Capítulo 14 #2
Algunos empleados levantaron la cabeza de su mesa y arquearon las cejas tratando de decidir si era un comentario serio o sarcástico. Ella frunció los labios y dejó de mirarle para volver su atención a la esclava que estaba abrillantando.
—Buenos días tenga usted —lo saludó escueta y algo incómoda al notar que la examinaba detenidamente.
Arturo miraba intrigado las manos desnudas de la joven, que agradeció que la tizne le cubriera los callos con la misma eficacia que sus guantes de encaje.
Ágata quiso decirle algo, pero ni siquiera le dio tiempo a despegar los labios, pues el caballero tomó la silla más cercana y la colocó del revés junto a su mesa para poder sentarse a su lado.
Cosme parpadeó desconcertado y ella se esforzó en no mirarle.
—¿Hoy no hay cinismo para mí? —le susurró Arturo con los brazos cruzados sobre el respaldo de la silla y con su robusta presencia invadiendo por completo su espacio personal. La postura no casaba en absoluto con su estatus noble.
—No, eh… ¿Excelencia?
Él primero abrió mucho los ojos y luego estalló en una sonora carcajada que a ella le provocó un colorado en las mejillas digno de los tomates.
—Así que se ha enterado de mi baronía. Vaya, no pensé que fuera usted de las que se cohibían por un título.
—Y-y no es así. Pero… Bueno, por respeto a su familia, yo…
Él resopló. La miró con intensidad largo rato y acabó por suavizar la expresión mientras se acomodaba un poco más hacia delante sobre el respaldo del asiento.
—El trato de «excelentísimo señor» es solo para duques y grandes de España —le explicó—; el resto, como los marqueses y condes, reciben el reconocimiento de «ilustrísimo señor», pero para las baronías y señoríos, que pertenecemos al estrato más bajo de la aristocracia, como mucho se usa «señor» o «su señoría».
Pero, entre usted y yo, a mí esas distinciones me producen urticaria.
Están hechas para inflar los egos, ¿no le parece?
—Suele pasar con el protocolo.
—Yo detesto el protocolo, y a usted tampoco le agrada demasiado, ¿verdad? Llámeme Arturo sin más. Igual que a mí me encantaría llamarla a usted por su nombre.
—¿Acaso no ha podido averiguarlo? —respondió ella recuperando el tono de cuando se conocieron.
—Ágata Guirado —respondió él y, en un gesto desenfadado, se estiró para desabrocharse la chaqueta y jugueteó con las cadenas que colgaban de su chaleco—. Qué encantador su señor padre, dándole a su hija el nombre de la gema que hace de tránsito entre las piedras preciosas y las duras.
Ágata se quedó sin palabras. Efectivamente, las ágatas eran los primeros minerales ornamentales que no se consideraban piedras preciosas, aunque se usaban bastante en joyería por su singularidad y sus propiedades místicas.
«Tu madre y yo queríamos que te convirtieras en una mujer sencilla cuyo potencial solo ella misma pudiese condicionar», le explicó su padre alguna vez en relación con su nombre.
Arturo volvió a reír, sorprendido por el mutismo que le había provocado.
—Aunque esta versión tímida suya me agrada, reconozco que me gusta más la arisca. Así tiene más mérito hacerla sonreír.
Ella se ruborizó fastidiada. Quiso devolverle alguna réplica cortante, pero no se le ocurría nada, así que agradeció la llegada de François y Antoine Mellerio al taller.
—Don Arturo, no le esperábamos hoy. Nos ha avisado don Bartolomé de su visita.
—Quería saludar a su plantilla y luego charlar con ustedes.
—Ya vemos, ya —repuso Antoine mirando a Ágata.
La joven se encogió en su taburete.
—Supongo entonces que ha venido para valorar los broches que recibimos del ducado de Alba —dijo François.
Sin querer, picada por la curiosidad, Ágata volvió la vista hacia Arturo.
—Será un placer —dijo el barón poniéndose en pie—.
Espero que no le esté importunando mi mediación, monsieur Antoine, don Jacobo me pidió expresamente que supervisara la restauración de los engarces y la sustitución de los zafiros, ya sabe usted que doña Paca fue mujer recelosa con sus pertenencias y que mi buen amigo guarda con escrupuloso afecto las joyas de las que su esposa hizo alarde en vida.
La joyera malagueña se quedó boquiabierta al comprender que hablaban de Jacobo Fitz-James Stuart y Ventimiglia, el duque de Alba, y de su consorte fallecida hacía casi dos décadas, doña María Francisca Palafox Portocarrero y Kirkpatrick, la hermana mayor de la emperatriz Eugenia de Montijo.
—Le recuerdo, joven —repuso molesto Antoine—, que yo traté a la excelentísima dama mucho más que usted, que apenas era un niño cuando esta falleció.
Del mismo modo que le recuerdo que soy diamantista también desde mucho antes de que mostrase usted el más mínimo interés por las piedras preciosas.
Así que si consiento que medie es porque el señor duque así lo ha solicitado.
Ágata notó que Arturo estaba satisfecho de haber irritado al Mellerio más orgulloso.
El barón tiró de las cadenas de su chaleco y de la tercera de ellas sacó una ristra de cilindros metálicos, como si fuese un sortijero o un llavero cargado de ganzúas.
Percibió un ligero destello en sus puntas.
Ágata jamás había visto objetos semejantes.
—Parece que es usted un tasador inusual —dijo Ágata con retintín.
Arturo dejó de tantear las ganzúas mientras los hermanos Mellerio y el resto de los trabajadores del taller los miraban con interés.
—¿Tiene algo en contra de cómo desempeño mi oficio o tal vez en contra del oficio en sí?
Ágata sopesó su respuesta. Se había prometido que contendría su carácter combativo, pero no soportaba la falsedad.
—No, siempre que se ejerza como complemento a la profesión orfebre. La joyería es un arte; la mera tasación, especulación —respondió ella con tanta educación como pudo.
—Una postura respetable, aunque bastante radical —replicó divertido, apoyándose con gracia sobre su mesa—.
La pulcritud en las disciplinas artísticas es algo que incluso admiro, señorita Guirado, pero estará de acuerdo conmigo en que la especialización requiere focalización.
En fin, yo he dedicado los últimos años de mi vida a valorar gemas, pocos o no —dijo mirando a Antoine, y luego volvió a centrar su atención en Ágata—. Quizá sepa más de lo que cree.
—No sea modesto, don Arturo —intervino Urbano antes de que los aludidos pudieran contestar.
—Totalmente de acuerdo —le secundó François—. Puede que don Arturo sea un tasador inusual, señorita Guirado, pero es quien más sabe de piedras preciosas de todo Madrid. Y también de irritar a mi hermano —remató el maestro joyero.
Pese a todo, Antoine chasqueó la lengua a modo de asentimiento y el asombro de Ágata fue en aumento.
—Exagera usted, monsieur, simplemente soy una persona a la que llaman cuando hay que valorar la autenticidad de algo insólito.