Capítulo 17
Arturo condujo a Ágata del brazo a través del bullicio de la Puerta del Sol hasta la calle Mayor, desde donde tomaron una callejuela que llevaba hasta la plaza del mismo nombre.
Entraron por uno de los enormes arcos de piedra y la joven malagueña sonrió encandilada.
La plaza en sí era bellísima, pero fueron el ambiente y los farolillos los que emocionaron a la joven.
Los aromas y ruidos se combinaban en una danza plácida y reconfortante; parecía que Madrid entero se había dejado de carreras y se había reunido con el único fin de disfrutar.
Cuando Ágata volvió en sí descubrió que el barón de Valdecarros se había quedado contemplándola embobado con una sonrisa, del mismo modo que ella había estado observando la plaza Mayor.
La joven le tiró del brazo para darle a entender que volvía a tener los pies en el presente y Arturo se lo tomó como una señal para acceder a la explanada.
Había decenas de puestos de comida y bebida, muchas mesas y sillas ocupadas por los despreocupados y entusiastas asistentes al evento.
Habían despejado las zonas centrales de la plaza para el baile, decenas de músicos amenizaban la verbena y la gente bailaba danzas populares, como el rigodón o la polonesa.
—¿Cuántos churros quieres?
Ágata lo miró extrañada.
—Por tu cara me parece que tendré que traerte muchos. ¿En serio nunca has comido churros?
Ella negó y él puso los ojos en blanco.
—Sabía que iba a descubrirte el mundo, querida, pero no que te regalaría una epifanía. Confío en que te guste el chocolate caliente.
—¿En vez de vino?
—Los churros se toman con chocolate, son una pareja indivisible, como tú y yo esta noche. Espérame aquí.
Ágata observó a Arturo dirigirse a uno de los puestos ambulantes.
En el camino mucha gente le salió al encuentro para saludarle, encantada de encontrárselo.
Todos parecían conocer al barón de Valdecarros.
Ágata detectó sonrisas, también muestras de respeto.
Un par de hombres le hablaron con prudencia; Arturo tomó a uno por el hombro para decirle algo, seguramente nada amistoso, pues ambos hombres se pusieron pálidos y se esfumaron raudos.
Luego saludó a otro caballero que la miró de repente con intensidad tras otro comentario de Arturo.
Ágata se preguntó si esos serían los amigos a los que había anunciado que acudiría acompañado de una preciosidad peleona.
Independientemente de su trato hacia ella, la joven joyera seguía sin terminar de fiarse del Barón Tasador.
Sabía que trataba con gente de toda ralea y que estaba metido en negocios de toda índole.
A esas alturas, Ágata todavía no había conseguido determinar por completo su verdadera naturaleza.
Entonces vio cómo lo rodeaba un grupo de cinco mujeres muy exuberantes que lo agasajaron sin vergüenza alguna.
Ágata apretó los dientes y, al instante, se llevó la mano al pecho.
Ella jamás había sentido la abrasión de los celos, ni siquiera con Velasco.
Nunca había conocido la quemazón que le estaba naciendo en las entrañas al ver cómo una de las mujeres, una belleza morena, sonreía a Arturo poniéndole ojitos.
Se dijo que su presencia allí ya había cumplido su propósito y se giró decidida a marcharse, pero la atajó la imponente presencia del barón.
—Pero bueno —se quejó Arturo entre risas, con las manos ocupadas—, me despisto un momento y ya querías huir de mí.
—Ya has lucido a tu «preciosidad peleona», se te veía con ganas de hacer otros méritos.
Arturo puso los ojos como platos.
—Ágata Guirado —ronroneó con una sonrisa satisfecha—, ¿es posible que estés celosa?
Ella volvió a mirarlo mientras sentía que el rubor le llegaba hasta las orejas.
—Únicamente me preguntaba por qué tanta insistencia para que te acompañase cuando a la vista está que tienes opciones mejores y más entregadas que yo.
Arturo se recreó un segundo en su reacción.
—Cálmate. Solo estaba saludando, en serio —le dijo conciliador mientras le tendía uno de los vasos de chocolate y le indicaba una mesa con la mano libre—. Te aseguro que no pienso volver a despegarme de ti en toda la noche, mujer.
—Te ahorraré el esfuerzo, porque me voy ahora mismo.
—Eh, eh, eh. Al menos, prueba los churros —le dijo Arturo, que ya había tomado asiento y le señalaba la silla de al lado.
Mientras Ágata se sentaba, Arturo abrió el paquete y le enseñó su contenido.
La joven miró con curiosidad los pedazos de masa alargada y frita y, como sabía que no la dejaría en paz hasta que cediese, aceptó reticente el que él le ofrecía y le dio un mordisco pequeño.
Su expresión de deleite hizo reír a Arturo.
—No hay malestar que no se vaya con unos buenos churros con chocolate.
Ella se negaba a darle la razón, pero nunca había probado algo tan crujiente y, al mismo tiempo, esponjoso.
—Para aguantarte a ti quizá haga falta algo más —le gruñó.
Sus ojos anaranjados tomaron un tono oscuro que la llevó a lamentarse de sus palabras. Sobre todo cuando él se pasó la lengua por el labio inferior.
—Eso se arregla con un buen baile —dijo Arturo.
Se comió los churros en un par de bocados, se puso en pie y se sacudió las manos para ofrecérselas a Ágata. Ella se levantó, pero no aceptó la invitación; de hecho, retrocedió.
—Vamos, Ágata, no huyas. Ven, ven. ¡Ni que te estuviera pidiendo una habanera!
Arturo se echó a reír, pero cuando vio que ella bajaba la vista y sus carrillos se encendían de pudor, cambió la expresión.
—No sé bailar, Arturo. Nunca tuve ocasión de aprender —le confesó ella, y desvió la mirada a las parejas que bailaban.
Arturo intuyó que esa confesión quería decir que nadie la había sacado nunca a bailar.
—Tienes suerte —la empujó hacia delante por la parte más baja de la espalda—, porque aparte de mis muchos talentos, soy el mejor profesor de baile de todo Madrid.
—Pero… espera, ¡espera! No… Ni siquiera sé qué baile es, y parece difícil.
—Es la mazurca, ¿nunca la habías visto?
Ella negó mientras él la conducía al centro de la plaza.
La joven temblaba aterrorizada: la mazurca parecía una versión movida y saltarina del vals.
Mientras el resto de las parejas giraban al son de los violines y las violas, él la tomó de la cintura con la mano derecha animándola a apoyar la izquierda sobre su codo y corrigió su diestra tomándola por encima en lugar de por abajo.
Su cara de espanto por temor a fallar en lo más básico le dio una idea al barón.
—Empezaremos por un truco —dijo aupándola para apoyar sus pies sobre los de él.
—¡No seas bruto! Te lastimaré.
—¿Con esos zapatos diminutos? Además, pesas lo mismo que una pluma, aunque vales muchos quilates.
Ella lo miró a los ojos y se dejó llevar, entregada a los giros y al vaivén precioso de pies.
Acabó desviando el rostro a un lado, tratando de ocultar una sonrisa de intensa felicidad.
En cuanto captó el patrón, descendió de los pies de Arturo para probar.
No tardaron en rodearse las respectivas cinturas y girar entre saltos y sonrisas.
Arturo le miraba las manos enfundadas mientras las estrechaba en las suyas.
Ágata no podía creerlo: estaba bailando en plena plaza Mayor de Madrid.
Entonces cambió la música e intervino un instrumento que la joven malagueña nunca había escuchado.
—Dime que vamos a sentarnos —le rogó acobardada.
—¿Tampoco conoces este baile? —Arturo se rio—. Es todavía más sencillo. En Centroeuropa se conoce por schottisch , aunque aquí todo el mundo lo llama «chotis».
—Por favor, déjalo estar. Estoy viendo que soy yo la que debe llevarte a ti. ¿En qué clase de baile es la mujer quien conduce al hombre?
—Ágata, Ágata, relájate. Ven.
La joven no tardó en imitar a sus vecinas.
Al final, el chotis requería más actitud que destreza.
Una señora se animó a cantar. Su voz era un gorgorito digno de un ruiseñor y la letra, igual de preciosa, hablaba de Madrid, la ciudad donde se podía encontrar inesperadamente el amor.
Ágata se sonrojó y pensó que era la danza más coqueta que había visto.
Sonrió mientras Arturo tomaba la pose orgullosa propia de ese baile castizo.
Enseguida él volvió a llevarla, con unos pasos elegantes que la dejaron perdida en sus ojos y en la expresión embelesada que él también le devolvía.
—Ya ve que nunca es tarde para aprender algo nuevo, señorita Guirado.
—Es una cuestión de orgullo. No lo entenderías.
—Desde luego que no.
Cuando la melodía concluyó, Arturo la hizo girar para apretarla de espaldas contra su cuerpo y continuó rodeándola un rato más, haciendo que el pulso se le disparara. Él aprovechó su distracción para intentar quitarle el guante derecho.
—E-espera. No. No lo hagas —Ágata lo frenó.
—¿Por qué? —Él mantuvo su actitud delicada, acariciándole la mejilla con el aliento—. Te he visto las manos desnudas muchas veces.
—Entonces ya sabes por qué. —La joven separó la espalda de su pecho y se giró para encararlo—. El trabajo en el taller me ha destrozado las uñas y los dedos.
—Como a todos los artesanos. No deberías avergonzarte.
Arturo volvió a tomar el extremo del guante, pidiéndole permiso.
Ella lo miró a los ojos y asintió. Sabía que el barón tenía razón: ese pudor no tenía sentido.
Se estremeció mientras él retiraba con delicadeza la prenda.
Apartó el rostro, pero observó de soslayo cómo Arturo analizaba cada callo y cicatriz de sus yemas y se le cortó la respiración cuando le dio un suave beso en la palma.
Jamás se le había acelerado tanto el corazón como cuando vio el brillo oscuro y hambriento de los ojos de Arturo. Entonces, él rio y rompió la magia.
—Me cuidaré de no enfadarte. Esta mano podría lijarme el rostro de un guantazo.
—¿Te lo tomas todo a chanza? —espetó ella retirando la mano con ademán de darle un tortazo.