La hija del joyero Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

Por un momento, Ágata temió que le diese una información que no deseaba.

Que Velasco fuera el Real Guardajoyas de Alfonso XII cambiaba la situación por completo.

Necesitaba tiempo para reflexionar y replantear su estrategia.

Por eso la desconcertó lo que dijo su acompañante y el tono en que lo dijo:

—La señorita Guirado sentía curiosidad por la vida palaciega y me ofrecí a hacerle un pequeño tour. Ya sabe usted que tengo un trato bastante estrecho con los joyeros que trabajan en mis propiedades.

Velasco alzó una ceja.

—¿La señorita Guirado lleva tanto tiempo aquí como para gozar de semejante confianza con usted, barón?

—Llegué a Madrid a principios de julio —contestó ella con más calor del pretendido.

No le había gustado nada aquel tonillo mordaz. Ágata apretó los dientes mientras se preguntaba quién se creería Velasco que era para reprocharle la relación que tuviera con nadie. El barón se forzó a sonreír mientras estudiaba a ambos joyeros.

—Mayo, Mayo —dijo pasándole un brazo por el hombro—. ¿Acaso no nos hicimos amigos usted y yo igual de pronto? Aunque he de reconocer que más de una vez me pregunté si su apellido no sería un apodo; después de todo, apareció un mes de mayo, ¿no? Incluso su majestad llegó a pensarlo.

—Insisto en que no soy su amigo, barón —repuso Velasco zafándose de su agarre—. También me consta que usted ya no le cae al rey en tanta gracia para que le haga confidencias. En cambio no sabría decir qué se trae entre manos con la hija de mi antiguo maestro.

Ella se sonrojó y notó que Arturo le apoyaba la enorme palma de su mano en la parte baja de la espalda para instarla a que se marcharan.

—En fin, señor Mayo, le dejamos, seguro que tendrá muchas más cosas que hacer. Nosotros nos vamos, ¿verdad, señorita Guirado? Otro día con más tiempo seguiremos con la ruta.

Ágata estuvo tan tensa el resto del trayecto que no pudo disfrutar de las demás estancias que cruzaron hasta salir del palacio.

—Te agradezco que no le hayas dicho nada del anillo —dijo ella por fin con la vista fija al frente.

—Me ha dado la impresión de que no te fías de tu viejo amigo —dijo Arturo evitando mirarla a la cara.

—El joven que compartió taller conmigo se marchó de Málaga en circunstancias complicadas y dolorosas. Antes de nada quiero averiguar si la persona que ahora ostenta el cargo de Real Guardajoyas de su majestad sigue siendo la misma que yo conocí.

Había pasado casi una semana del encuentro y todavía sentía el corazón entumecido.

Por otro lado, estaba Arturo. La malagueña había vuelto a verlo una sola vez desde aquel día y lo notó raro.

Mantenía su actitud bromista, pero había reducido drásticamente el tiempo que pasaba con ella.

A pesar de que Arturo parecía un caballero despreocupado, llevaba un control escrupuloso de todo y todos cuantos le rodeaban.

La joven se preguntaba qué habría causado el distanciamiento, ¿aquel casi beso que estuvieron a punto de darse en el palacio o que ella hubiese cambiado sus planes al enterarse de que Velasco era el señor Mayo?

Ágata se repetía que era imposible que a Arturo le hubiera molestado su reencuentro con Velasco.

Un hombre tan independiente y seguro de sí mismo como él no conocía los celos.

Pensaba y repensaba tanto en uno y otro que la imagen de ambos casi había reemplazado la del anillo en las noches y mañanas de Ágata.

La malagueña oyó un revuelo cerca del despacho de los Mellerio que la sacó de sus cavilaciones. Se alegró al reconocer la voz del Barón Tasador, aunque la alegría duró poco.

—Don Arturo ha venido acompañado por el Real Guardajoyas, el señor Mayo —anunció Cosme emocionado—. Acerquémonos a saludar.

François Mellerio se sorprendió al descubrir que el célebre joyero, supuestamente francés, al que todos llamaban Mayo y del que tanto se hablaba, en realidad era el discípulo de su difunto amigo Aurelio Guirado.

El Guardajoyas fue recibido con gran interés y desconcertó a muchos debido a su juventud.

Ágata observó cómo el barón de Valdecarros presentaba a Velasco con orgullo y se sintió un poco estúpida por lo mucho que se había atormentado esos días.

Cuando sus miradas se encontraron no hizo nada por ocultar su enfado.

Velasco, por su parte, se dejó palmear por el Barón Tasador con naturalidad, pero se notaba que estaba incómodo por la visita y por el guía que lo acompañaba.

—Qué feliz reencuentro, ¿no, señorita Guirado? —preguntó con inocencia François.

Ágata y Velasco asintieron poco convencidos mientras Arturo no perdía detalle de sus reacciones.

Los joyeros veteranos y los jóvenes se interesaron por el estilo del señor Mayo, pues habían escuchado el rumor de que había conseguido impresionar a los orfebres de Francia con técnicas innovadoras.

Ante semejante cumplido, Velasco inspiró por la nariz y lo negó con rotundidad.

A continuación sacó de la chaqueta un exquisito broche con motivos ecuestres, en oro y esmalte pintado, que le tendió a Arturo para que hiciese los honores de evaluarlo.

La pieza provocó una oleada de alabanzas.

—Esta es la última obra que he realizado por orden de su majestad para doña Sofía, la esposa del duque de Sesto —explicó Velasco—.

Está realizada con la técnica del champlevé , en tanto el esmalte es opaco para que no se vea la rugosidad de las cavidades, a diferencia del basse-taille , que busca el efecto traslúcido, a la que también recurro a veces.

Como ustedes saben, son técnicas del Medievo, igual que el cloisonné , que tiene el mismo principio que el azulejo de cuerda seca, en tanto añade hilos de oro o plata para poder rellenar luego los huecos con esmalte.

Uno empieza a volverse experto cuando se da cuenta de que tiene poco que aportar y mucho que aprender de lo que ya se ha hecho, y que la clave está en recuperar lo olvidado.

Así que ya ven que yo no tuve nada que enseñarle a Francia, sino que fue Francia la que me instruyó a mí.