La hija del joyero Capítulo 20 #4
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Capítulo 20 #4

—Qué te voy a contar, ¿no? —Arturo se encogió de hombros—.

Eres la primera en defender que prefieres evitar males mayores.

Cualquier tasador asume que toda gema tiene alguna traza de impureza.

Tampoco existe el diamante perfecto; como buena joyera, también lo sabrás.

Aunque yo mismo llevo tiempo intentando descubrir tu traza.

—¿Y?

—Ahí ando —reconoció Arturo con una sonrisa tímida.

—Una vez más, me confirmas que me has estado estudiando.

—Siempre lo hago.

—Digo que lo has hecho desde que llegué a Madrid —insistió ella.

—Siempre. Lo. Hago. Ágata.

La miró con intensidad.

—Por eso sé lo preciosa que eres —volvió a acoger su rostro con ambas manos—, por fuera y por dentro —le acarició los pómulos con los pulgares—, lo que siempre me distrae.

Poca gente lo sabe, y eso que es algo obvio, pero adoro las gemas.

Cuando doy con una verdaderamente única…

, a veces olvido que la estoy tasando, y me quedo —suspiró— maravillado, contemplándola sin más.

Fingiendo que es mía y que podría seguir mirándola cuanto quisiera.

Ágata no estaba segura de qué quería decir eso.

Sonaba a declaración romántica, pero quizá solo quería justificar su atracción hacia ella con su admiración por su personalidad singular.

Por no hablar de su curiosidad por los motivos que la habían traído hasta Madrid.

En cualquier caso, la joven rezó por que no notase que se le disparaban los latidos. Se apartó de él.

—Seguro que enseguida encuentras otra piedra que te distraiga.

—Hablemos de ti. Me ocultas algo más, ¿verdad?

—Todos ocultamos algo más. ¿Verdad? —le devolvió ella la pregunta.

Se miraron de nuevo. Una de las comisuras de él se curvó hacia arriba.

—Y aquí sigo, deslumbrado por su brillo y sus miles de matices.

Ágata dudó y decidió encararlo de la forma más simple posible:

—¿Has oído ese rumor que circula últimamente por la ciudad de que hay un anillo maldito en el palacio?

Arturo alzó las cejas, sin duda era lo último que esperaba oír.

Ágata le contó la verdad de las circunstancias de la muerte de su padre y la auténtica causa: el robo de un anillo muy especial.

Le confesó que barajaba la posibilidad de que pudiese ser el de la fallecida Mercedes, que había terminado a su vez en manos de doña María Cristina.

Por alguna razón, creyó que era mejor no mencionar a la aristócrata italiana.

La expresión de Arturo tras escuchar la historia era insondable.

—Es la necedad más grande que he escuchado en mucho tiempo.

—¿Lo de la maldición o la posibilidad de que la sortija que usaron las dos reinas sea la que estoy buscando?

—Ambas cosas, Ágata. —Se pellizcó el entrecejo al tiempo que cerraba los ojos.

—Yo no digo que la maldición sea verdad, digo que necesito saber si ese anillo es el de mi padre.

—¿Por qué iba a tener el rey de España el anillo de tu padre?

—preguntó alzando tanto el tono de voz que Ágata se desconcertó.

Hasta el propio Arturo pareció incómodo—.

Perdona, es que no puedo creer que dejaras tu taller de Málaga solo por ese motivo.

¿De verdad crees que alguien que desconoces asesinó a tu padre por un anillo que ahora podría tener nuestro monarca?

Vista su reacción, prefirió encogerse de hombros.

—Tú… ¿tú lo has visto, al menos? Eres el diamantista predilecto del rey, ¿no? Por no hablar de tu amplia red de relaciones en Madrid. ¿Acaso no eres consciente de todas las joyas que circulan entre la gente poderosa?

Arturo apretó la mandíbula y forzó una expresión de ternura.

—Ni mucho menos. En todo caso, ese es el trabajo del Real Guardajoyas.

—Es cierto. Os escuché hablar a ti y a los Mellerio de ello. Que ese puesto se estaba disputando entre un entendido de Sevilla recomendado por el duque de Montpensier y el tal señor Mayo, propuesto por el duque de Sesto.

—No se te escapó detalle. Al final su majestad se decantó por Mayo.

Una de las razones por las que he estado ausente es porque hace poco que su delegación regresó de París.

Pero como a cualquier miembro de la aristocracia madrileña, a mí su majestad solo me hace llamar cuando hay algo fuera de lo normal.

—Este hubiese podido ser el caso.

Arturo tragó saliva mientras le mantenía la mirada, y Ágata tuvo la sensación de que trataba de desentenderse del tema. Incluso de que escondía algo.

—Alfonso es muy escrupuloso con las joyas que pertenecieron a doña Mercedes. No sabría decirte si recibió el anillo en la época en la que falleció tu padre, Ágata. ¿No crees que todo esto es lo suficientemente absurdo para dejarlo estar?

Por la expresión dolida de ella, Arturo comprendió lo importante que esa joya debía ser para la joyera malagueña. Rendido, el barón de Valdecarros volvió a alzar su mano para rozarle la línea de la mandíbula con los nudillos.

—Yo no creo en maldiciones, pero puedo ayudarte a entrar en el Palacio Real para averiguar más sobre el anillo en cuestión.

El rostro de Ágata se iluminó.

—¿Harías eso? —Le tomó la mano, el primer gesto cariñoso que salía de ella esa noche.

Arturo carraspeó y sonrió ladino mientras se cruzaba de brazos.

—Solo si lo hacemos de acuerdo con mis condiciones.