Capítulo 15 #4
—Para los diamantes hay otros métodos, por supuesto.
Introducirlo en un vaso de agua, por ejemplo: el diamante conservará su brillo de arcoíris, mientras que una gema transparente falsa se confundirá con el líquido, por no hablar de que tardará más en hundirse.
Por otro lado, también está el método del rayado, aunque es el sistema menos aconsejable para los diamantes y para cualquier piedra preciosa.
—Arturo arqueó una ceja, animándola a explicarse—: El rayado se basa en la comparación de durezas.
La más dura es el diamante y la más blanda, el talco, en una clasificación de hasta diez tipos de minerales.
Si se quisiera comprobar la naturaleza de uno de ellos, bastaría intentar arañarlo con uno más duro o más blando.
El primero rayará, el otro no. Supone un riesgo que ni los joyeros más diestros están dispuestos a asumir, porque se podría estropear una piedra hermosa solo por confundirla con otra de mayor valor.
—Puedo enseñarle otro método más efectivo y menos peligroso que el rayado, que además está estrechamente relacionado —dijo Arturo, y tomó una de las ganzúas, para acercar la punta brillante a la gema—. El sonido.
Para sorpresa de Ágata, Arturo se llevó la gema y la herramienta al oído.
Cerró los ojos y movió la mano de la ganzúa con un golpe seco.
Ella estuvo a punto de interrumpirlo, al darse cuenta de que el brillo de la punta era de boro diamantino.
Creyó que Arturo iba a arañar la gema para identificarla.
Pero no fue eso lo que hizo. Apenas le dio un ligero toque.
Ágata arrugó el ceño y él se encontró con su cara de desconcierto al abrir los ojos.
—No es necesario arañar la gema. Basta con escuchar el sonido que la potencial piedra preciosa devuelve al recibir un impacto. Aunque, claro, requiere tener muy buen oído. Y tenía usted razón, he golpeado esta piedra con corindón y es más blanda. Así que, efectivamente, es un topacio.
Ágata despegó los labios. Al momento los cerró. Cuando entendió lo que Arturo había hecho en realidad, frunció los labios.
—Será fanfarrón. Solo quería presumir de su modo de tasar.
—O reconciliarla con mi oficio, según se mire.
Arturo se encogió de hombros, aunque terminó riéndose. No se esforzó en ocultar que lo había hecho para poder lucirse ante ella.
—Tampoco creo estar revelándole nada del otro mundo a una joyera con su extraordinaria capacidad. ¿O acaso no se había fijado? —Movió el maletín con delicadeza para que las piedrecitas chocaran entre sí—. ¿No es precioso el ruido que hacen?
—¿A usted también le gusta?
Ágata se sorprendió de su propia reacción. Se emocionó. Carraspeó y se removió en su asiento al tiempo que notaba el rostro arder. Nunca le había contado a nadie, ni siquiera a su padre, lo mucho que adoraba el sonido que las gemas hacían al chocar entre sí.
Él le dedicó una mirada más atenta que de costumbre. Tomó aire por la nariz, como si se debatiera consigo mismo, y cogió otra piedra para enseñársela.
—Todo o nada —anunció sereno—. Si acierta esta vez, usted gana.
—¿Nos estábamos apostando algo?
—Ahora sí. ¿Qué tal un favor?
Ella asintió con la cabeza y él hurgó en la caja. Acarició varias piedras hasta que se decantó por una y la levantó.
—Es un zafiro —dijo Ágata convencida—. Ha dudado con esa otra pintada para confundirme, que, por cierto, es un cuarzo con fondo marino. Pero al final ha elegido una gema de gran calidad.
Él la observó largo rato con una expresión indescifrable y a continuación tomó su monóculo, acariciándole un poco la mejilla con los nudillos, y lo colocó en su lugar, sobre su recogido. Ágata sintió que le faltaba el aliento.
—Le debo un favor, señorita Guirado. Aunque bien podría inclinarme ante usted.
La joven balbuceó. Un pensamiento surgió entonces con fuerza en su cabeza. El anillo. De repente, un maullido la distrajo.
—¿Qué haces tú aquí? —preguntó Ágata al ver a Napoleón enroscándose en las piernas de Arturo.
—Viene y va por mis edificios como quiere, ¿verdad, Josefina?
—¿«Josefina»? —Ágata parpadeó confusa—. Se llama Napoleón.
—Si fuera un gato macho sería más que evidente mirándolo por detrás, señorita Guirado —explicó haciéndola sonrojar—. Cuando escuché cómo la llamaban los Mellerio le puse un nombre acorde con su personalidad de emperatriz, ¿a que sí, bonita?
—Así que, además de buen oído, tiene usted mano con los gatos.
Ágata pensó que lo del oído era muchísimo más insólito. Su padre siempre le había dicho que el sentido predilecto y esencial de los tasadores era la vista.
—Querría llevármela a mi casa —explicó Arturo tomando en brazos a la felina—, pero me preocupa que sea demasiado para los perros.
—Así que también tiene perros —se asombró Ágata.
—Sí, son amorosos, pero algo orgullosos. No superarían que Josefina los rechazase.
Viendo cómo ronroneaba Josefina, Ágata pensó que ninguna hembra era inmune a los encantos de Arturo.
Ella, la primera. Porque Arturo le gustaba.
Le había gustado desde que lo conoció, y le gustaba más después de haber compartido con él ese rato tan especial.
Ni todos los intereses o las advertencias del mundo podían cambiar esa realidad.
Era la primera vez que le pasaba. Se le cruzó el rostro de Velasco y no tuvo duda de que la atracción que creyó sentir por su compañero había sido muy distinta.
De lo que tampoco tuvo duda era de que no podía haber sucedido en un momento peor.
Miró a Arturo mientras acariciaba a Josefina con el corazón en un puño y recordó el deseo de su padre de que encontrara a una persona por la que mereciera la pena descansar del taller y su firme determinación de que eso no sucediera jamás.
Ágata se prometió que solo se relacionaría con Arturo en su faceta de tasador.
No importaba que fuese el primero en tratarla como a una mujer o el primero en alabarla como a una igual.
Decidió que aprovecharía el innegable interés que tenía en ella, fuese cual fuese su naturaleza, para preguntarle por el anillo.
A fin de cuentas, Arturo le debía un favor.