Capítulo 15 #2
Se entretuvo presenciando los intercambios del Barón Tasador con los joyeros y tenderos y constató que no era la única mujer a la que Arturo llamaba la atención.
Durante el breve paseo, Ágata vio cómo lo saludaban y lo miraban tanto jovencitas como señoras maduras.
Tenía claro que era una atención distinta a la que había recibido Velasco.
Su amigo era tan guapo y refinado de rostro que todas las damas suspiraban por él.
Se giraban cuando pasaba de largo, como si no pudieran creer que existiese un hombre tan apuesto.
En cambio Arturo, con su estatura y complexión, incluso podía asustar al principio, pero los rostros de las desconocidas se suavizaban cuando veían su sonrisa o su derroche de encanto.
Sus conocidos y amistades destilaban aprecio al cruzárselo, tanto que Ágata se planteó la veracidad de su dudosa reputación.
—Veo que se trata con personas de toda condición —dejó caer ella.
—Arrendo negocios de todo tipo, sí. En este barrio y en otros, pero mis artesanos favoritos son los joyeros.
—¿Por su oficio como tasador? —se interesó Ágata.
—Sí y no. —Arturo aprovechó que se cruzaron con un caballero en una acera estrecha para aproximarse más a ella—.
El joyero tiene algo especial, domina prácticamente todos los elementos y materiales.
Desde el metal hasta la piedra, el fuego, el agua; e incluso la madera, la cera y otros materiales orgánicos, solo para hacer moldes. Es lo más parecido a un alquimista.
—Así que me considera usted una especie de hechicera —bromeó Ágata.
—Eso lo pensé antes de saber a qué se dedicaba —le sonrió el barón con picardía.
Ella puso los ojos en blanco. Por fortuna para la salud de su corazón, estaba empezando a acostumbrarse a sus piropos. Cuando llegaron a la altura del negocio de los Mellerio, Ágata creyó que había concluido el recorrido, pero Arturo le señaló la puerta número cuatro de la Carrera de San Jerónimo.
—Ahora que me ha enseñado como mono de feria a todos los joyeros de la zona, ¿va a mostrarme algo que sea digno de ver para mí?
Él rio y ambos se miraron a los ojos largo rato. La luz del mediodía les daba de soslayo y los iris de Arturo se veían de un dorado luminoso, con pequeñas motitas marrones y rojizas. La joven carraspeó y se fijó en el dintel del portón principal del bloque.
—¿Cómo es que la puerta principal de este negocio de joyería carece de rótulo?
—¿Por qué da por sentado que es una joyería?
—Porque don Antoine dijo que yo pegaba más instalada con los excéntricos del número cuatro.
—Sí que estaba atenta usted.
Ágata se ruborizó un poco por delatarse y restó importancia con la mano.
—¿Va a explicármelo o no?
—Cómo no. La primera razón es que esta no es la puerta principal, al menos no la de uso frecuente.
Ágata lo siguió con curiosidad por la calle perpendicular a la Carrera de San Jerónimo, llamada de la Victoria, hasta la otra puerta del edificio, que también carecía de rótulo.
—La segunda razón es que este «negocio» es algo particular —se apresuró a explicar Arturo—. Este inmueble sirve como espacio de trabajo para diversos oficios, relacionados con la joyería, pero no necesariamente. Yo mismo lo encuentro muy buena oficina.
—¿Usted trabaja aquí?
—A veces. Mi casa se encuentra a las afueras de la ciudad, y cuento con unas dependencias en el Palacio Real por si el rey me solicita.
Cuando debo tratar varios asuntos por esta zona, no me viene nada mal contar con un despacho, para el papeleo y esas cosas.
He pasado más de una noche bajo este techo y también más de una tarde para echar alguna siesta que otra, para qué negarlo.
El edificio contaba con un entresuelo y tres plantas, como el de los Mellerio.
Nada más cruzar el umbral de la puerta se encontró con un descansillo de techo bajo de lo más coqueto, con unas escaleras ascendentes de madera, con barandillas a ambos lados, que permitían acceder al entresuelo.
A Ágata le dio la impresión de estar entrando a una casita de muñecas.
Al llegar a aquella primera planta, descubrió que la disposición de todo el edificio distaba mucho del que ella habitaba en esos momentos.
Mientras que los franceses habían dispuesto la planta completamente diáfana para el taller, esa contaba con algunos muros y columnas de hierro fundido para separar las secciones.
Ágata identificó modestos talleres de joyero y mesas y estanterías de trabajo.
—Entonces usa este lugar como despacho para usted y sus empleados.
—Algunos sí trabajan directamente para mí. La mayoría van por su cuenta.
—Y han… ¿han salido?
—Pues…
—¿Para qué iban a estar aquí si su superior se digna a pisarlo solo cuando se le antoja? —les respondió una voz femenina con un sutil acento inglés.
Se trataba de una mujer madura, su cabello recogido, en otro tiempo pelirrojo, ya era casi gris.
Las arrugas no ocultaban que poseía una belleza extraordinaria de rasgos refinados, pecas y enormes ojos color miel.
Su vestido de encaje oscuro dejaba ver una figura alta y todavía voluptuosa.
Aun con su intimidante ceño fruncido, la joven joyera pensó que era puro ámbar.
La mujer sacó un habano de la falda y se lo encendió con gracia.
Ágata nunca había visto a una mujer fumarse un puro.
—¿No estará molesta todavía? —le preguntó Arturo con un puchero, al tiempo que se dirigió hacia ella con los brazos en alto.
La señora los apartó de un manotazo.
—No uses tu cara de cordero degollado conmigo, niño. —Soltó el espeso humo entre los dientes—. Yo inventé ese truco mucho antes de que tú nacieras. La próxima vez que estés más de una semana sin dar señales de vida, juro que seré yo quien te haga desaparecer del mapa.
Ágata tragó saliva. Su acompañante no se amedrentó; lejos de cohibirse, se rio aún más.
—¡Venga, Ofelia! Ya le pedí perdón, ¿o no? Con caja de bombones, le recuerdo. Además, ¿qué haría usted sin mí?
—Vivir tranquila, por ejemplo. Los bombones no van a compensar todo el trabajo que se me acumuló porque a ti se te fue otra vez el santo al cielo.
—¿Seguro que no? No la oí quejarse cuando se comió la caja entera del tirón. ¿Buenísimos, a que sí?
—¿Vas a seguir dándole a la sin hueso con tonterías o me vas a presentar a esta pobre señorita que ha tenido la desgracia de dejarse liar por ti?
Arturo le guiñó un ojo y se tomó la libertad de empujar a Ágata hacia delante, por la zona baja de la espalda. La muchacha prefirió no pensar mucho en ello y centrarse en la mujer que seguía haciendo aros de humo.
—Esta preciosa señorita es Ágata Guirado, hija de un maestro orfebre malagueño de renombre.
Ha venido a la capital para trabajar en el taller Mellerio como joyera —dijo Arturo serio—.
Señorita Guirado, le presento a la vieja Ofelia, mi asistente y el ama de llaves de mis inmuebles.
Es escocesa de nacimiento, pero ya vivía aquí cuando Madrid se fundó, calculo.
—Tú sigue bromeando con mi edad, niño. Seré mayor, pero ni vieja ni abuela. Que no tenga que repetírtelo. Espero que usted tampoco me trate como anciana jamás.
—Cl-claro que no, señora… Digo, doña… Eh, ¿Ofelia?
Ella sonrió por primera vez con sus labios perfilados y el puro a un lado.
Ágata nunca había visto a una empleada hablar así a un superior, como si importase más la jerarquía de edad que cualquier otra circunstancia.
La joven tuvo la prudencia de no hacer preguntas sobre cómo se había forjado su relación y se interesó por lo que sí podía averiguar.
—¿Qué es eso de que ejerce como «ama de llaves» de sus inmuebles?
—Que este oficio acabará por enterrarme antes de lo previsto, muchacha, eso es lo que significa.
Arturo se carcajeó y respondió a la pregunta de Ágata:
—Ya le he comentado que tengo una residencia a las afueras y otros edificios arrendados. Ofelia se encarga de gestionarlos cuando no estoy.
—Que suele ser con demasiada frecuencia —volvió a resoplar ella—. Estoy llena de energía, pero no tanta como para seguirte el ritmo sin que me avises siquiera, niño.
—Usted sabe que sí, Ofelia. —Le dio un apretón en el hombro.
—¿Trabajaba aquí el señor Mayo? —preguntó Ágata impelida por la curiosidad.
—Sí que fisgoneó bastante, ¿eh?
—Me llamó la atención que los hermanos Mellerio no hubiesen tenido ocasión de ver a un joyero supuestamente tan reconocido —dijo ella encogiéndose de hombros.
—Muchos joyeros jóvenes que vienen a la corte no cuentan aún con su propio negocio; van y vienen desde sus hogares de toda España y varios me han pedido un espacio mientras se ganan el reconocimiento del rey, aunque muchos de ellos trabajen más en el palacio que en ningún otro sitio.
—Don Alfonso debe de ser de lo más singular.
—Ya lo era de niño.
—¿Acaso coincidió con él por entonces? —preguntó Ágata.
Ofelia también miró a Arturo en silencio intrigada por lo que este le respondía a la joyera malagueña.
—Compartimos formación en algunos momentos. —El Barón Tasador se encogió de hombros—. Ahora tenemos trato sobre todo por las joyas.
Ágata quiso saber más, pero Arturo la condujo hacia una estancia algo más amplia con un enorme buró en el que estaba sentado un joven muy concentrado en los documentos que tenía entre las manos.
La estampa le resultó desconcertante. No debía de superar los dieciséis años, pero por sus ropas parecía todo un aristócrata.
—Y este que ve aquí es Lázaro, mi contable.
—Así que ha sobrevivido a la reprimenda de Ofelia —dijo el muchacho con un marcado acento del norte sin alzar la cabeza. Cuando vio a Ágata, su actitud se suavizó un poco—. Lo suyo es fastidiar a las damas que tienen la santa paciencia de soportarle.
—Su personal le dedica un trato interesante, señor barón —comentó Ágata con sorna.
—No irá a decirme que soy demasiado joven para ejercer como contable —protestó Lázaro.