Capítulo 14 #3
—Yo cambiaría el «una» por «la» —intervino Ernesto—. Y lo de «insólito» también es quedarse corto. Bueno ha de ser cuando todos los joyeros y nobles lo solicitan.
—Su sistema sí que es insólito —opinó Urbano—. Y hermoso de ver.
—Pero, bueno, a lo mejor su talento ya no es tan insuperable, don Arturo —dijo François.
—¿No acaba de decir que soy quien más sabe de piedras preciosas de todo Madrid? —replicó con chulería el barón.
—Hasta ahora, sin duda. Sin embargo, es posible que le haya salido una dura competidora llegada de tierras del sur —respondió François mirando a Ágata, lo cual hizo que el resto de los trabajadores del taller lo imitasen.
Arturo arqueó una ceja.
—Quizá alguno de ustedes lo haya escuchado ya, que mi buen amigo Aurelio instruyó a su hija en el conocimiento profundo de las gemas, lo que derivó en anécdotas muy simpáticas.
La señorita Guirado hizo una demostración tan notoria de su talento ante una aristócrata de renombre, que el suceso se propagó entre toda la clase alta de Andalucía.
En cualquier caso, yo mismo he sido testigo de sus proezas en el taller Guirado.
Estoy convencido de que podría calibrar diamantes hasta desde la distancia.
—Eso sí que es una exageración —bufó Antoine.
Ágata supuso que François lo contó para convencer a sus empleados de que habían hecho bien en contratarla, pero la avergonzó que expusiera sus habilidades en público casi tanto como la enorme sonrisa con la que la miraba el barón de Valdecarros.
—No me diga. Quizá algún día podríamos batirnos en duelo, señorita Guirado.
Ella le mantuvo la mirada, primero abrumada y al final desafiante.
—Cuando usted quiera, señor barón.
François zanjó la conversación del mismo modo abrupto que la había comenzado e instó a Arturo a ocuparse de los asuntos de trabajo que tenían entre manos.
Poco después de que los Mellerio y Arturo abandonaran el taller, le sorprendió que Cosme se acercara a ella. El asistente bajó la voz:
—Tenga usted cuidado con el Barón Tasador, señorita Guirado —susurró el asistente—. Tiene fama cuestionable.
—Visto lo visto, había dado por sentado que el sentimiento imperante hacia él era de admiración.
Cosme titubeó, como si no supiera qué contestar a eso, mientras que a Ágata le costaba creer que se pudiese desconfiar de alguien admirable. La risa cáustica de Ernesto les dio a entender que su conversación no estaba siendo privada.
—Lo que pasa es que sabe tratar con gente de todos los estratos —apuntó Urbano.
—Eso le viene de cuna —dijo Ernesto—. Su abuelo se hizo rico de forma deshonesta. Hay muchos rumores al respecto, ninguno bueno.
Ágata miró a los tres con curiosidad.
—A su señor abuelo no llegué a conocerlo, pero a los padres sí, y eran unos perlas —comentó Urbano a pesar de que parecía el más cordial—.
El padre era un hombre adinerado de muy mal carácter, y ella, la hija del primer barón, era una dama muy bella y caprichosa que hacía temblar a todo el que se le acercaba.
—Lo mismo da la reputación de los que ya no están, amigo mío. Abuelos y padres murieron hace tiempo ya, lo que importa es el actual barón —le cortó Ernesto.
—¡Dicen que hace tratos con traficantes y falsificadores! —comentó Cosme.
—Incluso participa en peleas —afirmó Ernesto.
—¿Don Arturo de camorrista? —preguntó extrañado el joven asistente—. Eso lo desconocía.
—¿Es que no te has fijado en su complexión? Eso no es obra de Nuestro Señor; si acaso, de la mala vida. Yo mismo lo he visto salir de un antro de Fuencarral al que acude gente de la peor calaña. Camorristas con todas sus letras, sí, y trileros.
—¡Entonces es verdad! —exclamó Cosme con los ojos muy abiertos.
—Claro que es verdad, muchacho —prosiguió Ernesto, mirando a Cosme—. A la gente honrada la vigila de día y a los infames los controla de noche. Dicen que pocos maleantes se atreven siquiera a respirar en Madrid si el barón de Valdecarros no da antes su consentimiento.
—Ya ve, señorita Guirado —dijo el joven ayudante—. Esa galantería es pura fachada. Aunque lo sabemos, nosotros lo respetamos porque es muy talentoso. Además, procuramos llevarnos bien con él por la cuenta que nos trae. No querríamos tenerlo de enemigo, pero tampoco de amigo.
—No hay que sacar las cosas de quicio —apuntó Urbano, quien sin duda era el que más admiraba al aludido—.
Aunque es innegable que es un bribón con todo el mundo, y la prueba más clara es el tipo de mujeres a las que suele encandilar.
—La miró a ella entonces—. No quise decir que usted fuese el caso. Usted me entiende.
La joyera malagueña se dio cuenta de que se había convertido en el centro de atención del resto de los empleados del taller. Incómoda, asintió dando a entender que había captado el mensaje. Granjearse una reputación era lo último que necesitaba.
Ágata ya no tenía duda de que el barón podría ayudarla a obtener la información que necesitaba, pero había riesgos innegables. Debía observarlo un poco más antes de aventurarse.
«Mejor ser cauta con el Barón Tasador», se repitió.