La hija del joyero Capítulo 22 #3
59%

Capítulo 22 #3

Ágata se quedó sorprendida por las palabras de Velasco, que siempre había sido un engreído, cuando era evidente lo mucho que había desarrollado su talento y el refinado nivel que había alcanzado con sus esmaltados.

Aprovechando que el Guardajoyas se puso a hablar con los hermanos Mellerio, el Barón Tasador se acercó a Ágata y quiso saber más de la época que Velasco y ella vivieron bajo el mismo techo.

—¿Es posible que Mayo sea ese primer amor de críos que te rompió el corazón?

Ágata lo fulminó con la mirada. Comprobó que no hubiese nadie lo suficientemente cerca y tiró de su chaqueta para obligarlo a agacharse.

—Espero que no lo hayas traído hasta aquí solo para incomodarnos.

—Por supuesto que no es la razón principal, querida Ágata —dijo él haciéndose el ofendido—. Aunque tal vez sí la segunda. Dime, ¿es él?

—Y-yo nunca… Yo…

—Pero es él, ¿verdad? El joven al que besaste una vez —insistió—. Así que quizá Mayo no es el único resentido con las circunstancias en las que se marchó de vuestro taller de Málaga.

En realidad, fue él quien la besó a ella, pensó Ágata.

—Ya te dije que fue muy anecdótico. Pienso que solo me tomó el pelo. Ambos éramos más jóvenes. —Ágata desvió la vista—. Seguramente lo idealicé y me confundí porque me pasaba el día entero con él en el taller.

—No es eso lo que me pareció presenciar cuando te vio el otro día. Por no hablar de que eres justo el tipo de Mayo.

—¿Y qué tipo es ese?

—El peligroso —bromeó Arturo—. Pero ¿sabes por qué lo sé? Porque tenemos gustos similares. Además, tú tampoco te libras. —La miró a los ojos—. Él también es peligroso, de los que marcan de por vida a una joven, volviéndola insegura y recelosa.

Ella se negó a decir nada.

—¿De verdad no sentiste nada por él?

Otro silencio.

—¿Sigues sintiendo algo por él?

Ágata acabó por sulfurarse.

—¿Y qué más dará, Arturo? Él sí que no ha sentido ni sentirá nunca nada por mí.

—Quizá nunca te lo demostró. Es bastante inexpresivo.

La joven frunció el ceño.

—¿Quieres que te ayude a ponerlo nervioso? Soy experto en irritar maridos, aunque nunca lo he hecho de forma deliberada.

—Eso es… Eso es cuestionable moralmente por muchas razones —tardó ella en responder desconcertada.

—Lo cuestionable moralmente también se me da fenomenal, ya lo sabes.

A Ágata le dolió que a Arturo no le importara lo más mínimo que ella sintiera algo por Velasco. Al darse cuenta, él suavizó el gesto y deslizó discretamente una mano hacia abajo, hasta que encontró la de Ágata envuelta en encaje.

—Lo que quiero decir, querida, es que si puedo ayudarte en lo que sea, puedes contar conmigo. Te lo dije, ¿recuerdas?

En último instante sustituyó la caricia íntima por un breve apretón cómplice.

—Solo traspasaré los límites que tú decidas —dijo él evocando la conversación que tuvieron en el jardín de su casa.

La joven notó un frío arrollador cuando la soltó. Arturo la confundía por completo.

Hastiada, Ágata informó a los presentes de que volvía a su mesa de trabajo. Velasco la vio salir al descansillo de las escaleras mientras charlaba con Pascual y Horacio. Se excusó con ellos e hizo el amago de seguir a Ágata, pero la voz de Arturo lo frenó:

—¿Va a quedarse esta noche a dormir en la Carrera de San Jerónimo? Tiene un nuevo buen motivo ahora que colinda con tan estimada conocida.

Velasco se recolocó las gafas, incómodo. Conocía al Barón Tasador lo suficiente para saber que su reencuentro con Ágata le había desconcertado tanto como a él, aunque ignorase la verdadera causa.

—A saber por qué se interesa tanto por Ágata y por mí, barón.

—Cuando menos, resulta curioso verlos —dijo con una sonrisa y las manos en los bolsillos—. Parecen muy enfadados por lo que sea que les pasó, pero a la vez ambos están deseosos de olvidarlo y hacer las paces, ¿o me equivoco?

—Déjese de tonterías, dígame qué está tramando.

Arturo forzó una risa cáustica y se negó a contestar.

—No sea testarudo y quédese en la Carrera de San Jerónimo, así se despeja de los venenos que circulan por el Palacio Real.

—Como si el suyo no fuese peor —le espetó acercándose al barón en actitud amenazante—. ¿Le ha contado ya a Ágata de qué nos conocemos usted y yo?

Arturo le mantuvo la mirada.

—Lo que nos una a usted y a mí carece de importancia.

Insisto en que solo le estoy dando la oportunidad de recuperar la relación con su amiga.

¿Tanto le ata la deuda de su situación actual en palacio?

¿O tal vez lo que ocurre es que sus sentimientos se ven constreñidos por algo mucho más incómodo de confesar?

El Real Guardajoyas tragó saliva, pero no se achantó.

—No es quién para juzgarme por guardar secretos incómodos, barón.

Arturo eligió de nuevo no contestar. Velasco resopló y volvió sobre sus pasos para despedirse de los Mellerio y el resto del personal. El barón de Valdecarros se carcajeó por haberlo puesto nervioso y lo siguió retomando su papel de guía.

Ninguno de los dos era consciente de que su conversación había sido escuchada desde las escaleras. Sentada en los peldaños, Ágata abrazaba a Josefina contra su pecho desbocado.