ti.
Ágata cerró el volumen de golpe. Se fulminaron con la mirada de una forma insólita en ellos.
—Tú no eres nadie para cuestionar mi conducta —dijo la joven levantándose irritada y ahuyentando a Josefina en su arrebato—. No te atrevas a evaluarme como haces con cualquier piedra.
—No es necesario, querida —replicó él con una risotada cáustica sin moverse del sitio—. Eres transparente como el cristal.
—¿Y en qué soy tan obvia, Arturo?
—En tu impotencia. Verlo ha sido como volver a ver todo lo que no pudiste eludir del pasado.
Viniste a Madrid para encontrar respuestas, pero Mayo solo te ha generado más dudas.
Hasta el punto de dejar de lado lo que más te importa.
Mírate, ¿cuándo he venido a verte y no te he encontrado en el taller?
—Anduvo por fin hacia ella—. Qué casualidad que hayas decidido tomarte un respiro justo cuando Mayo ha reaparecido en tu vida.
Arturo la estudió de cerca. Ella siguió a duras penas el movimiento de esos ojos acusadores, que consiguieron estremecerla cuando se detuvieron en su boca.
—Ya entiendo por qué te resultaron indiferentes los eventos y las charlas distendidas.
Viendo el trato que te dispensa Mayo, parece que prefieres el desdén.
Supongo que en Málaga también consiguió mantenerte alejada de la mesa de trabajo.
Pero es especialmente sorprendente teniendo en cuenta que el verdadero motivo por el que viniste a esta ciudad era averiguar qué le pasó a tu padre. Qué pronto has desistido.