La hija del joyero Capítulo 16
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Capítulo 16

La joven malagueña continuaba dejándose la piel para que sus compañeros del taller la respetaran, pero cuando François Mellerio le anunció que había convencido a su hermano Antoine para permitirle trabajar en algunas soldaduras y engarzados, Ágata se angustió.

Temía que la rabia que la había acompañado día y noche desde que su padre falleció le estuviera corroyendo el alma y que pudiese corromper cualquier metal que cayera en sus manos.

No había vuelto a realizar ninguna pieza de joyería suya desde que terminó los proyectos de su padre.

No había trazado ni un mísero boceto. Las horas de descanso en el saloncito del edificio de los Mellerio las dedicaba a la lectura.

Su cuaderno de dibujo llevaba en blanco más de medio año.

Sentía la inspiración como un miembro fantasma amputado por la desgracia.

Ágata jamás había sido insegura, pero desde el instante en que los dos hermanos franceses le dieron la oportunidad de demostrar su potencial, no dejaba de preguntarse si estaría a la altura.

La plantilla del taller Mellerio trabajaba de forma metódica y rutinaria, y ella siempre había sido más impulsiva y creativa, como su padre, como una brasa en constante movimiento, aunque hubiese olvidado cómo prenderse.

Para colmo, temía que le llamaran la atención por sus anárquicos métodos de trabajo.

Pero llegó el día de dar el paso. No le pasaron desapercibidas las miradas ceñudas y desconfiadas de los veteranos Ernesto y Urbano mientras trabajaba en un alfiler de rubíes, obra de François, que él mismo le había pedido que rematara.

Incluso Cosme el asistente se permitía escrutar su trabajo cuando se levantaba a por alguna herramienta, y hasta tuvo el descaro de comentar lo atrevido que era el estilo de trabajo de los malagueños.

La filigrana cordobesa era puro orgullo andaluz, la joven no podía culparlos por sorprenderse de cómo la aplicaba ella.

Ágata resistió a duras penas la tentación de salir corriendo a la calle para tomar el aire.

Sin embargo, durante los breves paseos que daba por las calles colindantes al taller sentía que se había metido en una ciudad demasiado intensa en todos los sentidos.

La vida en Madrid era acelerada, te engullía el océano humano.

Solo había un hombre que parecía ir a su propio ritmo.

Aunque trataba de mantener las distancias, tal como había decidido, Ágata observaba desde su mesa a Arturo cada vez que este iba al taller.

Lo veía fumando su pipa tan tranquilo mientras escuchaba los reproches de Antoine.

Era el sosiego personificado. Y lo envidiaba.

Se preguntaba si la riqueza era lo que le daba esa libertad y confianza en sí mismo.

Ágata había conocido a muchos nobles y gente de posibles a lo largo de su vida y no eran necesariamente felices.

Esa tarde, tras depositar el alfiler bien abrillantado en la mesa principal del despacho de los Mellerio, decidió salir a airearse antes de terminar la jornada.

A pesar del calor, se encontró con algunos chiquillos jugando en la acera de la joyería.

Justo entonces, uno de los niños tropezó y Ágata, sin pensar, lo atrapó al vuelo antes de que diera contra el suelo.

El niño se asustó y lloró un instante, pero las palabras de ánimo y las caricias de la joyera lo tranquilizaron de inmediato.

Cuando la joven lo mandó a jugar, el niño la abrazó feliz antes de despedirse, dejándola algo abrumada por la inesperada muestra de afecto.

—Menudo instinto de protección.

Ágata se giró sobresaltada y se llevó la mano al pecho. Arturo estaba apoyado contra el quicio del portón, observándola resguardado del sol de la tarde.

—Digo que menudo instinto de protección tiene usted.

—Solo con quienes son frágiles y lo necesitan —dijo ella al fin.

—Parece que se le dan genial los niños. Seguro que era el alma de los juegos.

—Para nada. Yo de pequeña era una ermitaña.

Ágata sorteó a Arturo con intención de regresar al taller y la gata Josefina, que se había refugiado en el frescor del descansillo, se apresuró a seguirla. El barón fue tras ellas.

—Entonces fue una niña interesante a la altura de su versión adulta. Me habría pasado el día entero tirándole del pelo solo para que me mirara.

—Qué romántico.

—Desesperado, más bien.

Ágata lamentó al instante las palabras que había empleado, aunque fueran en broma, y por haber propiciado las de él.

Entró al taller. Ya quedaban pocos trabajadores y estaba casi en penumbra porque habían cerrado porticones y cortinas para poner coto al calor.

Ignoró a Arturo, que se había agachado para hacer mimos a la gata, y se dirigió a su mesa decidida a seguir trabajando.

—O sea que ya era una joyera aplicada mientras el resto de los niños correteaban y reían por la calle, ¿eh? La vida no es solo trabajar, Ágata.

La joven bajó la cabeza y se concentró en los botones en los que tenía previsto seguir trabajando.

Arturo, sigiloso, tomó asiento a su lado, estudiando cada uno de sus gestos.

Observó cómo la joyera manejaba la cuchilla con la destreza de un cirujano, igual que el cierre de los hilos.

El fuego del soplete parecía una extensión de sus dedos.

El barón contemplaba sus giros de muñeca embelesado por su dominio de la llama.

—¿Eres real?

Le sorprendió la pregunta y el tono encandilado con que se la hizo. Arturo siempre conseguía pillarla desprevenida.

—¿Qué tontería dice usted ahora?

—Oh, por supuesto —recuperó Arturo su expresión socarrona habitual—, olvidaba que es mi trabajo. No es cuestión de preguntar, sino de comprobar. A ver, a ver…

Tomó la mano derecha de Ágata y tiró de ella mientras sacaba una de sus ganzúas de tasación para empezar a tantearle el antebrazo por varios puntos en dirección al hombro.

Luego acercó la oreja, como si estuviera escuchando el sonido que hacía su piel.

Ágata no pudo contener más la risa y terminó tuteándolo igual.

—¡Para! ¡¿Qué haces?!

—Mmm, sí —continuó Arturo fingiendo que escuchaba su antebrazo y su muñeca—, parece que estas manos que todo lo pueden son auténticas. Y…

—¡Oye!

El Barón Tasador dio un paso atrás para mirarla con descaro de arriba abajo sin soltar su muñeca.

—Sí, también parece real esa preciosa figura femenina. Sin faltas.

—Ba-basta ya, Arturo.

Ágata se desprendió de su mano y se abrazó a sí misma. Él se acercó a apenas un palmo.

—Y diría que esa mirada… —el barón sonrió aún más— esconde un pensamiento tan inteligente como sospechaba. Mi veredicto es claro: una criatura perfecta.

Ágata se sonrojó y le dio un manotazo. Se quedaron mirándose a los ojos y entonces se acordó de nuevo de las advertencias de sus compañeros sobre la reputación de Arturo. Él notó el cambio en la expresión de ella.

—¿Qué haces esta noche? —preguntó Arturo algo más formal y de nuevo a una distancia prudencial.

—Trabajar.

—Me refería a además de trabajar. Como mañana es la Paloma, hoy hay verbena en la plaza Mayor. Todavía no has ido a ninguna, ¿verdad? Te encantará. Todo el mundo llegará con ganas después de tanto tiempo de luto.

Por la muerte de la reina Mercedes, sí. Ágata lo tenía presente. Para los madrileños, un mes había sido suficiente para honrar la memoria de la joven consorte; seguramente el rey no lo vería igual. Ágata lo tenía claro, pues ignoraba cuánto duraría su propio luto familiar.

Arturo la trajo de vuelta a la realidad al darle un ligero toque en la frente.

—Así te pagaré el favor que te debo.

La pilló desprevenida otra vez. No le gustó del todo que la invitación naciera de un favor pendiente, uno que además ella quería cobrarse para otro asunto.

—No me agradan las verbenas —respondió seca.

—¿A quién no le agradan las verbenas?

—A mí.

Arturo se dio media vuelta resuelto.

—Pasaré a recogerte a las ocho —le dijo ya de espaldas.

—He dicho que no.

Pero él ya se había ido.

Pasadas las siete y media, Ágata seguía trabajando en el taller.

La verbena era sin duda todo un acontecimiento: la mayoría de los empleados habían pedido permiso para terminar antes sus labores y acudir.

Hasta los Mellerio se habían tomado la tarde libre y habían animado a don Bartolomé a salir.

A solas en el taller, la joven perdió la noción del tiempo entregada al laborioso trabajo de los botones y olvidó por completo lo que había dicho el barón de Valdecarros de ir a recogerla.

Por eso, cuando Arturo apareció a las ocho en punto vestido de chulapo, Ágata se quedó boquiabierta.

Él no disimuló el placer que le había provocado sorprenderla.

—No irás a desperdiciar esta planta tan gallarda que me he procurado expresamente para ti.

Siempre estaba atractivo, pero ese día estaba arrebatador.

Esa tarde había oído a sus compañeros que se estaba poniendo de moda entre los madrileños los trajes de chulapos como resistencia a las tendencias francesas.

Arturo se había afeitado y se había calado una parpusa, esa gorra gris tan característica de la capital, que hacía juego con el chaleco y los pantalones negros alares, y remataba el conjunto un pañuelo safo al cuello y un clavel rojo en el pecho.

Llevaba otro que le ofreció a ella con una sonrisa deslumbrante.

—Ya te he dicho que no me gustan las verbenas, Arturo.

—Necesitas divertirte un poco, brillantito.

—¿Qué me acabas de llamar? —preguntó ella incrédula.

—Brillantito —repitió él con una sonrisa melosa. Era como si hubiera acariciado la palabra con la lengua—. Se llama «brillante» a los diamantes de cincuenta y ocho caras, los más trabajados, bonitos y relucientes. Incluso los diminutos. Como tú.

—Sé lo que es un brillante. ¿Cómo que soy un brillante?

—Yo mismo te he tasado —dijo guiñándole un ojo—. Aunque no descarto que seas una variedad de diamante insólita, tan hermosa como afilada.

—Nadie me había comparado con una piedra preciosa.

—Quizá ni tus señores padres imaginaron el tesoro que habían engendrado.

La joven rechazó el clavel.

—No vas a persuadirme para que te acompañe.

—Y yo que estaba convencido de que te estaba ablandando…

Ágata se recolocó la lupa de joyero en el ojo derecho y bajó la cabeza.

—Te ruego que te vayas por donde has venido. Si estás preocupado por mis ratos de esparcimiento, puedes quedarte tranquilo; en cuanto termine aquí, me iré a leer un libro.

Arturo se puso en jarras.

—De acuerdo —dijo serio.

Sin añadir nada más, tomó a Ágata de la cintura y se la cargó al hombro para sacarla del taller. Ella estaba tan perpleja que, por un instante, se quedó sin palabras, pero en cuanto vio que comenzaba a descender las escaleras con intención de salir a la calle con ella así, reaccionó.

—¡¡Arturo!! —gritó mientras pataleaba inútilmente—. ¡Bájame, por todos los santos!

—Ni por todos los santos ni por todos los truhanes de todo Madrid. De hecho, ya he presumido ante mis amigos y conocidos de que iría acompañado de una preciosidad peleona, así que o vienes por tu propio pie o te llevo en brazos.

—¡¿Qué ha pasado con eso de que «hay que desistir cuando una mujer te dice que la dejes tranquila»?! —exclamó golpeándole en la espalda con ambas manos, a pesar de que sabía que no podría con ese muro de ladrillo—. ¡Arturo, o me bajas ahora mismo o no volveré a hablarte en la vida!

Ahogó otro chillido cuando él obedeció. Ágata pensó en abofetearle, pero Arturo se libró dedicándole su sonrisa más encantadora.

—Solo un rato, Ágata. Insisto tanto porque sé que te hará feliz asistir.

—Ay, Señor… Estás hecho un majarón de los peligrosos, ¿eh?

—¿Así llamáis en Málaga a los hombres majos e irresistibles como yo?

Ella resopló ofuscada.

—Deja que me adecente por lo menos —le dijo enseñándole las manos llenas de tizne.

Veinte minutos después, Ágata descendió ataviada de chulapa.

Se enamoró del vestido de chiné nada más verlo en el escaparate de una tienda de la calle de la Montera y, cuando se lo probó, no pudo evitar el impulso de comprárselo, como si simbolizara la pertenencia a Madrid; aunque no sabía cuándo tendría ocasión de ponérselo.

Había rematado el conjunto con un mantón negro, a juego con sus guantes de encaje, y un pañuelo blanco anudado bajo la barbilla.

Arturo tragó saliva mientras seguía con la mirada las curvas de su cintura y cómo le realzaba el escote. Cuando Ágata llegó hasta él, bajó la vista preocupada.

—¿Qué? ¿No me lo he puesto bien?

Arturo, que seguía estupefacto, carraspeó y se adelantó hacia Ágata.

—Solo te falta un detalle. ¿Me permites?

Ella asintió y él le colocó el clavel en lo alto de la frente. Luego le ofreció el brazo y, esa vez, Ágata se dejó llevar por él rezando para que no tuviera que arrepentirse.