La hija del joyero Capítulo 17 #3
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Capítulo 17 #3

Con una sonrisa maliciosa, el tasador se acercó al músico y le pidió prestado el instrumento.

Se lo colocó con tanta torpeza que ella comenzó a negar, pero después de trastear un poco las teclas y de comprimir y extender el fuelle a modo de prueba, Arturo procedió a hacer sonar el acordeón con una habilidad inusitada.

De hecho, interpretó una de las melodías que ella solía tararear en el taller.

Arturo levantó la vista para recrearse en su cara de asombro y le dedicó un guiño al tiempo que aceleraba la música.

Cerró con una escala descendente e hizo una reverencia hacia el público que se había congregado a su alrededor.

Tras devolverle el instrumento a su dueño, el Barón Tasador se situó delante de Ágata y la miró con una sonrisa triunfal.

—Serás… ¡Me has engañado! ¡Sabías tocarlo! —le espetó ella tratando sin éxito de mostrarse enfadada.

—No preguntaste.

Ágata abrió la boca para protestar, pero al final cambió de idea.

—Eres músico. Ese era tu interés artístico de niño, ¿verdad? —dijo Ágata—. De ahí el buen oído que tienes… Y siendo hijo de ricos nobles de Madrid, seguro que Guillermo Morphy fue tu tutor, ¿es posible? Por eso conoces desde pequeño al rey.

—El viejo Willy. Sí, él fue mi maestro en mi primera pasión, la música.

Coincidí con él y con Alfonso primero aquí en Madrid y, tras el estallido de la Revolución, en París.

Mi familia hubiese preferido que siguiera de militar, pero yo tenía otros planes.

Me hice tasador y no dejé de tocar; de hecho, el sonido es fundamental para mí.

Ágata lo miró encandilada. Aunque no más que Arturo a ella.

—Ahora me debes un beso.

—¿Q-quién ha dicho nada de eso? —Ágata parpadeó confusa.

—Has dicho que apostabas lo que yo quisiera, y yo quiero un beso tuyo: con tanto baile y tanta conversación personal no puedo pensar en otra cosa.

Ella se sonrojó, más por irritación que por pudor.

—¿Acaso te crees que era una justa medieval?

—Se parece mucho más a un cuento romántico. Llevo demasiado tiempo haciendo de rufián, querida, alguien tiene que devolverme el papel de príncipe.

Le guiñó un ojo y tiró de ella, con la intención de guiarla de nuevo al centro de la plaza.

Entonces comenzaron a caer gotas del cielo.

Primero suaves, luego más fuertes. Hasta que se convirtió en una torrencial tormenta de verano.

Corrieron a refugiarse en los soportales de la plaza Mayor con el resto de la gente.

Como apenas cabían, Arturo insistió en acompañarla al edificio de los Mellerio.

Se quitó el chaleco para cubrirlos a ambos y deshicieron el camino por el que habían llegado, a la carrera y esquivando charcos.

No dejaron de reírse hasta que llegaron al portal del número tres de la Carrera de San Jerónimo.

Allí, de pie, ella le apartó unos mechones húmedos del flequillo que se le habían escapado de la gorra.

Se miraron sonrientes. Los ojos de avellana de Arturo le alteraban las pulsaciones.

Ágata tenía claro que aquella había sido la mejor noche de su vida.

Siempre había pensado que no le gustaban las fiestas, pero acababa de comprender que hasta entonces no había encontrado a la persona adecuada con quien acudir.

Entre el gesto íntimo y el silencio, sus expresiones se suavizaron. Él abrió y cerró la boca varias veces.

—Me debes un beso, brillantito.

Ágata se ruborizó molesta.

—Siempre estás de broma, ¿y esto tienes que tomártelo en serio?

—Una apuesta es una apuesta.

La joven desvió la mirada. Arturo se rio porque había logrado lo que quería: volver a incomodarla y distender el ambiente.

—Vamos, no te hagas de rogar —insistió burlón.

La malagueña tenía razón: él era un canalla en muchos sentidos, pero jamás se le ocurriría propasarse ni violentarla pidiéndole algo tan íntimo.

Solo quería seguir disfrutando de su precioso sonrojo y que no concluyera todavía esa noche en su compañía.

Tras un instante, Arturo le ofreció la mejilla, como había sido su intención desde el principio.

Sin embargo, al volver el rostro no se percató de que Ágata había cerrado los ojos con fuerza, de modo que ella tampoco vio lo que él hacía.

—Si sigues haciéndome esperar, acabaré diciéndole a todo el mundo que Ágata Guirado no cumple sus promesas y que…

Arturo no pudo concluir su chanza. Justo cuando él volvía el rostro al frente, ella lo tomó con ambas manos y pegó sus labios contra los suyos.

Cuando Ágata abrió los ojos, con sus labios todavía rozando los de él, el Barón Tasador parpadeaba desconcertado, pero al instante la rodeó por la cintura y la atrajo hacia él para profundizar en ese beso inesperado que sabía a chocolate y a lluvia.

Cuando Ágata sintió la suavidad de su lengua, recordó dónde estaba y con quién y usó ambas manos para apartar a Arturo. Dadas las circunstancias, a él no le quedó más remedio que aceptarlo. Permanecieron un instante más mirándose a los ojos con la respiración alterada y los carrillos sonrosados.

—Un beso t-tampoco tiene mayor importancia. Y sigues siendo un rufián. B-buenas noches.

Antes de que Arturo pudiera decir o hacer nada más, Ágata entró por la puerta y se la cerró en las narices.