Capítulo 17 #2
Arturo siguió riendo y la animó con un gesto a acompañarlo bajo los soportales de piedra. Se sentaron en el bordillo de uno de los comercios que se encontraban cerrados a esas horas.
—Digamos que no me tomo nada tan en serio como los demás.
—¿Por qué?
—Por cómo me criaron. Tuve una infancia llena de restricciones, así que al final acabé por desentenderme de todo lo estipulado.
—Lamento oír eso.
—No lo hagas. Ya te digo que a ello debo mi buen humor.
Ágata asintió pensativa y dirigió la mirada al jaleo de la verbena. Él sonrió.
—¿No piensas preguntarme por mi familia?
—Parece que es un tema delicado.
—Me encantaría contártelo, querida Ágata. La historia tal vez te apene.
—Te escucho —dijo muy seria, consciente de que era su oportunidad para conocerlo más.
—Mi abuelo materno, Rodolfo Montesinos, nació en una familia de agricultores y se mudó a Madrid para alistarse en el Ejército.
Desde muy joven destacó por su inteligencia retorcida y por su ambición, gracias a las cuales hizo méritos desde lo más bajo hasta llegar a capitán.
Es lo único que admiro de él, porque luego está la historia de cómo amasó su fortuna…
—Arturo rio, pero había una nota de amargura en su risa—.
Se hizo muy amigo de su superior de mayor rango y se ganó su confianza.
El pobre iluso se fio de mi abuelo y accedió a que él y otro compañero le ayudasen a urdir un levantamiento militar contra el sistema absolutista monárquico de entonces.
Como consecuencia, a ese caballero, su superior, su amigo, lo fusilaron en las playas de San Andrés de Málaga junto a todo su pelotón.
Ágata se tapó la boca horrorizada.
—Sí, me estoy refiriendo al general José María de Torrijos y Uriarte.
De los sesenta sublevados que perecieron con él, el único que no estaba allí era mi abuelo.
El compañero que también se libró resultó ser en realidad el gobernador Vicente González Moreno, espía del rey y acólito del absolutismo.
Fernando VII le concedió a mi abuelo la baronía de Valdecarros y lo cubrió de oro como para comprar medio Madrid.
Pasó a ser Rodolfo «de» Montesinos, y se casó con una mujer sin título, pero con una nutrida fortuna y un corazón tan podrido como el suyo.
Si había alguien más aterrador que mi abuelo Rodolfo, esa era mi abuela Eulalia.
Ágata tragó saliva.
—Su única hija, Elvira, segunda baronesa de Valdecarros, estaba más interesada en las joyas y las compras que ejercer de madre o esposa.
A mi padre no le importaba siempre y cuando pudiera disfrutar de su dinero y de su título, y eso que también era militar y tenía una abultada fortuna personal.
Pero Braulio Bosco era asiduo a los casinos y a los lupanares, así que todo dinero era bienvenido.
—Lo siento mucho, Arturo.
—Insisto en que no lo sientas, Ágata —dijo él tomando su mano descubierta—.
Mi padre y mi abuelo trazaron las líneas generales de mi educación para convertirme en un hombre de provecho.
Según ellos, claro. Por suerte, tuve la oportunidad de cultivar otros intereses antes de que me metieran en el Ejército para que siguiera sus pasos.
La formación castrense me sirvió y destaqué bastante, incluso entablé algunas amistades importantes; sin embargo, yo me tenía por un tarugo y con solo diecisiete años sentía que el mundo se me venía encima.
De todos modos, en medio de aquel circo comprendí mi verdadera vocación: descubrir qué era honesto y qué no, qué era falso y qué no, qué estaba bien y qué no.
Me volví especialmente sensible a la mentira.
Decidí que jamás sería como los hombres que quisieron moldearme y que en la medida de lo posible evitaría que nadie fuera así.
Yo quiero hacer del mundo un lugar mejor.
—Así que eres una especie de justiciero idealista.
—Para mantener un estanque limpio hay que trabajar desde el fango —dijo sin confirmarlo ni desmentirlo.
Ágata se quedó pensativa. Le recordaba a la historia personal de Velasco. La diferencia era que Arturo estaba dispuesto a encarar su legado y deseaba cambiar las cosas. Lo observó con intensidad y el barón de Valdecarros tomó su mano desnuda de nuevo.
—Ahora ya sabes por qué no me tomo nada muy en serio ni juzgo las vidas de los demás hasta que me las cuentan los implicados.
De repente, la joven comprendió hacia dónde había conducido Arturo la conversación.
—De modo que por eso me has contado tu vida —dijo soltándose de su agarre despacio pero decidida—, porque quieres que te cuente la mía, pensando que escondo algo.
Por eso me vigilas con tanto interés desde que llegué a Madrid.
Seguro que encima estás convencido de que con ese oído tuyo tan fino sabes cuándo estoy mintiendo u ocultando lo que sea.
Arturo la observó con una seriedad que le puso a ella la piel de gallina, como si le estuviera confirmando sus aterradoras suposiciones.
—Sé perfectamente qué es lo que ocultas —dijo rotundo—. Y sí, Ágata, mi oído es capaz de eso y de mucho más, pero no me hace falta porque ya conozco los matices de tu voz. Cuándo dudas, cuándo mientes y cuándo temes. Por eso mismo me encantaría escuchar tu versión.
Ágata se preguntó horrorizada si Arturo, que se dedicaba a averiguar todos los tejemanejes de Madrid, sabría que tenía un objetivo concreto en la ciudad.
—Todo el mundillo de la joyería sabe que tu padre falleció en circunstancias trágicas —dijo Arturo poniendo fin al silencio— y se rumorea que hacia el final de sus días tuvo diferencias políticas con ciertas personas.
La malagueña suspiró y se deshizo de la angustia. Era un alivio, y también una decepción, para qué negarlo, que estuviera tan desencaminado. De repente se sorprendió cuando Arturo volvió a tomar su mano entre las suyas.
—Sabes que puedes contarme lo que quieras, ¿verdad? Yo puedo ayudarte, Ágata, más de lo que imaginas.
Le mantuvo la mirada con las mejillas arreboladas. Era demasiado pronto. Se moría de ganas de recurrir a él, y a lo mejor estaba siendo estúpida al no aprovechar esa oportunidad, pero algo le decía que no era el momento. Todavía era demasiado pronto para confiar en él.
—Quizá otro día, y en otro lugar. —Ella le apartó la mano otra vez con suavidad, pero en tono risueño—. Cuando se da un intercambio de confidencias o de caricias entre un hombre y una mujer, siempre es ella quien sale perjudicada.
Arturo se mordió el labio inferior y le apartó el cabello recogido con el pañuelo para acercarse a su oído.
—No sería el caso. Existen formas de intimar que no dejan huella ni tienen consecuencias para ninguna de las partes.
Ágata sintió que se le detenía la respiración y le ardían las mejillas.
—P-por cierto, ¿qué instrumento es ese? —preguntó la joven cambiando de tema.
—No sé. ¿Un acordeón, tal vez? El chotis se suele interpretar con organillo, pero esta noche cada cual hace lo que quiere.
—Qué bonito. Es como un piano pequeño y portátil con un fuelle. Debe de ser dificilísimo de tocar.
—No creo que sea para tanto.
Ágata se quedó boquiabierta ante su arrogancia.
—Te apuesto lo que quieras a que no serías capaz ni de hacerlo sonar.
—¿Lo que quiera? —repitió él alzando las cejas—. Es una oferta interesante, Ágata. Merece la pena intentarlo.