Capítulo 19 #3
Y Ágata estalló. Ni siquiera sabía qué era esa descarga de placer que la recorría desde los pies hasta la cabeza, solo sabía que semejante tormenta solo podría habérsela provocado él.
Gimió contra su pecho, aferrada a su nuca.
Cuando recuperó un poco el aliento, se fijó en las cicatrices que dejaba a la vista la camisa desabrochada de Arturo, en especial una grande que tenía encima del corazón en forma de medialuna.
Él volvió a distraerla mordiendo el punto tierno donde se juntaba su cuello con el hombro.
Cuando los exquisitos espasmos acabaron, él se separó un poco.
Apenas lo suficiente para que ambos se mirasen arrebolados, con las respiraciones todavía entrecortadas.
Entonces Arturo se llevó a la boca los mismos dedos que hasta hacía escasos segundos habían estado en su interior, y los chupó con deleite depredador.
La escena le devolvió a Ágata la lucidez. Y le cruzó la cara.
Los dos parpadearon desconcertados: Ágata todavía extenuada e incrédula por lo que acababan de hacer; Arturo, lejos de molestarse u ofenderse, le dedicó una sonrisa de satisfacción, como si le hubiese encantado llevarla al límite.
Sin decir palabra, ella se bajó de la mesa y salió corriendo. Él no se lo impidió.
Ágata agradeció que Arturo tuviera que ausentarse unos días.
Estaba molesta con él por lo que habían compartido y se avergonzaba por haberlo permitido.
Por haberlo disfrutado, por sentirse tan confusa al respecto.
Se educaba a las mujeres para que no se dejaran tentar por la carne hasta el matrimonio.
Ágata se preguntaba cómo abordar el debate moral cuando ella no estaba interesada en casarse, y tampoco deseaba tener una relación sentimental con nadie.
La atormentaba que pudiera haberle dado a entender que no le importaba dejarse llevar con cualquier hombre que la atrajese, porque sin duda Arturo se había dado cuenta de que él la atraía.
Mucho. Le daba pavor que el barón de Valdecarros creyera que se estaba ofreciendo como posible amante.
Por la forma en que se desenvolvió con ella, Ágata sabía que no era la primera mujer con la que se comportaba de ese modo. Tal vez incluso había más mujeres con las que se dejaba llevar. Esa idea la irritaba muchísimo.
Sabía que los hombres galantes y zalameros no eran de una sola mujer, y menos si carecía de posibles.
Lo aprendió muy jovencita viendo a Velasco tontear con unas y con otras.
Por otra parte, algo en su interior le decía que Arturo era diferente, o que, por lo menos, lo era con ella.
Prueba de ello era su prudencia. Era lanzado, pero nunca grosero.
También cumplió en no tocar su virtud. Aunque Ágata se sofocaba cada vez que pensaba en ello.
En todo caso, la joven tenía la sensación de que el barón había alcanzado algo mucho más profundo.
Llegó a pensar que esos dedos expertos le habían poseído el alma.
Y dudaba que compartir algo tan ardiente con quien ni siquiera había ennoviado fuese correcto a ojos de la sociedad.
Así que Ágata temía profundamente el momento de reencontrarse con él.
Su ausencia duró más de lo esperado, y así lo anunció por carta.
La malagueña no podía evitar preguntarse si Arturo estaría tan ocupado de verdad o si la estaría evitando. Si tras lograr intimar «sin huella», como él decía, se habría cansado de ella. Pero luego se imaginaba que se lo encontraría y estaría tan bromista como siempre.
Una tarde de finales de agosto, cuando el fin del verano se intuía en el frescor de la brisa, Ágata escuchó a Urbano y a Ernesto hablando en el taller y las palabras «Palacio Real» llamaron su atención.
—Otra que muere en circunstancias extrañas —dijo Urbano.
—Yo no lo veo tan extraño. La dama tenía muchos años —repuso Ernesto.
Ágata supo de inmediato que se referían a la reina María Cristina de Borbón, madre de Isabel II y abuela de Alfonso XII, quien había fallecido pocos días atrás.
—Ah, pero ¿has oído lo último, Cosme? —preguntó Urbano cuando el joven asistente llegó a la prensadora donde estaban cotilleando.
—No, cuente, cuente.
—Circula el rumor de que hay un anillo maldito —dijo Urbano con un tono intrigante.
—¿Un anillo? —preguntó Ernesto incrédulo.
Ágata se quedó helada. Sintió que toda su vida frenaba abruptamente.
—¿Y qué tiene que ver un anillo con la muerte de doña María Cristina? —preguntó Cosme.
—Dicen que lo heredó de doña María de las Mercedes, que era el mismo que ella llevaba cuando murió —respondió con seguridad Urbano.
—¿La esposa del rey?
—¿A qué Mercedes me voy a referir? Esa misma. Y como doña María Cristina lo llevó después de ella, la gente está hablando ya de maldición.
—Valiente estupidez —bufó Ernesto—. ¡Un anillo maldito!
Ágata palideció. Su mente se fue a Málaga, al arcón secreto donde su padre guardaba aquel anillo. El uso del término «maldito» le provocó náuseas.
Pese a lo mucho que había anhelado ese momento, sintió verdadero terror.