Capítulo 20
—¿Un anillo maldito? ¡Menudo dislate!
El comentario de Antoine Mellerio produjo un nuevo desgarro en el corazón de Ágata Guirado.
La joven había entrado en el despacho para llevar una esclava de oro.
Nada más cruzar el umbral, tuvo que poner todo su empeño para que no se le notara la ansiedad que le había provocado el término empleado por su superior.
Antoine estaba con François y los dependientes de la joyería, Pascual y Horacio.
Todavía era temprano para abrir, así que los cuatro hombres charlaban sobre los rumores que circulaban entre sus clientas.
Solo François le dedicó una inclinación de cabeza a modo de cortesía, pues los demás ni se dignaron a saludarla.
—No son solo las damas las que hablan del supuesto anillo —comentó Horacio—, el chisme se está extendiendo entre toda la aristocracia de Madrid.
Ágata apretó los puños enfundados en sus guantes de encaje: era la quinta vez que escuchaba hablar del anillo esa semana.
Unos hablaban de un solitario, otros de una sortija sin gema, incluso de una pieza con varias piedras preciosas.
En realidad, nadie lo había visto. Ágata empezaba a plantearse la posibilidad de que no fuese más que un rumor, pero la duda la corroía. ¿Sería «el» anillo?
Como en todas las ocasiones anteriores que lo oyó mentar, Ágata fingió que no había oído nada a la espera de algún detalle que confirmara sus sospechas.
Recorrió lentamente el despacho y colocó la esclava sobre el buró de François.
Le miró por si le agradecía el gesto o le daba alguna otra indicación, pero François estaba entregado a las especulaciones.
—¿El rey ha dicho algo?
—¿El rey? —Alzó las cejas Antoine, como si fuese la ocurrencia más absurda.
—Don Alfonso es joven, pero también culto y con mundo —intervino Pascual indignado—, ¿cómo va a tomarse en serio una patraña como esa?
—Tal vez le convenga ignorar esta historia —repuso François encogiéndose de hombros—.
Sabemos que su majestad guarda con celo todas las joyas que pertenecieron a su amada Mercedes, por lo que resulta tan difícil de creer que se desprendiera del anillo, aunque estuviera poseído por el mismísimo Maligno.
Ágata sospechaba que la aristócrata italiana había robado el anillo de su padre, por eso se había trasladado a Madrid, con la esperanza de dar con ella.
Aun así, era descabellado pensar que su anillo hubiese llegado a manos de la familia real.
De todas maneras, tenía que descartarlo, para lo cual debía averiguar si doña Mercedes había recibido el anillo antes o después de la muerte de Aurelio, de ahí que la joven decidiera ir al Palacio Real unos días atrás por su cuenta, para estar segura.
En cuanto divisó el imponente edificio a lo lejos, comprendió que había sido una ingenua.
Ágata ni siquiera se atrevió a acercarse a la valla de hierro custodiada por guardias.
No podía decirles que necesitaba entrar para asegurarse de que el anillo que todo el mundo creía maldito podía ser el mismo que quizá le había robado a su padre una noble italiana.
Necesitaba que alguien intercediera por ella, pero ese alguien estaba desaparecido.
Cuando estaba a punto de salir del despacho de los Mellerio, François la llamó. Estaba tan enfrascada en los recuerdos de su fallida visita que se sobresaltó.
—Y usted, ¿qué opina?
—¿Cómo dice?
—¿Que qué opina sobre lo del anillo maldito?
Ágata no contaba con que le pidieran su opinión y con los nervios no se le ocurría nada que decir.
—Seguro que estará encantada, como todas las muchachas —se burló Pascual.
Ágata lo fulminó con sus ojos negros. No obstante, él y el resto de los presentes aguardaban expectantes su respuesta. La joven despegó los labios, sin saber todavía qué decir.
—¡Ah, aquí están! Qué bien que los encuentro juntos, señores Mellerio —exclamó don Bartolomé.
El conserje del edificio entró con andares ligeros, a diferencia de quien lo acompañaba.
—Ya le dije que estarían por aquí a estas horas.
—Sí, sí, si eso está muy bien, sigue quitándome un tiempo del que no dispongo. ¡Vaya, señorita Guirado!, qué bien hallarla aquí.
Ágata saludó a Lázaro Galdiano con la misma sorpresa. Al instante, el joven rebuscó en su chaqueta con gesto molesto.
—El señor barón me ha pedido que les entregue esto personalmente, aunque no soy su recadero —dijo Lázaro y les tendió a los Mellerio una tarjeta.
—¡Oh! Don Arturo nos invita a una cena en su casa el jueves por la noche —informó François entusiasmado—. Quiere reunir a todos sus arrendatarios para contarnos las buenas nuevas de su último viaje. Empezaba a echarlo en falta.
—No digas tonterías, hermano, ese caballero me saca de mis casillas.
—Reconoce que tú también lo aprecias, Antoine —se burló François.
Ágata apartó la mirada. La invitación era nominal e iba dirigida expresamente a los hermanos Mellerio.
Ya sí no tenía ninguna duda: Arturo la estaba evitando.
Aunque no podía descartar que fuera un evento formal y que no le correspondiera ser invitada a la casa del barón de Valdecarros. En cualquier caso, estaba dolida.
Cuando se daba la vuelta dispuesta a marcharse, oyó a Lázaro decirle:
—Permítame robarle un momento, señorita Guirado. Si me alegro de verla no es solo por las razones habituales, también me facilita la otra tarea que tenía pendiente antes de poder regresar a mi puesto de trabajo.
—¿Qué otra tarea?
Lázaro sonrió enigmático y le pidió que lo acompañara a la entrada y, una vez allí, que saliera con él a la calle. Cuando salió a la Carrera de San Jerónimo, Ágata se quedó boquiabierta.
Delante del portal había una carreta repleta de flores. No, no eran flores cualquiera, sino una muy concreta: clavellinas. Había macetas y tiestos de todos los colores y tamaños.
—¡Ya era hora de que salieran! —protestó el conductor.
—No se queje tanto —replicó Lázaro, a pesar de ser el primero en tener prisa—. Seguro que le han pagado un buen dinero por realizar sus servicios en el tiempo que fuese necesario.
—¿Dónde quiere que se las deje? —preguntó el hombre haciendo caso omiso al comentario del joven contable.
—¿A qué se refiere?
—A mí me dijeron que eran todas para la misma señorita.
La malagueña, anonadada, buscó el apoyo de la pared. La mirada de Lázaro le confirmó que la «señorita» en cuestión era ella.
—El molesto barón me pidió que me asegurase de que recibiera cada cosa en este orden —suspiró señalándole la parte central del carro—. Primero las flores y luego la invitación. Qué teatrero es…
Ágata se acercó a la maceta indicada, entre cuyas hojitas se encontraba el sobre a su nombre. Una nota acompañaba la invitación:
Estas clavellinas nunca serán como las que te vieron crecer en Málaga, pero sí espero que hagan de Madrid otro hogar digno de tu afecto.
El jueves por la noche, Ágata acudió con los hermanos Mellerio a la cena que el barón de Valdecarros ofrecería en su casa.
Sabía que su residencia se encontraba a las afueras de la ciudad, aunque desconocía dónde exactamente.
Salieron de Madrid por la calle Atocha en una lustrosa carreta de cuatro tiros hasta el camino de Vallecas.
François Mellerio le explicó a Ágata que Valdecarros era el poblado de Salamanca donde nació el primer barón y no un municipio de Madrid.
Puesto que Valdecarros estaba bajo la jurisdicción del ducado de Alba, no le pudo ser otorgado, así que Fernando VII le cedió el nombre para su título nobiliario y todas las lindes desde el inicio de Vallecas hasta las lagunas.
Mucho más de lo que poseían algunos marqueses.
Cuando por fin vislumbraron su destino a lo lejos, Ágata parpadeó incrédula.
Arturo usaba la palabra «casa» para referirse a la vivienda que había heredado de su familia, pero eso era una mansión en toda regla, la más grande que Ágata había visto nunca.
Ni siquiera la residencia de los marqueses de Larios de la Alameda Principal de Málaga era tan majestuosa ni contaba con tantísimos terrenos a su alrededor.
El carruaje atravesó la entrada y a la joven le llamó la atención el nombre de la finca, Villa San Andrés.
El primer barón de Valdecarros le había puesto el nombre de la playa en la que pereció el general Torrijos, junto con los hombres a los que condenó con su traición.
Ágata guardó para sí lo que opinaba al respecto.
El gesto admirado de los dos lacayos que la ayudaron a descender del carruaje la distrajo de sus pensamientos.
Tras recibir la invitación, Ágata había regresado al comercio de la calle Montera donde había adquirido el traje de chulapa y para esa ocasión se decantó por un atrevido vestido tornasolado que le recordaba la mirada de Arturo.
Incluso Antoine Mellerio la alabó cuando la vio.
A petición del anfitrión, habían llegado una hora antes de la cena.
Los sirvientes los condujeron hacia el interior de la residencia por la puerta principal.
Aunque Ágata no había tenido ocasión de visitar el palacio de Liria o el de Buenavista, dudaba que Villa San Andrés tuviese nada que envidiarles.
La joven estaba absorta contemplando las hermosas lámparas de cristal y las tonalidades del mármol de las paredes y los techos de la recepción, cuando de pronto la rodearon tres enormes perros. Ágata gritó asustada.
—¡Ya, ya! ¡Hefesto, Hades, Cerbero, no me obliguéis a levantaros la zapatilla! —amenazó Ofelia mientras apartaba a los animales de Ágata.
—Ofelia, tiene usted el cielo ganado —le agradeció ella.
—Eso le digo yo siempre.