Capítulo 22
La condesa italiana disfrutaba de una tarde tranquila. Había llegado esa mañana al Palacio Real, donde le pusieron algunas pegas para asignarle una alcoba acorde con su posición. Por fortuna, tenía de su parte al duque de Sesto, el bueno de Pepín, quien la consentía tanto como su querido Alfonso.
Después de que las doncellas la ayudasen a deshacer las quince maletas que había traído desde París, llenas de ostentosos vestidos y zapatos, decidió pedir unos bombones y echarse sobre la mullida colcha de la cama como si fuera la reina María Antonieta.
Aunque ella era bastante más guapa. Se observó en el espejo de mano de plata reluciente que había sobre la mesilla.
El reflejo le devolvía la luz y el esplendor de su precioso rostro, su cabello dorado y sus intensos ojos verdes.
Llamaron a la puerta principal y sin aguardar a que respondiera, entró el más apuesto de los hombres.
—Oh, querido, qué placer más grande es verte siempre —le saludó en francés, la lengua con la que se conocieron.
—Quizá hoy no tanto —le respondió él en el mismo idioma, con un deje de rencor que ella captó enseguida.
—No me digas que sigues enfurruñado. Ya hemos hablado de esto. —Se incorporó y le tendió la mano al joven para que se acercase—. ¿En serio debo explicártelo de nuevo? Pensaba que te alegrarías de volver a España, Velasco.
El joyero la miró por encima de sus gafas, apretó los puños y se negó a tomar la mano que ella le ofrecía.
—¿En serio debo explicarte de nuevo por qué eso me daba lo mismo, Viviana? —le espetó él en castellano.
Lejos de incomodarla, la italiana sonrió satisfecha.
Extendió un poco más el brazo para agarrar el nudo del pañuelo que Velasco llevaba al cuello y tiró de él tan fuerte que se le cayeron las gafas.
No era la primera vez que lo arrastraba sobre una cama ni que lo besaba en los labios con esa pasión desmedida.
El joven tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no dejarse llevar por las caricias de la mujer.
—Alegra esa cara, amore —le susurró al oído, viendo que sus tretas carnales no terminaban de convencerlo—. Es un pecado afear algo tan bonito. Y aunque me encanta jugar contigo, esta actitud esquiva tuya empieza a desagradarme.
—Hace mucho que mi cara no te importa lo más mínimo, querida. Y menos te preocupa mi actitud o mi opinión.
—Solo cuando te indignas. Es parte de tu encanto.
Fue a besarlo otra vez, pero Velasco se apartó.
—No he venido a retozar contigo, Viviana. Tampoco a pelear por lo mismo de siempre.
—¿Entonces? —Arqueó una ceja y continuó tanteándole los botones del pantalón.
Velasco agarró la mano intrusiva y se la llevó hacia arriba, a la altura del rostro. Viviana le sonrió creyendo que había conseguido tentarlo.
—Ágata Guirado está aquí.
La italiana parpadeó confusa.
—Mmm, ¿es alguna amiga tuya de la que todavía no me has hablado?
Velasco no se extrañó de que hubiera olvidado su nombre por completo, suspiró y le dio la clave:
—La hija del joyero.
—¿Cómo que está aquí? —preguntó incorporándose abruptamente—. ¿Aquí, dónde?
—Aquí, en Madrid. Hace unos días estuvo en palacio. Estaba esperando a que llegaras para contártelo.
—Pero ¿por qué ha venido esa ragazza malagueña a Madrid?
—Dímelo tú.
Les interrumpieron dos golpecitos en la puerta.
—Disculpe, señora condesa, me envían a preguntarle si necesita algo más.
La intrusión de la joven criada provocó un cambio en su rostro a un gesto autoritario y siniestro.
—Silencio, eso es lo único que ordené. ¿Cómo voy a tenerlo si no hacéis más que golpear mi puerta?
—P-perdone, obedezco órdenes directas de su excelentísimo señor el duque de Sesto y nadie me advirtió de que no debía molestarla, señora.
Viviana se levantó con la gracilidad de una pantera, y anduvo hasta la muchacha. La aristócrata tomó su barbilla para que la mirase a los ojos.
—Te lo disculpo todo si vienes a verme más tarde.
—Estoy seguro de que esta pobre chica tendrá cosas mejores que hacer que entretenerla, señora condesa.
El tono tajante de Velasco le dio a entender que la soltara. Despachó a la joven con un despectivo gesto de la cabeza y cerró la puerta de la alcoba a su espalda. Luego encaró al joyero.
—Aguafiestas —le espetó la italiana—. Se dice así, ¿no?
Velasco negó con la cabeza y recogió sus anteojos del suelo para ponérselos de nuevo. Estaba acostumbrado a su comportamiento antojadizo, pero esta vez no se lo consentiría.
—Bueno, bueno, querido, ¿es posible que sea esa ragazza de Málaga lo que te tiene tan arisco? —se burló Viviana—. Que la hija de ese joyero se encuentre por aquí no es ningún problema.
—Dime que no es lo que creo, Viviana.
—Ay, amore , hay tanto en lo que creer y en lo que no creer, empezando por la Virgen y los ángeles custodios.
—Sabes perfectamente de lo que te estoy hablando, Viviana, ¿de verdad te hiciste con el anillo, con ese anillo, y se lo diste a su majestad?
La mujer dibujó una sonrisa malévola y se acercó a acariciarle la mejilla muy despacio.
—No debería sorprenderte tanto; después de todo, fuiste tú el que me habló de esa magnífica joya.
Velasco palideció y cerró los ojos. Le apartó la mano, incómodo.
—¿No te parece divertidísimo el rumor que corre sobre que el anillo está maldito? Vamos, querido Velasco, no te hagas el inocente. Recuerdo como si fuera ayer el rencor con el que me hablaste de cómo tu maestro y su hija te repudiaron por culpa de esa sortija. De cómo te arruinó la vida.
Cada palabra fue como una puñalada para él.
—Tú sabes que me sentía identificada en muchos sentidos con tu historia personal, y que ese anillo podía ser justo lo que estaba buscando. ¡Vaya si lo fue! Esa joya está pasando de mano en mano por todas las mujeres de la familia real española. ¿Qué importa lo que nadie diga?
—Yo no creo en maldiciones, Viviana —resopló Velasco—. Y por muy «singular» que sea lo que está pasando a causa de ese anillo, lo único que me preocupa ahora es que Ágata Guirado se entere de que es el mismo que guardaba el maestro.
—No debería enterarse.
Velasco permitió que uno de sus delicados dedos siguiera la curvatura de su mandíbula, hasta descender por su cuello para dejar posada la mano sobre el broche de la flor de lis. Viviana sintió su pulso acelerado.
— Amore , si ya es difícil que coincidamos esa muchacha y yo, más lo será que llegue a ver el anillo con lo receloso que es Alfonso con las joyas que lució su querida esposa.
—Pues ha estado en el Palacio Real.
—Es un hecho anecdótico —repuso ella encogiéndose de hombros.
—Para nada. Porque no te he contado todavía con quién entró.
Viviana ladeó la cabeza. Por primera vez en mucho tiempo, la italiana dejó de sentirse tranquila.
Ágata trataba de serenarse concentrándose en un repujado que requería de una técnica muy repetitiva, pero no dejaba de darle vueltas a su reencuentro con Velasco.
Habían pasado unos días desde que fue al Palacio Real con la esperanza de encontrar a alguien que pudiera ayudarla a localizar el anillo de su padre y averiguar quién lo había sustraído.
Naturalmente, entre los candidatos que barajaba estaba el famoso señor Mayo, el nuevo Guardajoyas de Alfonso XII.
Ni en sus conjeturas más extravagantes habría pensado que el prestigioso joyero y su antiguo compañero eran la misma persona. Fue como ver un fantasma.
Sin embargo, debía admitir que lo encontró imponente.
Llevaba una chaqueta azul marino de trocados dorados a la última moda, aunque el chaleco beige, el cuello blanco alto y el pañuelo lavanda le daban un toque clásico y elegante, como su postura erguida.
Por último, lucía bien a la vista un broche con la flor de lis de los Borbones en oro macizo.
La escena de su encuentro se repetía una y otra vez en la cabeza de la joyera:
—Te has cambiado el apellido —murmuró ella enfadada.
—¿Tanto te sorprende? —replicó Velasco distante, con las manos a la espalda.
La joven no se esperaba un abrazo, pero tampoco semejante frialdad.
—Vaya, sí que os conocéis bien.
Tanto Ágata como Velasco recordaron entonces la presencia del barón de Valdecarros. La joven decidió restar importancia al asunto y ser sincera:
—Velasco estuvo algunos años trabajando como aprendiz en el taller de mi padre después de que el suyo falleciera.
Ágata sabía que la explicación que le ofreció a Arturo era un resumen muy exiguo e inexacto, pero un sutil destello en la mirada de Velasco le dio a entender que agradecía su discreción.
—Así que aprendió su magia en Málaga, Mayo —comentó el Barón Tasador—. Y yo, convencido de que le habían enseñado los joyeros de París.
—Fue al revés —reconoció él cortante—. En Málaga me enseñaron los fundamentos del oficio, y en París aprendí mi… «magia», como usted la llama, barón.
—Entonces fuiste a París —susurró Ágata, atrapada en el pasado.
—Fue mi primer destino, sí.
—Cumpliste tu sueño de viajar.
—No exactamente. Llamar «sueño» a lo que viví es ser bastante generoso. E irónico. Ahora quizá sí me esté acercando más a cumplir mis aspiraciones.
—Me alegro por ti —dijo sincera.
—Escuché que el maestro falleció, te acompaño en el sentimiento.
—Te enteraste de su muerte… —Parpadeó confusa.
—Todos los joyeros españoles nos enteramos.
Ágata lo miró dolida: Velasco se enteró de la muerte de su padre y no se dignó a contactar con ella.
—¿No deberías estar en Málaga al frente de su legado? —arremetió Velasco cambiando de tono.
—Le pedí a François Mellerio que me acogieran en su taller por un tiempo —dijo Ágata repitiendo la versión oficial—. Te alegrará saber que no te equivocaste al pronosticar que no estaba preparada para encargarme sola del negocio.
Velasco levantó la barbilla, como si no la creyera.
—¿Y qué haces en el Palacio Real?
—Eso puedo explicarlo yo —respondió Arturo.