Capítulo 20 #3
—Eran monárquicos fervorosos, Ágata, y cuando vieron que sus patéticas vidas peligraban, decidieron huir hacia lo fácil.
Agradecí que me repudiaran, pues habría muerto ahogado con ellos.
Recibí el título de barón cuando estaba en París.
Los Borbones valoraban mi talento como tasador y me invitaron a frecuentarles en su exilio.
Tuve que esforzarme para recuperar un legado que mis familiares seguramente no habrían querido que recibiera.
—Se carcajeó—. Pero lo hice porque me di cuenta de que por fin tenía poder para hacer de esta ciudad un lugar mejor.
Bueno, y para que se revolvieran en el fondo del Atlántico.
Los perros rodearon nuevamente a Ágata para olisquearla. Uno le golpeaba suavemente con el hocico, dándole a entender que quería mimos.
—Has conquistado a Hefesto —dijo Arturo—. El dios de la forja ni más ni menos, qué apropiado. Mis perros parecen encantados contigo.
—¿Qué raza son? Nunca había visto perros así. Son… gigantes. Como su dueño.
—En Alemania los llaman «dogos». Los salvé de un falsificador de diamantes que pensaba llevárselos a las Américas. Al final todo perro es como su dueño, sí. Será bueno si el dueño también lo es y malo si el dueño se lo enseña.
—Me dan un poco de miedo —reconoció ella—. ¿Los has adiestrado? Para morder, si hace falta.
—Bueno, así estaba yo y mírame —apartó a los perros despacio con una pierna y agarró el columpio con ambas manos, para posarlas justo donde descansaban las de Ágata—, también me tienes completamente doblegado.
Arturo se inclinó hacia ella, pero Ágata, temerosa de volver a caer en el embrujo de sus labios, le evitó desviando el rostro a un lado y se escurrió por uno de los huecos de su costado para escapar de aquella trampa mortal.
Arturo alzó una ceja, divertido, aunque sin saber cómo interpretar esa huida.
La tomó de la mano, tiró de ella y volvió a pegarla contra su cuerpo.
Le envolvió la cintura con sus brazos, en un gesto íntimo.
—¿Te gustaron las clavellinas, brillantito mío?
En lugar de restar ardor a la situación, su voz grave provocó un tremendo sonrojo en sus mejillas que la puso más nerviosa todavía. Ágata decidió seguir fingiendo indiferencia. Volvió a quejarse cuando trató de acariciarla. Que se le resistiera tanto hizo reír a Arturo.
—Supongo que estarás habituado a realizar grandes obsequios. Te sobran posibles y no te faltan las atenciones femeninas.
Él primero la evaluó serio, luego sonrió, como si esa muestra de celos le complaciese. Cogió su barbilla, pero para obligarla a mirarlo a los ojos, y apretó su cintura con la otra mano, para evitar igualmente que se le escapara.
—Siento decepcionarte, querida. Primero, porque es la primera vez en mi vida que regalo flores a una mujer.
Ella arrugó el ceño, él insistió en su agarre.
—Y segundo y más importante, porque creí que nuestro último encuentro te había dejado claro que la caballerosidad no es algo que priorice al deseo de complacerte.
Ágata notó que le ardía el rostro.
—No parecía que fuese tu primera vez en esa… tesitura.
Su respuesta le hizo alzar las cejas, divertido.
—Hoy te has propuesto alimentar mi orgullo masculino. Dicen que la destreza requiere experiencia; el talento y las ganas a menudo tienen el mismo efecto.
Sus palabras solo hicieron que incrementar el rubor de Ágata. No se creía que no tuviera tanta experiencia con mujeres como aparentaba. Se zafó de la barbilla, pero no del agarre de su cintura. Apoyó ambas manos en su pecho, porque él insistía en inclinarse hacia ella.
—Eso no aligera en absoluto mi conciencia.
—¿Por qué? —Arturo le acarició la nariz con la suya, embriagado de contemplarla desde tan cerca—. No toqué nada que pudiera comprometerte.
—Y, sin embargo, siento el mismo cargo de conciencia que si lo hubieras hecho.
—¿Por qué?
Ella suspiró y entonces él se separó un poco para darle el espacio que parecía necesitar. Ágata tomó aire y se sinceró:
—Mi padre estaba obsesionado con que me casara para alejarme del taller.
Y a mí eso me aterraba. Pero porque tampoco quería que mis sueños dependieran de ningún hombre, ni siquiera proponiéndome otros como distracción.
«Mucho menos» como distracción —recalcó, justo cuando él desvió el rostro con el ceño fruncido—.
Yo solo quiero ser joyera. Nada más. No aspiro a casarme ni a ser la querida de nadie.
—¿Crees que pretendo convertirte en mi querida?
Ella se ruborizó.
—Sigues tomándome por un libertino.
—Quizá tenga motivos para pensarlo.
—Puede. Pero ¿sabes lo que creo yo? Que piensas que todos los hombres somos libertinos porque tu primer amor lo era.
Ágata no fue capaz de negarlo.
—Yo utilizo mis encantos como mera herramienta.
—¿Y no es eso lo que hacen los libertinos?
—Solo si es para aprovecharse de los demás, sobre todo de las mujeres. En mi caso, es una medida preventiva.
—¿Preventiva, dices? ¿Por qué querría nadie ser simpático para protegerse? —preguntó pensando una vez más en Velasco.
—¿Para ocultar lo que sientes en realidad? O para no asustar a quien te toma por libertino.
—Y-yo… En verdad no sé lo que quieres de mí, Arturo.
—Ya somos dos.
Arturo deslizó las manos de su cintura a la espalda, ascendiendo hasta sus escápulas con las palmas abiertas.
—Al menos ahora sé que no quieres atarte ni en lo sentimental ni en lo físico. Y valoro tanto tu estima y tu amistad que solo puedo prometerte que respetaré cada límite que me impongas, Ágata.
La soltó y su lejanía le provocó un frío desconocido. Sintió que se había explicado mal, que no era eso lo que pretendía, hasta que Arturo volvió a hablarle:
—Yo también comparto esa independencia a la que tanto te aferras. Ya te digo que mi experiencia en el trato humano es pura supervivencia, y rara vez me acerco tanto a alguien como para llegar a sentir algo más… íntimo.
—Eso es lo mismo que decir que en realidad no te fías de nadie.