Capítulo 19
La invitación al almuerzo pilló a todo el mundo desprevenido.
Empezando por Ofelia, que debía ocuparse de organizarlo.
Ágata, que se preguntaba una y otra vez si había hecho bien en contarle el suceso, supuso que Arturo quería que los Mellerio, los Ansorena y el resto de los joyeros y sus empleados sucumbieran al talento culinario de su asistente para que dejaran de cuchichear sobre su pasado.
Sin embargo, conforme avanzaba el almuerzo empezó a pensar que había sido una quimera suya.
Arturo redobló sus atenciones habituales y los invitados agradecieron profusamente su amabilidad, sin dejar de alabar los canapés de Ofelia.
Concluido el ágape, Arturo se despidió muy cortés de buena parte de los invitados, quedando solo Ágata, los Mellerio y los dependientes de su negocio. Entonces, aprovechando que Pascual volvía a alabar los bocaditos de paté, se acercó a él y le rodeó los hombros con su enorme brazo.
—Querido Pascual, ¡qué bien que le haya gustado tanto la comida!, porque no podría venirme mejor.
Los Mellerio estaban distraídos en su propia conversación, por lo que solo Ágata se dio cuenta del cambio. «Ahí está». Ahí estaban otra vez las cornalinas tomando aspecto de rubíes. Y cuando ocurría, incluso el aire se volvía más pesado.
—He oído que va por ahí incomodando a mis empleados —murmuró apretándole el hombro—. En concreto, a mi empleada más valiosa. Espero que no se repita.
—C-claro, señor barón. —Pascual tiritó, sin atreverse a encararle.
Se miraron un poco más. Arturo lo soltó, volvió a sonreír y le palmeó el pecho.
—Estupendo, ¡estupendo! Eso quería oír.
Ágata se había ido a las cocinas en cuanto Arturo se acercó a Pascual; allí Ofelia estaba despachando al servicio después de darles las gracias y felicitarles por lo bien que había salido todo.
La joven, que se había quedado cerca de la puerta, sintió la presencia de Arturo cuando se reunió con ellas unos minutos después.
—No era necesario organizar ningún espectáculo para demostrar nada —dijo Ofelia dirigiéndose al barón.
—¿Que su comida es exquisita, querida Ofelia? Y tanto que sí.
—Ay, prometiste que no permitirías ni perdonarías que nadie volviera a herirme y cumples a rajatabla, menudo eres, niño.
Ofelia hizo un gesto a ambos para que tomaran asiento.
—Al poco de llegar a Madrid yo tuve una hija, ¿sabe, joven? Pero murió, nada más nacer, y eso que era perfecta.
Ágata miró confusa a Arturo primero, luego se giró hacia Ofelia otra vez, quien, a pesar de su mirada perdida, deseaba continuar y compartir con ella su historia.
—Ayer no le fui completamente sincera al contarle mis circunstancias.
Intuirá que mi hija no fue deseada, e intuye bien, pero si piensa que su padre era un cliente, se equivoca, aunque muchos lo creyeron cuando vieron mi vientre crecer mientras ejercía como cocinera, y no tardaron en darme una reputación que por entonces no merecía.
Yo lo dejé todo en mi país siendo apenas una niña para seguir al hombre que amaba hasta Madrid, aunque él ni siquiera llegó a revelarme su verdadera identidad.
Ya, ya sé lo que está pensando, no me imagina cometiendo semejante estupidez, ¿verdad?
Bueno, cualquiera puede llegar a ser una persona muy distinta cuando se enamora.
Igual que cuando se recoge mucho amor desinteresado.
Él llegó a recibirme con los brazos abiertos en cuanto se enteró de mi presencia aquí, pero por apenas unas cuantas semanas.
Llegué a suponer que incluso estaría casado.
En cualquier caso, me repudió cuando nuestra relación dio fruto.
Y poco después tuve que dedicarme a la calle, porque para entonces los comentarios sobre mí habían prosperado tanto que decidí usarlos en mi beneficio.
Pero, con respecto a nuestra hija…, supe que esa criatura heredó todo lo bonito que compartimos.
—Y… ¿qué le pasó? —preguntó Ágata con mucho tiento.
—El médico dijo que presentaba un aspecto enfermizo que debía examinar, y ya no volvió a traérmela. Pero era perfecta, se lo aseguro.
Ágata asintió con las lágrimas saltadas. Arturo guardó silencio.
—No obstante, en la vida hay dichas de un instante que valen por años de desgracia.
Después he tenido también momentos horribles, pero me basta recordar los que son de felicidad pura y genuina para encontrar la paz.
Y también me basta el respeto de un solo buen hombre para obviar cientos de comentarios ignorantes.
—Bien por mi labia —susurró Arturo en tono bajo.
—No te lo creas tanto, niño. Y usted tampoco deje que se lo crea, querida.
Las palabras de Ofelia quedaron flotando en el aire mientras se levantaba para recogerse. Después Ágata y Arturo se pusieron en pie para dirigirse a la puerta, pero al pasar por delante de uno de los despachos del barón, la joven descubrió algo que le llamó la atención.
—¿No es el mismo acordeón que le pediste al caballero de la verbena?
—Después de ver tu cara al contemplarlo supe que debía tenerlo conmigo para siempre.
Ágata arqueó las cejas.
—¿Y no vas a tocarme algo?
Arturo sonrió pícaro y con un gesto la invitó a pasar al despacho. Cerró la puerta tras ellos y procedió a colocarse el acordeón en los hombros. Interpretó una melodía más suave que la otra vez, otra de las que ella solía tararear en el taller.
—Tienes un oído asombroso. Es increíble que puedas reproducir una canción solo habiéndome escuchado tararearla un par de veces.
—En realidad siempre estás tarareando, Ágata —le aclaró sin apartar la mirada del instrumento.
Ágata observaba maravillada cómo se movían los dedos de Arturo al tiempo que prensaba el fuelle.
—Mi madre era pianista. De pequeña vivía inmersa en la música.
—Ahora lo entiendo todo.
—¿El qué?
—La música que tarareas es muy especial, aunque ni siquiera seas consciente, como de tus virtudes.
Ambos cerraron los ojos y se dejaron llevar por la melodía.
—Admiro tanto a Ofelia —dijo Ágata de repente—. Es tan… ¿fuerte?
—Nunca sabemos lo que hay detrás de la gente, por eso yo siempre prefiero escuchar antes de sacar conclusiones. Ofelia lo ha pasado mal.
—Sí, pero ella sigue teniendo fe en las personas. Tiene mucha esperanza depositada en ti.
—En eso tampoco ha tenido suerte —repuso él burlón.
Ágata pensó por primera vez que quizá Arturo no se tenía tanto aprecio como parecía.
—¿Qué estás pensando? Suéltalo —le pidió él—. No te lo guardes.
—Cuando mi padre murió, comprendí el verdadero significado del dolor. Perdí a mi madre pronto, y también fue muy duro, pero lo que le pasó a él… A veces me desgarra.
Arturo dejó de tocar.
—La muerte de tu padre no es lo único que te desgarra —se aventuró él mirándola a los ojos—. ¿Por qué estás en Madrid, Ágata? Y no me vengas con el cuento de la hija del joyero necesitada, porque no me lo creo. Dijiste que me lo contarías. Sabes que puedes confiar en mi total discreción.
Ella dudó.
—Es difícil de creer viniendo del tasador del rey. ¿Tu oído no le debe absoluta lealtad?
—Ahora mismo, mis oídos son solo para ti. Y nada de lo que pase aquí saldrá de aquí. Te lo prometo.
Ágata volvió a mirarle con detenimiento.
—Mi padre murió en circunstancias extrañas, pero no te imaginas la verdad.
Él desvió la vista.
—¿Crees que alguien lo mató? —preguntó Arturo sin mirarla.
Ella no contestó, la había impactado que él fuera tan directo. Arturo se lo tomó como un sí, echó la cabeza atrás y suspiró.
—Y que esa persona se encuentra aquí, en Madrid —continuó él.
—Estoy convencida de que no está en Málaga —zanjó ella.
Arturo comprendió que no le diría nada más.
—¿Echas de menos tu ciudad natal?
Ágata agradeció el cambio de tema, aunque siguiese siendo triste:
—Echo de menos su luz y su oscuridad. El azul profundo del cielo.
El mar, su sonido. Pero, en el fondo, todo eso lo llevo conmigo.
—Hizo una pausa y se llevó la mano al corazón—.
Lo que más echo de menos es la higuera que plantó mi padre en el jardín de la entrada de casa.
Y las clavellinas que mi madre adoraba, que terminaron por convertirse en mi flor favorita y en símbolo del amor sin medida.
Extraño la Málaga en la que ambos siguen viviendo en esos detalles.
Arturo dejó el acordeón en su lugar y se aproximó a Ágata. La tomó de las manos y tiró de ella hacia él para apoyarse en el buró.
—Voy a salir de viaje una semana, quizá más —dijo él y acarició el encaje de sus nudillos con los pulgares—. ¿Vas a echarme de menos a mí con el mismo fervor?
Ágata le apartó las manos con delicadeza.
—Arturo, yo… Prefiero evitar encariñarme con nadie, y menos en un sentido íntimo. No he tenido muy buenas experiencias.
—No me digas. Ágata Guirado, con el corazón roto. ¿Un dramático romance digno de Shakespeare, tal vez?
A Ágata le pareció que sus ojos anaranjados volvían a enturbiarse y su tono bromista forzado la puso en guardia.
—¿Qué? No, no, no. —Negó con la cabeza—. No creo, al menos. No sé si llegué a enamorarme, pero lo que sea que sentí… a veces pienso que hubiese sido mejor no haberlo sentido.
Arturo cambió el peso de un pie a otro, como si estuviese incómodo.
—¿Puedo saber el motivo?
Ella pestañeó. No sabía si quería compartirlo con él. No deseaba empañar lo que fuera que estaba empezando a nacer entre Arturo y ella. Y no le gustaba sentirse examinada.
—Simplemente me dejó con una sensación desagradable —musitó—. Como un engarce que pierde su piedra, pero quedó tan oxidado que no puede encajar otra gema ahí.
—A lo mejor no está oxidado. A lo mejor ni siquiera le hace falta ninguna gema —dijo él casi en un susurro, pero al instante volvió a la chanza—. Vaya, vaya, brillantito, ¡y yo pensando que eras una joven inocente!
—¡Cómo te atreves! Por supuesto que fue de lo más inocente, apenas un beso.
—¡Un beso! Ah… ¿Como el que me diste a mí?
—P-pero ¿a qué viene esto? No tuvo nada que ver.
—¿No?
—No. Aquello fue… una cosa bastante de críos, la verdad.
Ella retrocedió. No entendía el interrogatorio al que Arturo la estaba sometiendo.