La hija del joyero Capítulo 18 #2
47%

Capítulo 18 #2

Ofelia la condujo por corredores más modestos hasta las estancias destinadas al almacenaje. Arturo se hallaba en una acompañado por Lázaro, ambos estudiaban con tanta atención una hilera de pinturas que ni se inmutaron ante la llegada de las dos mujeres.

Al enfrentarse a los ojos anaranjados del Barón Tasador, Ágata recordó de golpe las inseguridades que le provocaba. La visión de sus labios le recordó el sabor de su boca. Pero la reminiscencia romántica de ella se evaporó ante la actitud distante y desenfadada de él.

—¡Señorita Guirado, bienvenida! —dijo mientras caminaba hacia ellas—. Ofelia, sabía que solo usted podría despegarla de su rincón del taller, ¡gracias!

—Más te vale haberla molestado por un buen motivo, niño.

—Desde luego —aseguró Arturo, y le guiñó un ojo.

Ofelia se despidió de Ágata con un asentimiento dulce y la joyera la observó alejarse con el corazón aún encogido por su conversación. Tomó aire y centró su atención en el barón, que era quien la había convocado.

—Este tipo de tareas siempre se las encargo a los empleados del taller, espero que te parezca bien haber sido la elegida. Estoy convencido de que los Mellerio agradecerán tu visita.

—No irás a decirme que también arrendas el museo.

—¡Me tienes en demasiada alta estima, querida Ágata!

—se carcajeó Arturo—. El edificio pertenece al Estado desde 1869, cuando se declaró extinguido el real patrimonio.

Por fortuna, un grupo cada vez más numeroso de nobles estamos consiguiendo que otros se animen a donar cuadros y esculturas para exhibirlas en este emplazamiento privilegiado en lugar de que acumulen el polvo en sus residencias.

—Así que no eres dueño del edificio, pero sí de algunas obras —dijo Ágata asombrada.

—De algunas colecciones, más bien.

Ágata tragó saliva. La actitud mundana de Arturo le hacía olvidar a veces que poseía una gran fortuna, cuyo alcance desconocía. Puesto que él seguía haciendo como si su encuentro fuera de lo más normal y no hubiera pasado nada entre ellos, Ágata optó por imitarle.

—¿Y qué tal va la tasación?

—Buena pregunta. —Arturo se volvió hacia Lázaro—. ¿Cómo vamos, mi estimado contable?

El muchacho fulminó con la mirada al barón, se irguió en una pose distinguida para hacer una reverencia a Ágata y caminó hacia ellos.

—Esa pintura de ahí me resulta insulsa, pero la otra… En mi humilde opinión, las palabras se quedan cortas.

—Tú no tienes humilde nada, Lázaro, ni la opinión ni el gusto. ¿Cómo se llama esa condesa gallega que te saca once años y de la que no paras de hablar?

—¡Doña Emilia Pardo Bazán! —exclamó Lázaro con los carrillos sonrojados—. Es una virtuosa de las letras que está despuntando en los círculos literarios y las revistas, señorita Guirado. Un barón desvergonzado como usted no es digno ni de mencionarla.

Ágata decidió poner fin a la discordia interesándose por el asunto para el que la habían hecho llamar, además quería ver lo mismo que Lázaro.

—Deberéis perdonarme, no conozco a los pintores que estáis examinando.

—Eduardo Rosales Gallinas era madrileño, pero se ha hecho especialmente popular en París —explicó Lázaro, orgulloso de que se hubiera dirigido a él—.

Sus retratos siguen la estela de Velázquez, aunque con un toque modernista que no todo el mundo sabe apreciar.

En cambio sus paisajes pierden agilidad compositiva y no hacen justicia a esa pincelada menuda que tanto llegó a dominar.

Para estas escenas pienso que tenía más talento…

Mmm, ¿cómo se llamaba el discípulo del escultor valenciano que me presentó en su día, barón?

—¿El escultor o el discípulo?

—Lo mismo da.

—Supongo que el escultor es Capuz.

—Eso, Cayetano Capuz. ¿Y el discípulo…?

—Ah, sí, ese joven fanfarrón como tú, ¿no? ¿Joaquín?

Lázaro resopló y se pasó la mano por el rostro.

—Sí, ¡Joaquín!, Joaquín Sorolla. Deje de fastidiar. Usted también lo recuerda, no me lo niegue. ¡Qué manera de inmortalizar escenas costumbristas, señorita Guirado! Quédese con su nombre, sus obras valdrán mucho en el futuro.

—Como los textos de la condesa de Pardo Bazán, ¿no? —se burló el barón.

—Es usted imposible.

Lázaro dio la vuelta airado y Ágata se permitió sonreír enternecida y admirada a partes iguales por el talento del joven.

—Estoy de acuerdo con tu contable. Eres imposible y mezquino.

—Reconoce que Lázaro es entrañable cuando se indigna.

—Así que me has traído para que presencie una discusión sobre talento artístico.

—Siempre es un placer escuchar a Lázaro, pero no, no te he mandado llamar por los cuadros, sino por los marcos.

Ágata frunció el ceño y se acercó a observarlos. Arturo se colocó a su lado.

—Pan de oro.

—Los comisarios me han dicho que estos marcos en concreto han sido elaborados con técnicas similares a las de la marquetería malagueña.

—Quizá sea menester consultarlo con ebanistas más que con joyeros.

—No si el fin es reproducirlos por completo en metal.

—¿Y quién estaría tan loco como para invertir en un dispendio semejante?

—El rey.

Ágata le miró de golpe y Arturo se carcajeó. Después se llevó las manos a la espalda.

—No sé si sabes que su majestad está llevando a cabo una gran remodelación en el Palacio Real con el propósito de unir las tres salas que componían el Cuarto de la Reina para hacer un Comedor de Gala. Ni te cuento lo que invertirá en su decoración.

—No hace falta, me lo has dicho todo con esta idea para enmarcar los cuadros. Pensé que don Alfonso era más austero que su madre.

—Y lo es. Deberías haber visto las tres salas originales.

Ágata negó no muy convencida y miró de nuevo las pinturas.

—Así que el rey va a decorar su nuevo comedor con cuadros del museo.

—Todavía lo está sopesando.

—¿Y no sería más interesante emplear tapices? Son mejores aislantes térmicos y no se deterioran del mismo modo.

El Barón Tasador alzó la barbilla con interés.

—Algún día te llevaré al Palacio Real, Ágata.

—¿Para que vea el hogar del supuesto rey austero y sus antepasados pomposos?

—Y para romper la rutina. Por eso te llevé a la verbena.

Ágata palideció. Por supuesto que Arturo recordaba aquella noche, solo que disfrutaba torturándola.

—Reconozco que la apuesta se nos fue un poco de las manos, pero no esperaba que ese beso se…

—Ese… ese beso no nos gustó a ninguno de los dos —balbuceó ella cortante.

—¿Cómo que no? —Arturo fingió que se ofendía llevándose una mano al pecho—. Y ¿cómo que «nos»? A mí me encantó. Aunque se suponía que tenía que liberarme de mi «rufianidad».

Ella clavó la vista en sus pies.

—Te arrepientes.

Ágata alzó el rostro de nuevo. Arturo la miraba inexpresivo y ella no alcanzaba a entenderle. Quiso replicar algo, pero él se volvió a adelantar:

—Dijiste que no le dabas tanta importancia a un beso.

—Me equivoqué —dijo, y enseguida se maldijo porque le estaba dando a entender que la había hecho sentir mal.

—Lamento que te sientas así —dijo Arturo de repente, interrumpiéndola y sorprendiéndola con su sonrisa serena—.

De verdad pensé que salir te vendría bien, y que te daría una excusa para descansar del taller.

Igual que hoy. Espera, espera, antes de que digas nada, claro que quería que vieras los marcos en representación de la firma Mellerio, salga o no el encargo; solo digo que, pese al talento que tienes, creo que no te he visto disfrutar ni un instante en el taller desde que llegaste a Madrid.

Ojalá te libraras un poco de tus preocupaciones, Ágata.

La joven no se esperaba el cambio de registro y tampoco el cambio de tema que siguió:

—Y hablando de preocupaciones, ¿os ha ocurrido algo al venir? Ofelia parecía alicaída.

Ágata dudó mucho, pero al ver su expectación, decidió contárselo midiendo muy bien sus palabras:

—Cuando… cuando Ofelia vino a buscarme, escuchó por accidente cómo Pascual y Antoine hablaban de ella. De lo que hacía antes de trabajar para ti.

Los ojos de Arturo tomaron la oscuridad de las obsidianas.

—Entiendo.

Ella lo agarró por la manga de la chaqueta. Aguardó hasta que él la encaró.

—Yo… Me siento culpable, porque me lo estaban contando a mí.

—¿Tú también te sumaste a opinar?

—Por supuesto que no. —Lo miró desconcertada por aquella inesperada negrura. Suavizó el tono—: Nadie tiene derecho a juzgar la vida de los demás.

—El mundo es mezquino, ¿eh? Y cada vez se pone peor —dijo él con una sonrisa triste.

—Bueno, siempre ha habido malicia.

—Pues ahora añádele egocentrismo, chapucería y falsedad —bufó Arturo de forma inesperada—. El otro día hablamos de la bisutería, pero ¿has oído de la producción en serie?

—¿Qué tiene eso que ver con la maldad del mundo?

—Todo. Cuando la gente invierte más tiempo en estimar un precio que en atesorar aquello por lo que paga, todo se relativiza. Los objetos dejan de tener valor y no cuesta aplicar esa lógica a las personas.

Ella no supo qué replicar. Arturo suspiró.

—Lo has visto con Ofelia, Ágata. En el momento en el que se ofrece algo valioso por un precio menor del que tiene, la gente termina por desmerecerlo. La libertad misma también es un bien que atesorar, y el más sencillo de devaluar.

Captando por fin lo que trataba de decirle y sintiendo su frustración porque la señora a la que tanto apreciaba tuviera que sufrir todavía por culpa de su pasado, Ágata le acarició el brazo.

—Siempre habrá quien atesore personal, bienes y valores con buen juicio.

—Serán pocos. Y para entonces el mundo lo habrá relativizado todo, hasta el valor de la vida. Quédate a mi lado y tal vez no salgas demasiado escaldada.

Se miraron en silencio.

—Por la desesperanza de sus palabras, quédese mejor usted conmigo, barón, y tal vez le demuestre que no todo está perdido.

La mirada de Arturo recuperó un poco de luz. De repente observó a su alrededor y se detuvo cuando la vio a lo lejos.

—¡Ofelia! Tome nota: mañana al mediodía ofreceremos un almuerzo ligero en el edificio de San Jerónimo. —Se giró de nuevo hacia Ágata—. Invitaremos al resto de los joyeros de la zona y pondremos a prueba cómo anda la decadencia de la humanidad.