La hija del joyero Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

—No pensaba hacerlo —replicó Ágata—, yo ayudaba a mi padre con las cuentas del taller desde los diez años, aunque lo encontraba engorroso. Admiro a las personas que tienen habilidad para las matemáticas.

Lázaro la observó atentamente y se volvió hacia su jefe muy serio.

—Me gusta su nueva amiga, barón.

—Porque es inteligente y mayor que tú, que nos conocemos.

—Apuesto lo que quiera a que usted ya la tiene hartísima de sus zalamerías.

Ágata no recordaba haberse reído tanto desde hacía tiempo. Arturo negó con la cabeza y la animó a continuar con la ruta de enseñarle toda aquella planta.

—¿Es familiar suyo? —le preguntó la joven con discreción.

—Lo dice por el derroche de encanto, ¿no?

Ágata lo amonestó y le pidió más información con sus ojos negros.

—Su nombre es José Lázaro Galdiano. Es navarro, de una familia de mucho nivel.

Su padre quiere obligarlo a seguir los pasos de su tío en la banca aquí, en Madrid, pero a él lo que le fascina es la tasación y la compraventa de joyas y obras de arte.

Medié para que le permitieran venir a trabajar conmigo.

Ahí donde lo ve, es un genio. Si se me escapa algún detalle de cualquier objeto de valor, Lázaro me lo dirá.

—Hubiese jurado que a usted no se le escapaba ningún detalle.

—Por eso he dicho «si» —matizó divertido—. Además, lo más interesante de Lázaro no es que tenga tanto don con lo falso, sino que es extraordinario para detectar la más alta calidad. O aquello que es absolutamente único. Quizá por eso se ha quedado embobado al verla.

Ágata volvió a mirar a Lázaro de lejos. Su padre le decía que la parte del cuerpo empleada para valorar una joya era una seña distintiva.

Los joyeros medían con los dedos; el tasador, con el ojo, y el ladrón mordía, como los carroñeros.

Cuando Ágata vio a Lázaro morder una moneda que estaba revisando, se rio, pensando que no era tan raro que también hubiese pillos entre los ricos.

—Su entorno de trabajo es… curioso, en general. No sabría decir si es cierto lo que dicen de usted —murmuró la joven.

—Ardo en deseos de saber cuál es el rumor concreto que la tiene tan preocupada. ¿Tal vez temiera poner en tela de juicio su virtud al haber acompañado al cuestionable barón de Valdecarros a su hogar sin carabina?

Ágata dio un respingo y lo fulminó con la mirada muy molesta y con los carrillos ardiendo.

—Menudo chasco se habrá llevado. Ya ve que su virtud está más a salvo aquí conmigo que en un convento de clausura.

—¿No se le ha ocurrido que sea precisamente esa actitud descarada suya lo que contribuye a mantener su fama cuestionable?

—Se me ha ocurrido, sí, no lo niego ni lo rechazo. Me conviene que se hable mucho de mí, incluso en los peores términos.

Ella frunció el ceño, no encontraría un momento mejor para sacar el tema.

—Cuentan que no solo se relaciona con gente variopinta, sino que le han visto en… lugares de baja estofa. Peleando.

Arturo ladeó la cabeza sin perder la sonrisa y Ágata se preguntó si debería haber sido más explícita.

—¿No ha escuchado eso de que hay que tener amigos hasta en el infierno?

Pues yo lo cumplo al pie de la letra —dijo al final, mostrándole la blancura de su dentadura—.

Respecto a lo de mi afición al boxing … Muchos caballeros de bien lo practican ahora como deporte, y ninguna dama se ha quejado del resultado estético.

—I-insisto en que yo me refería más bien a las compañías de sus hábitos. Y en el plano profesional.

—Sigo sin ver dónde está el problema.

—¿Qué me dice de la falsificación? Es evidente que se mueve entre ladrones, rateros y falsificadores. Por eso reconoció el símbolo del hombre que quiso asaltarme la mañana que llegué, ¿no?

A Arturo le faltó aplaudir.

—Por supuesto, porque parte de mi trabajo es detectar las falsificaciones y las ventas ilegítimas, Ágata.

Por eso es tan crucial que me mueva por los bajos fondos, independientemente de mi categoría social.

No todos los nobles están dispuestos a hacerlo, yo sí.

Siento decepcionarla también en esto, pero resulta que estoy comprometido con lo justo, más respondiendo como respondo ante la corona.

A Ágata le vinieron a la mente los corsarios. Ellos respondían ante la corona y seguían siendo piratas. Se preguntó si el rey de España aprobaba que su tasador llevase semejante estilo de vida. Si lo sabía siquiera.

—No parece disgustado por tener que realizar tal sacrificio.

—Yo no he dicho que lo sea. Me divierte moverme entre todo tipo de personas, aprendo lo que voy buscando y a veces mucho más. ¿Ha oído hablar de la bisutería?

Ágata puso los ojos en blanco ofendida.

—Claro. Consiste en fabricar joyas con materiales más baratos que los habituales —dijo ella—. O con piedras sin valor. A veces, incluso se emplea vidrio. No es ilegal.

—Lo es si lo cobras a precio de piedra preciosa. Y hay verdaderos artistas del engaño por ahí.

Ella calló. Sabía que el mundo era un lugar complejo y enrevesado con muchas opciones para sobrevivir o enriquecerse.

—¿Le apetecería batirse en duelo conmigo antes de regresar a su taller, señorita Guirado? —preguntó Arturo con una mirada desafiante.

—¿Cómo dice? —replicó parpadeando confusa.

—Me quedé intrigado con su supuesta habilidad para reconocer piedras preciosas. Me encantaría que nos enfrentásemos. Dijo usted que aceptaría el reto.

Ágata arqueó una ceja y se puso en jarras.

—¿Por eso me ha traído a un lugar privado, para evitar que lo humille?

—O al revés —respondió él, para luego soltar una carcajada—. Quizá estoy siendo considerado con usted al no exponerla públicamente para dejarla en evidencia.

—Soy capaz de reconocer cualquier gema, caballero. En público o en privado.

—Veámoslo pues.

Tras un instante mirándose a los ojos, Arturo se dirigió a un mueble de madera oscura con escenas cortesanas y abrió uno de los cajones más grandes.

Extrajo un maletín que apoyó sobre la mesa más cercana.

Le ofreció asiento a Ágata al tiempo que él tomaba otro justo enfrente.

Abrió la valija que estaba entre ambos y aparecieron un montón de piedras preciosas, de todos los tipos y formas.

La malagueña se quedó estupefacta, no podía apartar la vista de semejante espectáculo.

—Es usted muy osado guardando este tesoro aquí sin ningún tipo de precaución.

—Le aseguro que no hay precaución más grande que el hecho de que me pertenezca: nadie en esta ciudad se atrevería a robarme, aunque estas maravillas solo están de paso.

Ágata dedujo que Arturo hizo esa aclaración al ver su cara de espanto.

Prefería pensar que lo había expresado mal y sencillamente era un hombre más respetado que temido.

Decidió olvidarlo y centrarse en el reto.

Por deformación profesional, se colocó su lupa de joyera sobre el ojo derecho y empezó a analizar las gemas con soltura. Arturo sonrió y tomó una.

—Jaspe negro —dijo ella sin dudar.

—Muy bien —respondió él al tiempo que elegía otra.

—Jade de China.

—Sorprendente.

Entonces le enseñó otra y Ágata dudó por primera vez en su vida.

Había visto una gema como esa, pero no le cuadraba el color borgoña con el fondo vítreo ligeramente lavanda.

Frunció el ceño. Miró a Arturo a los ojos y descubrió que él parecía muy satisfecho por haberla desconcertado.

Eso la enrabietó, y alzó el mentón con dignidad.

—Es un rubí balaj.

Arturo se recreó en el silencio. Sin dejar de mirarla y con una sonrisa en los labios, le dio la vuelta a la piedra y le enseñó la parte trasera, que era opaca.

—Esta belleza es un simple vidrio… con un fondo pintado.

Ágata se estremeció sin dar crédito.

—Es un método de falsificación que se está poniendo muy de moda. Mi trabajo también consiste en identificarlas.

Le enseñó varios casos similares, cada cual más sorprendente que el anterior. Ágata recordó que había llegado a deducir aquel método hacía mucho. Con Velasco.

—Quiero seguir jugando —le dijo a Arturo asertiva.

—Ya ha visto que puedo engañarla.

—Por eso mismo. Me agrada que lo intente, pero no volverá a pasar.

Ágata notó que se le aceleraba el pulso de la emoción. Le recordaba al juego que compartía con su padre. La expresión socarrona de Arturo mutó a admiración. Al bajar la vista a las piedras frunció el ceño. Luego alzó una gema parduzca tallada en cabujón redondeado.

—Esta no la tenía registrada. Se ha debido de colar.

—Es un topacio.

—¿Seguro? Últimamente se ve a menudo este tipo de talla en los rubíes y las esmeraldas.

—No es corindón ni berilo. Es un topacio quemado.

—¿Le importa si lo corroboro o se sentirá ofendida?

Ella chasqueó la lengua, pero sacudió la mano dando a entender que consentía.

Sin dejar de mirarla a los ojos, Arturo tiró de la cadenita de su chaleco que estaba ligada a la ristra de ganzúas que tanto le había llamado la atención. Diez ganzúas exactamente.

—Dígame, señorita Guirado, ¿qué sistemas conoce para determinar la autenticidad de una piedra preciosa? —le preguntó Arturo mientras iba pasando de una en una con sus enormes dedos.

—El método más básico es el peso —respondió ella sin titubear—.

Bastará con una balanza de media precisión bien calibrada y comparar con lo que sea oportuno.

Pero, por supuesto, eso no siempre se tiene a mano, sobre todo si se tasa fuera del taller.

Así que la observación al detalle bajo lupa es el sistema más habitual para apreciar las características de la piedra, como, por ejemplo, el brillo de los diamantes.

Arturo se cruzó de brazos con la barbilla baja, expectante. Ágata no se amilanó: