Capítulo 15
Durante las siguientes dos semanas, el particular barón volvió a visitarla cada vez que iba a la tienda de los Mellerio por asuntos de negocios.
Sin embargo, todavía no había tenido ocasión de verlo en acción, en tanto que tasaba las joyas y las piedras preciosas en el despacho de los hermanos Mellerio, a donde ella no tenía acceso.
Ágata se dio cuenta de que se presentaba a primera o a última hora de los turnos, cuando solía estar sola, pues era la primera en llegar y la última en marcharse en su afán de ganarse el respeto de sus compañeros y superiores.
Arturo lo aprovechaba para rondarla con cierta privacidad.
Ese día en particular, el barón de Valdecarros vestía incluso más informal que de costumbre, con una sencilla camisa y un chaleco berenjena, sin chaqueta.
Se había quedado observándola desde el quicio de la puerta.
Ella le saludó cortante, sin levantar la cabeza de su mesa y sin quitarse su lupa de joyera del ojo derecho, mientras la de su padre refulgía en su recogido.
Por alguna razón, esa mañana su escrutinio le resultó más cargante. Casi una ofensa.
—¿Un tasador de su categoría no tiene cosas más interesantes que hacer que supervisar lo que hace una simple joyera? —suspiró Ágata alzando el colgante de oro al que estaba dando un acabado mate con lana de acero.
Arturo se rio y entró en la estancia.
—He estado en muchos lugares de España y del extranjero, ¿sabe?, y por eso puedo decir con propiedad que usted, señorita Guirado, es lo más interesante que he visto nunca. Por fuera y por dentro. ¿Qué es usted exactamente? ¿Una mujer pulcra y sobria o visceral y creativa? No logro decidirme.
Ágata tomó aire y se giró para encararlo, incluso devolvió su lupa de joyero al recogido, lamentando haber vuelto a llamar su atención para que estudiara sus manos lastimadas.
Ella, por su parte, no pudo ignorar cómo se le marcaron los anchos hombros por debajo de la camisa cuando se cruzó de brazos.
—Así que lleva tan mal que la ignoren como que la agasajen en exceso —se burló Arturo al percatarse de su rubor.
Se había dado cuenta de que la excluían.
—Hagan lo que hagan, los caballeros tienden a poner distancia con las mujeres.
Yo lo único a lo que aspiro es a trabajar en paz, aunque admito que es más productivo que me ignoren.
No me fío de los caballeros aduladores y mucho menos de los que son conscientes de su atractivo: piensan que la correspondencia es la única respuesta posible a sus atenciones.
Mientras que yo creo que es más difícil que algo bonito por fuera lo sea también por dentro.
Arturo la había escuchado todo el tiempo con tanto interés como perplejidad. Ágata se maldijo por revelar sus pensamientos, lamentando que se hubiera dado por aludido.
—¿Cree el ladrón que todos son de su condición?
—¿Perdón?
—Ya decía yo que era usted un poco retorcida. —Arturo apoyó la cadera en su mesa sin abandonar su postura desenfadada—. Según su teoría, resulta que no puede evitarlo porque también es bellísima.
Ágata estalló en sonrojo. Él le había devuelto la reflexión de la forma más enrevesada y ella no sabía ni cómo reaccionar.
—Lo que decía, es usted un adulador.
Arturo sonrió triunfal. Entonces llegaron al taller un par de trabajadores. Era la hora de comienzo de la jornada. Al poco se les fueron sumando otros más; entre ellos, Ernesto y Cosme. Ágata devolvió su atención al colgante dorado y Arturo sacó su pipa y procedió a encenderla.
—Tampoco me gustan los barones engreídos y charlatanes que no paran de fumar.
Él se carcajeó con la pipa entre los dientes.
—Barón soy, y engreído y charlatán más, si acaso puedo evitar fumar cuando esté usted delante —dijo sacándose la pipa de la boca.
—Eso sería contraproducente en una convivencia.
—¿Me está pidiendo en matrimonio? No sé si estoy preparado para dar ese paso tan pronto, señorita Guirado, deberíamos conocernos primero un poco más.
—Es usted insufrible.
Arturo pareció compadecerse de ella y se alejó por fin.
Ágata no estaba segura de si su marcha la alivió más que la mortificó.
El Barón Tasador era un hombre divertido.
No estaba acostumbrada a tratar a nadie con su elocuencia e ingenio.
Cuando vio que algunos trabajadores la seguían observando, entre ellos el joven Cosme, recordó sus advertencias y optó por seguir ignorándolos y volcarse en sus tareas.
Al salir del taller para el descanso del almuerzo, Ágata descendió por las escaleras y escuchó voces procedentes del despacho de los hermanos Mellerio.
Seguían reunidos con Arturo. Ágata no era una persona entrometida y su intención era pasar de largo, pero tuvo el pálpito de que hablaban de ella y no pudo evitar detenerse en la puerta entornada.
Reconoció enseguida la voz grave de Arturo.
—Usted sabe que no está siendo justo con la señorita Guirado, monsieur Antoine.
—No se meta, barón —protestó el joyero—. Si la malagueña no fuese hembra, de seguro no estaría usted defendiéndola.
—Es usted quien la trataría de otra manera si no fuera una mujer. Mi trabajo es precisamente valorar el buen hacer, y ella es excelente en lo suyo. Tienen mucha suerte de tenerla en su taller.
Ágata se estremeció. Puesto que estaba advertida de su fama dudosa, pensaba que Arturo era pura zalamería gratuita, pero en ese momento volvió a tener muy presente la amabilidad que le había demostrado cuando llegó a Madrid.
Hasta entonces ningún caballero había apreciado tanto su talento ni lo había defendido ante nadie.
La joven se miró los pies lamentando haber sido tan arisca con él, y sintió las mejillas arder.
—Vivimos en la época de las renovaciones —oyó decir a Arturo—. Alfonso disfruta de descubrir nuevos talentos en el arte de la joyería.
—No me haga hablar —gruñó Antoine—. Usted y todos sus locos apadrinados de la acera de enfrente son precisamente los que han hecho que se vea menguada la reputación del sello Mellerio ante su majestad.
—Hermano, en todas las disciplinas artísticas han llegado nuevas generaciones para suceder a las viejas. A eso se le llama progreso.
—A eso yo lo llamo dar que hacer. Como las ocurrencias de tu malagueña estrafalaria, François. En realidad, la señorita Guirado pega más instalada con los osados de Ansorena y compañía. O con los excéntricos del número cuatro.
—Ahora que lo dice, el acabado que ella da a las piezas se asemeja bastante al estilo de Mayo —intervino Arturo.
—¿El señor Mayo?
Ágata no sabía de quién estaban hablando.
Nunca había oído ese nombre. En cambio, sí había escuchado hablar de Celestino de Ansorena.
Se decía que, aunque era solo un poco más joven que los hermanos Mellerio, había competido con ellos por los favores de Isabel II y que, a diferencia de los Mellerio, estaba aprovechando la subida al trono de Alfonso XII para reinventarse.
—Por desgracia, el señor Mayo sigue en París, si no, le podría consultar —apuntó Arturo.
—Siempre está ausente —dijo Antoine.
—Ni siquiera hemos tenido el gusto de conocerlo todavía —se lamentó François.
—Porque la familia real se encuentra ahora allí también y lo reclaman incluso más que a mí, que ya es decir.
—Entonces es cierto que se están planteando nombrarlo Real Guardajoyas de su majestad —dedujo François.
—Yo escuché que iba a serlo un sevillano experto en joyas recomendado por el duque de Montpensier —le llevó la contraria Antoine.
—Los dos están en lo cierto, señores míos —medió Arturo—. El candidato de máxima confianza del suegro de Alfonso y Mayo, que es la apuesta del duque de Sesto, se están disputando el nombramiento. Ya veremos quién seduce antes a nuestro rey.
Ágata pensó que los duques volvían a enfrentarse por el favor de Alfonso XII, aunque no fuera por una cuestión política.
Desconocía las funciones de un Real Guardajoyas, pero intuyó que no habría responsabilidad más grande para un diamantista.
Después de un breve silencio, la joven se sobresaltó cuando se abrió la puerta de improviso.
Arturo la miró sorprendido. Al momento cerró la puerta y le dedicó una de sus sonrisas sagaces, restregándole que la había pillado escuchando.
—Señorita Guirado, ya que tanto le gusta fisgonear, ¿qué tal si le presento a los otros trabajadores del barrio?
Aquella era una oferta que Ágata no podía rechazar.
Con el consentimiento de los Mellerio y aprovechando el descanso del mediodía, la joven se marchó con Arturo para visitar las joyerías colindantes.
Tuvo ocasión de saludar a Celestino de Ansorena y a su equipo, cuyo negocio estaba ubicado enfrente de los Mellerio.
Fueron cordiales y agradables con ella, más que el equipo de su propio taller.
Ágata había podido comprobar que a los hombres les agradaba la compañía femenina, pero solo como algo puntual.
Ningún hombre parecía sentirse cómodo cuando su presencia se prolongaba en exceso.
También se preguntó si el buen trato que le estaban dando se debería a que Arturo la presentaba como una joyera más, lo cual era de lo más insólito.
Al escuchar las palabras entusiastas que el barón le dedicaba, en lugar de mostrarse contrariados, los caballeros la miraban con curiosidad.
Algunos le dieron el pésame por el fallecimiento de su padre, pues les habían llegado las noticias del trágico final de Aurelio Guirado.
Arturo hacía cuanto podía por cambiar de tema al verla incómoda.
Ella se limitó a permanecer callada, pues prefería que de entrada no la vieran como una mujer fuera de lo común.