Capítulo 18
Una semana después de la verbena, Ágata seguía preguntándose si aquella noche fue real.
Si llegó a bailar de verdad en la plaza Mayor, si llovió a mares, si besó a Arturo Bosco de Montesinos.
Si todo aquello fue un sueño, era de lo más realista, porque le dolían los pies y tenía un pellizco en llamas en el corazón.
A los pocos días, el barón se dejó caer por el taller Mellerio con total naturalidad para hablar con Antoine sobre un par de piezas encargadas por una vizcondesa de importancia.
Se comportó como siempre: saludó a la malagueña al llegar y, antes de marcharse, se despidió de ella y del resto de los empleados del taller con su encanto habitual.
Si Ágata dudaba de la veracidad de lo que pasó entre ambos fue precisamente porque no notó el menor cambio en la conducta de Arturo. Mientras que ella lo veía aparecer y sentía el rostro arder. Pero cuando recuperaba la compostura y lo buscaba con la mirada, él ya había abandonado el taller.
Una mañana que aguardaba las instrucciones de sus superiores en el rellano de la planta baja, Ágata se sobresaltó al ver que la puerta se abría ligeramente pero no entraba nadie.
Al bajar la cabeza se encontró con la gata Josefina y la tomó en brazos.
Sus restregones hicieron que la joven pusiese los ojos en blanco.
—A ti las buenas maneras y esas cosas te dan lo mismo, ¿a que sí? Desapareces sin decir nada y me tienes en un sinvivir. Me recuerdas demasiado a alguien.
Mientras la acariciaba, notó que Josefina llevaba algo atado al cuello. Sacó una nota, la desplegó y entonces corroboró que la gatita venía de estar con Arturo. Nunca había visto su letra, pero su estilo era inconfundible:
Mi querida Ofelia se pasará a recogerte. Diles a los hermanos Mellerio que solicito tu presencia como favor personal.
T U ETERNO SERVIDOR
Ágata parpadeó atónita. No entendía nada.
Le faltaba mucha información. Al poco aparecieron Antoine y Françoise Mellerio por la puerta que separaba la joyería del rellano, acompañados por los dependientes Pascual y Horacio y por el asistente Cosme.
Los cinco hombres se detuvieron al ver a Ágata con la gata en brazos y con la nota desplegada en la mano, así que ella no se demoró en transmitirles los deseos del Barón Tasador.
—¿No me digas que te tienen de recadero, Napoleón bonito? —preguntó François enternecido, e hizo ademán de acariciar la cabeza de Josefina, que se apartó ofendida.
—¿Quién se cree que es para requerir la presencia de nuestros joyeros cuando se le antoje? —protestó Antoine.
—De seguro que don Arturo tiene un buen motivo para solicitar la presencia de la señorita Guirado —medió François—. Tal vez para que haga de mediadora en algún negocio de interés.
—Qué casualidad que reclame a nuestra única joyera hembra —añadió sardónico Antoine.
—Monsieur Antoine tiene razón —intervino Pascual, y chasqueó la lengua mirando mal a Ágata—. Hasta ahora don Arturo siempre se ha bastado y sobrado para sus proyectos. Qué curioso que de repente reclame a la señorita Guirado en particular.
—Estos días, don Arturo está muy ocupado en el Palacio Real. El rey sigue con sus remodelaciones, y hay mucho trasiego de aristócratas con motivo del verano. Cuando unos se van, otros vienen; así es Madrid.
Ágata agradeció que François volviese a intervenir, porque Pascual podía ser verdaderamente hiriente con sus palabras. Sin embargo, le llamó más la atención lo primero que había dicho: ese movimiento de nobles en Madrid.
—Don Arturo se toma demasiadas libertades. Sirva de ejemplo mismo esa «señorona» suya, que encima va a venir aquí. ¿Dónde se ha visto tanta mujer ejerciendo por su cuenta?
—Doña Ofelia es la asistente y ama de llaves del señor barón —le corrigió la joven, que no estaba dispuesta a permitir que se hablase así de ella.
Pascual y Antoine soltaron una carcajada cáustica.
—Eso dice él, que no sabe ni cómo catalogarla —terció el francés malhumorado—. Quizá porque su oficio originario le impide asignarle un puesto con decoro.
Ágata puso los ojos como platos con el pálpito de que se le escapaba algo importante. Cosme se inclinó hacia ella.
—Dicen que don Arturo sacó a esa «señora» de la vida alegre, señorita Guirado —comentó el muchacho.
—Nada de «dicen», Cosme. Fue la madama del lupanar de Hortaleza —intervino Pascual—. Muchos señores de la edad de mi padre la recuerdan bien.
—Y algunos más jóvenes también —añadió Horacio sonrojándose.
Independientemente de si era verdad o no, Ágata no daba crédito a su falta de tacto, pues no dejaban de reírse.
—Si esa mujer no fuese tan mayor —comentó Antoine—, tendría muy claro por qué nuestro diamantista aristócrata la mantiene siempre a su vera.
—O no —rio Pascual—. A lo mejor ignoramos los gustos del Barón Tasador.
Harta ya del lamentable espectáculo y del silencio cómplice del resto de los supuestos caballeros, la joven decidió ir a buscar a Ofelia, así le ahorraría tener que acercarse a esos mentecatos.
Pero al abrir la puerta, se encontró cara a cara con ella. Un mutismo sepulcral se apoderó del rellano. La cara de la mujer daba a entender que había escuchado la conversación; sin embargo, sonrió afable a Ágata.
—Vengo a buscarla por petición de nuestro baroncito exasperante, señorita Guirado. Supongo que sus superiores y compañeros no tienen nada que objetar —dijo arqueando una ceja mientras repasaba a los presentes con la mirada.
Pascual apartó la vista, apurado, y todos se pusieron rojos como tomates.
La malagueña asumió que Ofelia era capaz de conseguir que cualquier hombre se ruborizara al verla.
En cualquier caso, no dudó en acompañarla a donde la llevara.
La mujer le informó de que se dirigían al museo que estaba al lado del Jardín Botánico.
Arturo quería enseñarle un par de obras que serían de interés para los Mellerio, y, por tanto, para ella también, como empleada suya.
Ágata quería preguntarle a Ofelia por qué Arturo la había escogido de entre todos los empleados del taller, pero mantuvo la boca cerrada y siguió dándole vueltas a la desafortunada conversación que había mantenido unos minutos antes con los operarios.
—Si se está preguntando si todo lo que le han contado sobre mí es verdad, le diré que sí —se adelantó la señora—.
Mi verdadero nombre es Eira Campbell, pero me lo cambié por Ofelia cuando llegué a este país porque resultaba más fácil de pronunciar para los españoles.
Durante un tiempo trabajé de cocinera, mi gran pasión y el oficio que desempeñaba en Escocia.
La paradoja era que casi pasaba hambre cuando me dedicaba a alimentar a otros.
Si a usted le está resultando duro asentarse en esta gran ciudad siendo joven y talentosa, con techo, comida y trabajo garantizados, imagínese si no tuviera nada de eso y no dominara el idioma.
El día que comprendí que me iría mejor viviendo de mi cuerpo que de mis guisos puse fin a mis penurias.
No se inquiete por mí, soy de las que piensan que no deberíamos avergonzarnos en absoluto de nuestro pasado si el presente nos honra.
—No tiene por qué darme ninguna explicación.
Ni a mí ni a nadie. No somos quiénes para hurgar en su intimidad y todavía menos para juzgarla —replicó Ágata con la vista al frente—.
Yo creo que todos somos siervos de nuestras circunstancias, y que cada uno sobrevivimos a la vida con la gracia y dignidad que podemos y, a veces, con las que queremos.
La joven volvió el rostro para mirar a los ojos de Ofelia. Los encontró llenos de gratitud.
—Ahora entiendo por qué está tan fascinado por usted. Los dos se toman la vida a su manera. —Le sonrió—. Aunque a usted no la vi crecer como a él.
—Así que conoce a Arturo desde niño.
—Su padre era cliente asiduo donde yo trabajaba y un día apareció él —le contó atenta a la reacción de Ágata.
Luego sonrió con nostalgia, como si estuviese viendo a Arturo de niño—.
Apenas tendría diez años, y me dijo que su única intención era enterarse de a qué se dedicaba el barón cuando se ausentaba por las noches.
Yo hacía ya bastantes años que me limitaba a regentar el negocio y había visto muchas cosas, pero ese niño me sorprendió por su resignación, por su capacidad para aceptar tanto los hábitos de su padre como las inclemencias de mi oficio.
Aunque le regañé y lo eché, no tardó en conquistarme con sus preguntas y atenciones.
—De modo que ya por entonces era así —asintió Ágata—. Despreocupado con la vida, preocupado por todo a su alrededor.
—Se ha dado cuenta usted. Sí, el baroncito se ha pasado la vida haciendo equilibrios entre la línea que separa lo moral y lo inmoral. Siempre he temido que cayera en el lado equivocado, desde aquella primera frase tan peculiar que me soltó.
—¿Qué le dijo?
—«Entiendo que mi padre venga aquí, pero un ángel como usted no debería estar en un infierno como este». —Ofelia sonrió conmovida—. Quince años después, ese mismo niño descarado me ofreció otra alternativa de vida.
Ágata no pudo evitar pensar en ese Arturo de diez años, ya dispuesto a ayudar a quien lo necesitara.
En pocos minutos dejaron atrás la plaza de las Cortes y llegaron a la fuente de Neptuno.
La amplitud y la belleza de toda esa zona le resultaba hipnótica; sin embargo, los andares enérgicos que se gastaba su guía de raíces escocesas dejaban claro que no estaban de paseo.
Tras cruzar la avenida, divisó el imponente edificio del Museo Nacional de Pintura y Escultura del Prado, mitad palacio, mitad templo romano.
Ágata se sintió afortunada de cruzar las columnas de la entrada para realizar una visita en calidad de experta, aunque ignorase qué iba a evaluar.
Ver al pasar las obras de Murillo, de Tintoretto o las Meninas de Velázquez la dejó extasiada; sentía que el corazón le iba a estallar ante tanta belleza.