Capítulo 20 #2
Ágata se giró en dirección a la voz y lo vio.
Iba con un hacha al hombro y cargaba un saco de leña.
Arturo no era un noble cualquiera. Ágata había temido y anhelado el reencuentro cada día desde que huyó de él.
Cuando se acercó más sintió que la abrasaba un ardor implacable.
El Barón Tasador iba vestido solo con unos pantalones altos y una fina camisa blanca, remangada y con tres botones abiertos, por lo que se apreciaba la definición de sus brazos y de su pecho.
Llevaba además el cabello alborotado y una barba de tres días que, más que descuidado, le daba un aspecto aún más indómito del habitual.
Sus ojos eran ese día dos granates iridiscentes.
Arturo les dedicó a sus invitados una expresión afable de sorpresa.
—Caramba, señores míos. Les pedí que llegaran pronto, pero no esperaba que tanto.
—Eres un caso, niño —se quejó Ofelia—. ¿No te da vergüenza distraerte cuando tienes invitados? ¿Quién va a recibir a la gente?
—Usted, la divina Ofelia.
—Déjate de zalamerías y compórtate como un anfitrión como es debido por una vez en tu vida, empezando por vestirte en condiciones.
—Desde luego. Discúlpenme, subo a adecentarme y enseguida estoy con ustedes.
—No se preocupe, don Arturo —restó importancia François, cosa que no pareció compartir su hermano.
Por un momento Ágata pensó que no le diría nada, pero luego la miró y le dedicó una de sus sonrisas descaradas.
—Señorita Guirado, bienvenida a mi humilde morada —la saludó—. Ofelia, acompáñela a los cuartos interiores por si quiere acicalarse. Aunque no lo necesite. Ese vestido es espectacular. Siéntete como en tu casa —añadió, y le guiñó un ojo antes de perderse escaleras arriba.
Ofelia la tomó del brazo poniendo los ojos en blanco.
—Vamos, querida, no le dé el gusto de inflarle ese ego desmedido y venga conmigo —le dijo al oído.
Cuando llegó un sirviente a atender a los Mellerio, las dos mujeres se dirigieron a los tocadores.
—No debo de ser la primera mujer a la que invita a sentirse como en su casa, ¿verdad?
—Ahí se equivoca, muchacha. Ese niño tendrá la reputación que usted quiera, pero jamás ha permitido que ninguna de sus admiradoras ponga un pie en esta casa.
Ágata fingió indiferencia.
—Al menos que usted sepa.
—Ese no es capaz de esconderme nada ya, se lo digo yo. Por cierto, he de suponer que le gustan las higueras.
—¿P-por qué lo dice?
—El señorito mandó plantar muchísimas antes de marcharse de viaje.
La joyera notó cómo se le incendiaban las mejillas.
La cena fue extraordinaria. Consistió en un servicio de pie, pero no por ello resultó menos elegante. Había mucha gente de nivel vestida con sus mejores galas. Pero nadie comparable al anfitrión.
Era la primera vez que Ágata veía a Arturo en traje de noche, y con pajarita.
Además, se había afeitado y peinado. Descendió por las escaleras cuando habían llegado casi todos los invitados.
Nada más aparecer se hizo el silencio, hasta que sonrió con picardía y procedió a conversar con unos y con otros.
Ágata agradeció que los Mellerio la distrajeran con su conversación, o al menos que le permitieran fingir que estaba distraída con ellos.
Enseguida detectó una cara conocida y le tiró de la manga para que no se le escapara.
—Lázaro, no sabía que usted también estaba por aquí. Le echamos de menos en la anterior reunión.
—El barón a veces me da un mísero respiro —se quejó el joven contable, impecablemente vestido como todos los demás caballeros—. Si quiere obtener información, que lo haga él mismo, que de verdad domina el arte de la zalamería.
—¿Arturo le ha pedido que… «obtenga información»? —preguntó con desconcierto la malagueña.
—Ha estado toda la tarde haciendo preguntas entre los trabajadores de la finca y ahora quiere hacer lo mismo con sus invitados.
A mí me ha pedido que indague los últimos movimientos de los presentes y las personas a las que han tratado en los últimos meses.
Así que sí, quiere información, su moneda de cambio favorita.
Yo prefiero los áureos romanos, la verdad, o cualquiera de las maravillas, entre cuadros y esculturas, que hay por esta casa.
Algún día decoraré la mía con una colección mucho mayor y exquisita, créalo.
La joven sonrió, divertida por la ambición de Lázaro.
—Hablando de cuadros, ¿es posible que no haya ningún retrato de los anteriores barones de Valdecarros? —le preguntó.
Lázaro solo le devolvió una expresión escéptica de cejas arqueadas, como si lo que le hubiese extrañado a él sería haber visto alguno, dado lo mucho que detestaba el actual barón a sus familiares difuntos.
Justo entonces vio que Arturo caminaba en su dirección.
Tardó mucho en llegar hasta ellos porque todos los invitados reclamaban su atención.
A medida que se iba acercando, Ágata le lanzaba miradas fugaces y siempre se encontraba con sus ojos, como si él tampoco olvidara dónde estaba ella en todo momento.
—¡Mis joyeros favoritos! ¿Ya me los estabas aburriendo con tus cuitas lastimeras, Lázaro? —dijo dándole una sonora palmada y ganándose su mirada de reproche. Enseguida se dirigió a los otros tres—: Por fin puedo atenderles como es debido, ¿están disfrutando de la velada?
—Por supuesto, don Arturo, la comida es exquisita —asintió François.
—He de reconocer que está siendo bastante agradable.
—Viniendo de usted, monsieur Antoine, me lo tomo como el mayor de los cumplidos. ¿Y usted, señorita Guirado?
Ella asintió sin pronunciar palabra. Lázaro se volvió hacia los Mellerio e iniciaron una animada conversación que el barón aprovechó para acercarse al oído de Ágata.
—¿Te he dicho que ese vestido es espectacular?
Ella se encogió de hombros coqueta.
—Puede que mencionaras algo de pasada al llegar.
—Conque «de pasada»… —Arturo le dedicó una mirada hambrienta que consiguió que le temblasen las piernas—. Así que no te he dicho que pareces una diosa. —Se miraron un rato más—. ¿No te gustan las joyas?
—Soy joyera, ¿cómo no van a gustarme?
—Pero nunca llevas. Salvo ese par de alianzas.
—Son las de mis padres.
Ágata miró los anillos de su pulgar y su dedo índice cubiertos por el encaje. Arturo debía de haberse fijado en ellos más de una vez. Entendía su extrañeza, las esposas e hijas de los joyeros lucían muchas piezas, tanto obsequios como alardes del arte orfebre de sus familiares.
—Si te fijas, los joyeros no suelen llevar sus creaciones.
—Porque son hombres. Pero, además de joyera, tú eres una mujer, ¿no?
—¿Lo dudas?
—Yo no dudo nada, querida, solo quería recordártelo. Que eres una mujer impresionante, y que hoy en concreto te cubriría de diamantes solo por darme el gusto.
Ignoró su mirada cargada de intenciones y aun así fue incapaz de responder a semejante cumplido.
—¿Me concederías el capricho de acompañarme al jardín? —le preguntó con una expresión más dulce y caballerosa.
Ágata temió que no le respondieran los pies, pero aceptó su brazo. Por fortuna, el particular humor de Arturo salió en su rescate. Le sacó una sonrisa que se tirara del cuello de la camisa para abrirse el nudo de la pajarita, aprovechando que dejaban atrás a la mayoría de los invitados.
—Con eso descanso un poco de esta cosa infernal.
—¿En serio esa es la razón de que nunca uses corbata? ¿Porque te molestan?
—Son de lo más incómodas, Ágata, no me lo puedes negar.
—Salvo en el trabajo, las normas de vestimenta no responden a la comodidad, sino a la consideración hacia los demás, señor barón. Muchos hombres hacen el esfuerzo, ¡y no digamos las mujeres!, con la de capas de ropa que debemos llevar. Por no hablar de los corsés.
—Bueno, ya te he dicho lo que yo pienso de tus corsés.
—Por el amor de… —balbuceó Ágata mirándole el cuello desnudo.
Cuando salieron al jardín, la condujo a un árbol enorme, un madroño, en el que había un columpio.
Ella se quedó embelesada por la quietud del entorno, el olor a flores y a hierba recién cortada.
Los envolvía una oscuridad preciosa solo tachonada por algún que otro farolillo.
Volvieron a aparecer los perros, que junto a Arturo no le parecieron tan grandes ni fieros, sobre todo al reclamar sus atenciones.
Ágata sintió que se derretía un poco, no sabía si por la ternura de ellos o por la de él.
—¿Por qué tienes tantos perros? —preguntó al final.
—Porque a mi familia nunca les gustaron —respondió sincero rascándole la barriga a uno mientras revolvía las orejas de otro—. Ahora que no están, tengo la casa como quiero.
—Así que todo esto es tuyo, señor barón —dijo sentándose en el columpio.
—Apenas tenía veinte años cuando heredé y me quedé solo.
—¿Tus padres y tus abuelos maternos murieron al mismo tiempo?
—Cuando estalló la Revolución, quisieron asegurar sus propiedades en las Américas. Lo último que me dijeron antes de zarpar en aquel fatídico viaje fue que yo era una absoluta deshonra por querer dedicar mi vida a la tasación.
—¿Qué les pasó?
—Iban rumbo a Cuba y el navío naufragó. Qué ironía, ¿verdad? Con lo que le gustaban las playas a mi abuelo, se ahogó en el mar.
—Eres imposible.
—Y tú no sabes verle el lado divertido a nada.
—Estás hablando de algo horrible, Arturo.
—Todo lo dramático tiene algo gracioso, querida. Ese es el principio mismo de la comedia.
Ágata no terminaba de estar convencida y tampoco sabía si compadecerlo o admirarlo. Arturo tomó aire y agarró una de las sogas del columpio.