Capítulo 19 #2
—Así que con ese primer amor solo hubo un beso de críos. ¿Y lo que te conté sobre intimar sin dejar huella?
Ella se ruborizó. Se le aceleró la respiración cuando Arturo se acercó a ella hasta arrinconarla contra la mesa del otro lado del despacho.
—¿Te hubiera gustado probarlo con él?
Ágata estudió cada rasgo de su rostro de cerca.
Los detalles de su mandíbula. La nariz. Sus ojos.
Sus labios. Su voz ruda acariciándola al hablar.
Quiso alejarse, pero Arturo se lo impidió con su cuerpo, se inclinó sobre ella y apoyó las manos en la superficie de su espalda.
A pesar de la agresividad que emanaba, deslizó cuidadosamente la nariz por su mejilla, y con la misma ternura le besó la comisura de la boca con una devoción que la sobrepasó.
—¿Te gustaría probarlo conmigo?
Ágata tembló porque no sabía. Le dio vergüenza su inexperiencia.
Arturo lo captó y volvió a acariciarle el pómulo, esa vez con los labios, y le preguntó con la mirada si podía seguir.
Su prudencia la desarmó, invitándole a juntar sus bocas, lo cual Arturo hizo lentamente, atento a la respuesta de Ágata.
Cuando notó que volvía a sentirse cómoda, aprovechó para auparla y sentarla sobre la mesa, abriéndose hueco entre sus piernas.
—¿Q-qué…? —soltó ella con un hilo de voz—. ¿Qué vas a hacer?
—Demostrarte la diferencia entre algo de críos —siguió diciendo en un tono bajo, mientras deslizaba las manos por la piel de sus muslos que había quedado al descubierto— y lo que pueden compartir un hombre y una mujer que se desean.
—Arturo… Para, para un segundo.
Él no apartó la mirada de su rostro, pero le remangó del todo la falda y pegó sus caderas contra las de ella. Ágata notó el centro de Arturo endurecido y, aunque les separaban varias capas de tela, el roce contra su intimidad le produjo una sensación abrasante.
—Déjame enseñártelo, Ágata —le rogó—. Te servirá para liberarte un poco, confía en mí. Te lo he prometido: nada de lo que pase aquí saldrá de aquí. Esto es entre tú y yo. Que el resto mundo, sus normas y sus problemas se queden fuera.
Arturo parecía inmerso en otro lugar, perdido en sus ojos. Ágata suspiró sofocada y un poco asustada.
—E-espera…
—¿De verdad quieres que pare?
Él la miró con otra intensidad, con un deje de súplica. Ágata se sintió desarmada. El calor de su pecho le decía que jamás había deseado nada tanto, ni a nadie tanto como a él. No fue capaz de volver a hablar. Ni de pensar. Y Arturo se lo tomó como un consentimiento rotundo.
Casi con agonía, Arturo insistió en su agarre, clavándole los dedos en el muslo desnudo, y aceleró el ritmo de su cadera, sin dejar de mirarla a los ojos, atento a sus jadeos.
El tasador comprobaba que la gema sonaba como debía, mimando cada roce, ejerciendo la fuerza justa sin romperla.
Salvo que ella misma se lo pidiera. Con la otra mano, Arturo le deshizo el lazo del cuello, los botones de la camisa.
Cada porción de piel que recibió el áspero contacto de sus diestros dedos de músico se estremeció.
Solo cuando estuvo seguro de que había dejado su escote al descubierto por completo miró hacia abajo. Inspiró profundamente por la nariz.
—Estos corsés van a acabar conmigo.
Se inclinó muy despacio, y con la misma cadencia deslizó la lengua en sentido ascendente por el canal que separaba los senos de Ágata hasta su barbilla, abriendo un reguero apasionado que la llevó a echar la cabeza atrás y gemir.
—Tú vas a acabar conmigo.
Arturo alzó la mirada al tiempo que Ágata buscaba sus ojos.
El reclamo que vio en ellos terminó por hacerle perder la cabeza.
Se le escaparon las manos a las solapas de su chaqueta, tiró de él para pegarlo por completo a ella y tomar su boca.
Ese beso no se parecía en absoluto a ninguno.
Arturo gruñó ante la invitación de ella y aceptó sus labios con voracidad, como si pretendiera consumirle el alma.
Ágata jamás había experimentado un fuego semejante, sintió que su cuerpo entero entraba en combustión mientras sus lenguas danzaban y sus dientes chocaban.
Arturo lo interpretó como una indicación para ir más lejos.
No tardó en introducir las manos por los pliegues de su falda, hasta que encontró el centro de Ágata.
Ella tuvo un breve amago de cordura y pensó en frenarlo, pero carecía de fuerzas.
Dejó que sus dedos la tentaran, que accedieran a su interior. De formas que ni siquiera comprendía.
Al final, ella le rodeó el cuello con los brazos y permitió que siguiera, agarrándose a su cabello.
Cuántas veces había deseado acariciarlo con suavidad; sin embargo, en ese instante era puro instinto requiriéndolo con fiereza.
Parecía imposible que la ternura cupiera entre tanta furia, pero notó cómo Arturo deslizaba la mano zurda por su cuello, y abandonaba sus labios hinchados para hacerle una pregunta mejilla contra mejilla:
—¿Alguna vez habías hecho esto sola?
Ella negó antes de soltar un resoplido.
—Pero sí que me he acordado bastante de nuestra conversación al respecto estos días —murmuró Ágata acompañando los gestos obscenos de él con pequeños e instintivos balanceos.
Él se rio guturalmente, restregándole su barba incipiente por el pómulo.
—Yo sí que me he desahogado mucho pensando en ti, imaginando cómo sonarías cuando mis manos te poseyeran —reconoció mordiéndole la oreja sin dejar de mover los dedos, consiguiendo que a ella se le pusiese la piel de gallina—. Estás hecha para ser venerada.