Capítulo 21
Apenas una semana después de que el barón de Valdecarros le ofreciese llevarla al Palacio Real, Ágata y Arturo hicieron el mismo camino que ella había hecho sola, salvo que se dirigieron a la fachada del palacio que colindaba con las Reales Caballerizas de Sabatini.
—Vamos a aprovecharnos de una circunstancia especial para ahorrarnos explicaciones sobre la naturaleza de nuestra visita —le explicó Arturo.
Ágata lo entendió en cuanto vio la fuente de los Tritones rodeada de material de construcción y de obreros moviéndose de un lado a otro cargando carretas y fardos. Estaban trabajando en el famoso nuevo comedor del rey.
—Aprovecharemos el trasiego para que me acompañes al interior del palacio. Si alguien pregunta, diremos que eres la entendida en arte que sugirió cubrir las paredes con tapices.
—¿Le has hablado al rey de mí? —exclamó Ágata, más escandalizada que sorprendida.
—Puede que algo se me escapara —reconoció el barón dedicándole una expresión pilla—. Alfonso y yo compartimos la fascinación por las mujeres peculiares.
Ágata deseó amonestarlo severamente, pero se distrajo cuando dejaron las obras atrás y accedieron a otra estancia del Palacio Real. La Sala Amarilla era justo lo contrario al inmenso comedor que habían atravesado. Era una habitación diminuta, pero completamente amueblada y decorada.
—Dios mío —susurró Ágata.
Su mente iba a toda velocidad, saturada por los innumerables detalles de los objetos que la rodeaban.
Desde la preciosa y colorida alfombra que pisaba hasta los tapices de las paredes y las pinturas del techo, cada lámpara, mueble o sillón exquisito parecía haber sido creado más para la vista que para su uso.
Era parte del dormitorio de Carlos III, que tenía gustos muy refinados.
Ágata suspiró de asombro al entrar en la siguiente habitación, el Gabinete de Porcelana, que estaba enteramente cubierto, paredes y techo incluidos, de figuritas de ese fino material elaboradas por artistas de la Real Fábrica del Buen Retiro.
—La decoración de una habitación tiende a ser proporcional al ego de su dueño —comentó Arturo—. La de estupideces que habrán oído estas paredes.
—Tú también. Has estado aquí muchas veces, ¿no?
—Más de las que me gustaría.
—¿Tanto te requiere el rey?
—Antes más. Nuestra relación no se encuentra en el mejor momento que digamos. Hubo una época en que Alfonso encontraba fascinante y muy útil mi capacidad para escuchar. No solo gemas y joyas.
—Luego es cierto que te tiene como asesor en todos los planos posibles.
—Antes más —repitió seco y enigmático.
—Si te pavoneabas desde el principio con eso de que puedes captar la mentira y la falsedad solo con tu buen oído, me extraña que el rey te haya soportado tanto.
Arturo se echó a reír.
—Nunca he encajado en los cánones habituales de la aristocracia, y Alfonso tampoco. Por eso agradecí cruzarme con Willy, del mismo modo que ahora agradezco mucho que siga siendo preceptor de su majestad.
—El señor Morphy me resultó un caballero muy singular, sí.
—No me habías contado que conocías a mi maestro de la infancia.
—Solo le traté cuando vino de visita a Málaga. Fue… anecdótico. —Para evitar que Arturo indagase más, Ágata se adelantó—: Me dijiste que fue Morphy quien te introdujo en el círculo de la corte de Alfonso XII. Cuéntame más.
—Ya sabes todo lo interesante. Era uno de los pocos amigos de la familia. Y da la casualidad de que Isabel II también lo apreciaba. Supongo que ninguna madre fervorosa querría dejar a su hijo exclusivamente en manos de Pepe.
—¿Te refieres a don José Osorio, el duque de Sesto? ¿Él no es también mentor del rey?
—Debiera. En realidad, su relación se parece más a una camaradería poco constructiva.
Pepe ejerce como su mano derecha y principal valido, pero más que aconsejarlo, alienta todas sus malas decisiones, entre otras, distraerse con lo que no debe.
Willy apareció cuando más falta le hacía a Alfonso un mentor de verdad.
Si no fuese por él y por Cánovas, hace tiempo que nuestro rey se habría ido a pique.
—Lo dices por la muerte de la reina Mercedes.
Arturo no respondió, se limitó a sonreír.
—Mejor no nos distraigamos y centrémonos en la razón por la que hemos venido, ¿no te parece?
Ágata le dio la razón y, aunque se sintió un poco irresponsable, lamentó pasar de largo el resto de las bellas salas.
Poco después llegaron a una estancia más espectacular que las demás.
La joven frenó en seco. Arturo no se percató y siguió andando.
Ágata olvidó todo lo que la había fascinado hasta ese momento.
Arturo volvió a buscarla cuando se descubrió solo.
Se detuvo a su lado, entretenido por la perplejidad y la mirada de asombro, ligeramente vidriosa, de la malagueña.
—¿Te gusta el Salón de Gasparini?
—Creo que sería imposible sintetizar todo lo que siento ahora mismo en un simple «sí».
—Preguntas más románticas se concluyen de ese modo.
—Es como si estuviera en otro mundo.
—Lo estás —asintió Arturo—. Los joyeros tienen debilidad por esta estancia porque parece que las paredes y los techos están decorados por piezas de metal.
Los arabescos vegetales, las flores, frutas y pájaros son de estuco, pero los grises y verdes producen ese efecto.
Basta asomarse para comprender que esto no pertenece a personas ordinarias.
—Algún día este lugar será patrimonio de todos los ciudadanos.
—¿Un rey que renuncie a su hogar para cedérselo a su pueblo? Sigue soñando.
—Llegará uno lo suficientemente sabio y honrado como para entender que tanta belleza no puede pertenecer a un solo hombre.
—Si pensaras eso de verdad, no te dedicarías a lo que te dedicas, querida Ágata —le dijo con malicia—. Las joyas no están hechas para compartirse, después de todo.
—Pero se exhiben.
—No si su dueño no lo desea. Hasta tú tendrías que aceptar que una obra tuya se podría quedar en un cajón para siempre si su comprador así lo quisiera.
Inevitablemente pensó en su padre, y después miró a Arturo de arriba abajo.
—¿Qué?
—A veces consigues que olvide tu condición de barón. Es extraño oír a un noble hablar tan mal de los ricos, los aristócratas o la monarquía.
—En eso soy más tasador. Mis ideas y opiniones son mías, lo cual no quita que me arrepienta de algunas decisiones.
—Por eso lo decía. Empleas muchos recursos y energías en llevarte bien con todo el mundo, ¿acaso no te conviene el favor del rey?
—En ese aspecto soy bastante práctico. Poco importa lo que Alfonso y su corte piensen de mí. Yo para ellos solo soy el «Barón Tasador» y su majestad es para mí otro monarca de los muchos que ha tenido España.
Ágata no dijo nada, alentándolo a profundizar, y Arturo endureció más el tono:
—Este rey empieza a parecerse a su madre en lo de pensar solo en sí mismo.
No sé por qué me sorprende. ¿No has oído eso de que «antes de que un rico entre en el reino de los cielos pasará un camello por el ojo de una aguja»?
Probablemente el esfuerzo de un gobernante sea similar al de un cachalote tratando de pasar por hilo de seda.
—Vuelve a decírmelo un barón muy rico e independiente.
—Por eso sé lo que me digo. Puede que me arrepienta de algunas decisiones, pero al menos no afectan a toda una nación.
Yo sigo teniendo pesadillas con los militares matándose entre ellos por las calles durante la Revolución.
Me tocó verlo de cerca, y no solo porque mi abuelo fuera un capitán monárquico.
Este país nunca ha tenido suerte con sus dirigentes, sean reyes, soldados o charlatanes que citan a filósofos para dar opiniones inútiles sobre lo que debería ser el mundo, sin implicarse de verdad para cambiarlo.
Quien toca el poder acaba corrompido, Ágata.
No dio crédito, era la primera vez que ella le escuchaba tocar temas polémicos.
—Insisto en que quizá solo sea necesario un gobernante justo, consciente de sus responsabilidades y de las necesidades de su pueblo. Tal vez con una consorte adecuada —dijo ella para hacerle reír, pues detestaba verlo tan alterado. Pero Arturo solo tomó aire por la nariz.
—Casi todo el mundo piensa que Alfonso no está en sus cabales por la pérdida de Mercedes.
Yo no sé qué decirte. Hace tiempo yo también creía en la posibilidad de que un día aparecería alguien justo que le daría a este país lo que tanto merecía.
Muchos se sumaron a la Revolución con ese deseo, pero el conflicto nos hizo ver su verdadera complejidad.
Llegué a pensar que todo estaba perdido, hasta que quien menos imaginaba insufló vida a esa idea olvidada.
—Hablas de don Alfonso —susurró fascinada.
Arturo asintió.
—Todos conocíamos bien a su madre, nadie esperaba que un hombre engendrado por esa mujer de verdad fuese a ser un buen rey.
Por más que Willy nos hablaba de sus progresos, no nos lo tomamos muy en serio.
Yo incluso pensé que estaríamos mejor con ese insípido de Amadeo de Saboya antes que con otro Borbón.
Pero entonces Willy lo trajo de vuelta a España.
Y era… joven, en todos los sentidos. Amable, aunque intimidante; inteligente, pero cercano; bromista —sonrió con un deje de nostalgia—.
Antes de darme cuenta, estaba riéndome a carcajadas con él.
Recuerdo que fue la primera vez que lo pensé: «A lo mejor todavía hay esperanza».
Un buen día apareció del brazo de Mercedes y no tuve dudas, estaba ante mi rey y mi reina.
Iban a ser unos buenos regentes, sencillamente porque eran buenas personas, con la cultura, la ética y la mentalidad adecuadas, que se querían con toda su alma, pero…
Arturo calló entonces y a Ágata se le encogió el corazón. La desgarró que su expresión mutase de la alegría a la desesperanza.
—Entonces Mercedes murió, y el sueño de un gobierno feliz, próspero, distinto murió con ella. Ahora no me atrevo a vaticinar el futuro. Estoy algo… cansado. Tantos altibajos acaban pasando factura. Desentenderme no me consuela demasiado, pero al menos no me desgasta más.
La joyera se preguntó si el barón de Valdecarros habría estado más implicado de lo que se atrevía a reconocer.
—Entiendo el dolor de la decepción —se animó a decir Ágata—, y de la pérdida. Cuesta creer que alguien como Alfonso XII pueda malograrse solo por la pena.
—Y así volvemos al principio, a las malas compañías. Te sorprendería cuánto daño pueden hacer.
Ágata se dirigió inconscientemente hasta un precioso objeto que descansaba sobre la chimenea y Arturo siguió sus pasos.
—Ah, ya lo has descubierto —sonrió el barón—. Qué buen ojo.
—¿Es un reloj?
—Pero no uno cualquiera, es el Reloj del Pastor, de Pierre Jaquet-Droz. Es un autómata.
—¿Un qué?
—Lo verás en… —consultó su propio reloj de bolsillo— dos minutos.
Se inclinaron hacia delante, con los rostros a la misma altura.
Ágata estaba embelesada con los detalles de la caja; era de madera y tenía planchas de metal dorado, con motivos de carey, nácar y asta teñida, enriquecida con aplicaciones de bronce dorado y cincelado.
Había varias figuritas; la más grande era un pastor sentado en lo alto, tocando la flauta, acompañado por un perro y una oveja.
Cuando dio la hora, el mecanismo se accionó y la dejó boquiabierta.
La figura de la dama de la parte inferior movió los brazos, el pájaro cantó al tiempo que el niño lo miraba y un par de amorcillos se columpiaron, mientras el pastor tocaba la flauta con los dedos en movimiento y surgía un sonido real de su garganta; el perro movió la cabeza y la cola y ladró y la oveja baló. Ágata sonrió maravillada.
—A los Borbones les encantan las obras curiosas. Sobre todo si son transgresoras y cobran vida.
Al girar el rostro hacia la derecha para intercambiar sus impresiones con Arturo, Ágata se dio cuenta de que él estaba incluso más cerca de lo sospechado, mirándola también. Permitió que su aliento la acariciara.
—Gracias por ser siempre tan sincero conmigo y por enseñarme tanta belleza —le susurró Ágata.
Arturo asintió, y sus mejillas se rozaron.
—Estaba a punto de decirte exactamente lo mismo, brillantito.
Tan distraídos estaban que no se dieron cuenta de que alguien se les había acercado por detrás.
—¿Se puede saber qué es todo ese escándalo?
Ambos se irguieron de golpe por la interrupción. Ágata se quedó helada. Arturo había reconocido la voz masculina y se había acercado al recién llegado, pero la joven también. Sin necesidad de girarse.
—Usted siempre tan encantador, amigo mío.
—Dios me libre de ser amigo suyo, barón.
—Ágata, ven, os presentaré.
Ella se dio la vuelta y mientras recorría los pasos que los separaban, notó cómo el caballero que acababa de aparecer se tensaba de la misma forma que ella.
—He aquí uno de los fichajes más preciados del rey en materia de joyería, te presento a…
—Velasco —dijo Ágata sin dudar.
Llevaba las prendas más exquisitas y lujosas que había visto nunca vestir a un joyero, pero era Velasco.
Reconoció su cabello oscuro bien peinado hacia atrás, su postura altiva, la mirada cristalina tras un par de anteojos redondos que antes no utilizaba.
Ni siquiera el cristal podía ocultar la intensidad de esos ópalos azules que en ese instante parecían dos zafiros confusos por volverla a ver tras tanto tiempo.
—¿Qué haces aquí, Ágata?
—Eso debería preguntar yo.
Arturo había permanecido atento a sus gestos mientras hablaban y aprovechó el silencio de ambos para interesarse:
—¿Os conocéis?
—No estoy segura de si eso es exactamente así —dijo Ágata.
La malagueña observó de arriba abajo a su viejo amigo y compañero de juventud. Tenía el rostro de Velasco, pero parecía otra persona.
—Ahora me hago llamar señor Mayo —le anunció Velasco con un suspiro hastiado, mientras se llevaba la mano al pañuelo del cuello, al broche dorado en forma de flor de lis, el símbolo de los Borbones—. Soy uno de los joyeros de honor de la Casa Real española, y el nuevo Guardajoyas de su majestad.