La hija del joyero Capítulo 14
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Capítulo 14

Ágata no podía dejar de pensar en el anillo. Era lo primero que se le venía a la cabeza al abrir los ojos al despertar y lo último en lo que pensaba cuando los cerraba para irse a dormir. También lo veía en sueños con una rabia agónica.

La hija del joyero llevaba ya unos cuantos días instalada en el edificio de los hermanos Mellerio, y se esforzaba por asimilarse con naturalidad.

Como era de esperar, había más trabajadores de los que la recibieron, pero percibió el declive de la firma Mellerio en que no eran tantos como esperaba.

Muchos de los puestos del inmenso taller estaban desocupados.

Contempló las delgadas columnas de hierro fundido, las lámparas, paredes y ventanales, las áreas destinadas a la maquinaria pesada.

Imaginó el espacio lleno de gente, el trasiego en los tres pisos. Era palpable el ocaso de una estirpe.

El día de su llegada, después de despedirse de sus futuros compañeros, François y Antoine le presentaron en condiciones a Bartolomé Guerra, el conserje del edificio que anunció su llegada, para que la acompañase hasta su habitación y la ayudara con su equipaje.

Ágata agradeció que don Bartolomé no pareciera contrariado por su incorporación, como ocurrió con los empleados que le habían presentado antes, y que fuera amable con ella.

Le enseñó las instalaciones del edificio, le informó de los horarios de las comidas y de qué se podía hacer y qué no.

Por último, le mostró su habitación en la tercera planta.

Era una pequeña estancia de techos altos y un gran ventanal de planta triangular, cuya puerta daba al pasillo central y estaba frente a la del asistente Cosme. Se asomó ese primer día a su balcón con una desazón palpitante en el alma.

En cuanto Ágata dejó sus pertenencias en la habitación asignada, bajó de nuevo con don Bartolomé, pues los hermanos Mellerio la estaban esperando para mostrarle su mesa en el taller.

Era algo más pequeña y modesta que la que tenía en Málaga, pero no podía quejarse, dado que era idéntica a las de los demás.

La habían colocado entre Urbano y Ernesto.

Saludó de nuevo a ambos joyeros, que fueron un poco más educados gracias a la mirada amenazante que les dedicó François.

Ella, sin embargo, estaba concentrada en observar sus alrededores.

—¿Se encontrará a gusto aquí, señorita Guirado? ¿Qué le parece nuestro taller?

—No podría estar más agradecida.

—No es eso lo que le he preguntado.

La joven agachó la cabeza al sentirse observada por sus compañeros, pero François insistió:

—Por favor, sea sincera, siento curiosidad por saber qué le parece nuestro entorno de trabajo.

La joven dudó un momento más, luego decidió que lo correcto era responder a lo que su amable superior quería saber.

—Hay demasiadas ventanas. La iluminación es fundamental, pero jamás debe ser excesiva ni dar directamente sobre el lugar de trabajo, pues impide apreciar los cambios en la plata y el resto de los metales nobles.

Las columnas dificultan la libertad de movimiento, sobre todo porque la única pila de lavado se encuentra ahí detrás, lo cual no solo es contraproducente, sino peligroso en caso de quemaduras.

La zona de pulido debería estar en un rincón apartado, no en medio, eso explica por qué hay tanto hollín por todas partes.

Supongo que en este taller habrá que limpiar con más frecuencia de lo usual, tanto las herramientas como las joyas.

Pero en conjunto es muy bonito y de lo más acogedor, señor.

Se produjo un silencio prolongado, que interrumpió la sincera risa de François.

—Menos mal que le resulta acogedor a pesar de lo peligroso y lo sucio —gruñó Antoine.

—Ya te dije que se parecía mucho a Aurelio en su sinceridad, hermano.

—Y en lo repelente.

A la joven le conmovió el comentario de François y se alegró de que no se hubiese tomado a mal sus palabras, como era patente que habían hecho Antoine y el resto.

Ágata sentía las reticencias de sus compañeros, porque aunque las mujeres trabajaban en otras áreas y oficios, el metal, y la joyería en particular, seguía siendo un terreno exclusivamente masculino.

No tardaría en escuchar comentarios despectivos sobre sus capacidades; sin embargo, ella se limitaba a abrillantar joyas ya realizadas a la espera de que los dos maestros del negocio dieran el visto bueno para realizar tareas más complejas.

De todas maneras, Ágata sabía que a quien sería más difícil de convencer sería a Antoine.

La hija del joyero se esperaba los desplantes y las afrentas, así como la compasión que despertaba su situación, que ella misma se había encargado de pintar como trágica y desamparada en sus misivas.

François Mellerio, tal y como ella esperaba, la creyó a pies juntillas y se desvivía por ayudarla.

Ágata se sentía un poco mal por haberse aprovechado de su gentileza, pero tenía un motivo de peso para estar en Madrid que lo justificaba.

El dichoso anillo.

Al sexto día de su llegada, Ágata despertó de sopetón.

Eso no había cambiado de Málaga a Madrid.

Desde el fallecimiento de su padre se despertaba de golpe, bañada en sudor y con el condenado anillo en el pensamiento.

Por un momento agradeció la distracción de encontrarse con Napoleón tumbado sobre su abdomen.

Al caprichoso gato le había dado por dormir con ella a pesar del calor infernal del verano madrileño.

Trató de apartarlo, pero Napoleón se levantó y caminó despacio hasta su pecho, sobre el que se enroscó dándole la espalda.

Ágata se dio por vencida y se dejó caer de nuevo sobre la almohada.

Todavía no había amanecido, y permitió que sus pensamientos ponzoñosos la poseyeran un poco más.

Encarnaría el papel de desamparada hija del joyero el tiempo que fuera necesario.

Solo permitió que una persona supiese la verdad antes de marcharse a Málaga.

El señor Bereton era el único en el mundo que sabía que Ágata podía haberse quedado perfectamente en Málaga si hubiese querido.

El día de su partida, de la que no avisó a nadie en la ciudad, Ágata le entregó a su casero dinero de sobra para cubrir el alquiler del taller Guirado más de un año.

La joven lo había reunido cobrando encargos pendientes de su padre y vendiendo piezas que le atribuyó.

Había usado todas las gemas que tenían en el taller, incluso las de su colección de la infancia, a excepción de su preferida.

Durante esos meses trazó el plan que debía llevar a cabo si no quería que las pesadillas y el dolor la carcomieran.

Iba a recuperar el anillo de su padre.

La muerte de Aurelio dio lugar a elucubraciones sobre qué o quién provocó la caída que acabó con su vida: se habló de robos, rateros, maleantes, radicales políticos…

No obstante, Ágata sabía la verdad, porque, pese a todo el estropicio, solo faltaba un objeto: el anillo.

El mismo que esa mañana la hermosa italiana había querido adquirir a cualquier precio. Era demasiada casualidad.

Por lo demás, desconocía cómo la mujer supo de su existencia, por qué lo quería tanto o por qué apareció en ese momento concreto cuando el anillo llevaba oculto tantos años.

Partiendo de su teoría de que la italiana era una noble y de que, como le había contado Raimundo, Madrid era el centro neurálgico de las intrigas aristocráticas españolas y europeas, decidió empezar a buscar en la capital, donde además podría comenzar sus averiguaciones desde la posición privilegiada que le daría estar colocada en el taller de los Mellerio.

Ya encontraría su oportunidad, ya fuera en una conversación o en un encargo, pero alguien acabaría hablando de esa mujer. Y si daba con ella, daría con el anillo.

Lo primero era recuperar la joya. Y después… Después, Dios diría.

Mientras tanto, Ágata aprovecharía la estancia en Madrid: tendría un sueldo y quizá ganaría experiencia que le serviría cuando regresara a Málaga. Todavía no se había ganado el respeto y la reputación para estar al frente del taller Guirado.

Se vistió rauda, apretándose el corsé, como siempre, y poniéndose un vestido de faena con la botonadura bien cerrada hasta el cuello.

Al entrar en el taller, los empleados la saludaron más por caballerosidad que por respeto profesional.

Ágata estaba convencida de que había demostrado el suficiente dominio con la pulidora y las brocas para que le dieran la oportunidad de realizar tareas más complejas, pero Cosme, el joven asistente, era el único que la observaba trabajar y a base de pulidos poco iba a destacar.

Así que Ágata se aferró a su nuevo mantra: «Paciencia».

No permitiría que nada la separara de su pasión por la orfebrería, porque esa era su otra manera de honrar la memoria de su padre.

Justo entonces se armó un pequeño revuelo en la entrada del taller: acababa de llegar Arturo.

Su salvador, el tasador de la Casa Real, el diamantista de Alfonso XII.

Ágata se tensó. No había dedicado mucho tiempo a pensar en él, pero sabía que podía ser la persona idónea para ayudarla a localizar aquella joya tan peculiar en la ciudad.

No obstante, también había tenido una actitud ambigua con ella.

«Mejor ser cauta con el Barón Tasador antes de precipitarse», concluyó.

Ese día Arturo vestía un traje oscuro color burdeos con chaleco beige que hacía destacar su precioso cabello castaño.

De nuevo había prescindido de la corbata y lucía un aspecto desenfadado, con las patillas y el flequillo revueltos, el cuello abierto, la sonrisa descarada… La suya era una elegancia singular.

En cuanto la localizó, Arturo salvó la distancia que los separaba en apenas un par de zancadas y le dedicó una reverencia sobreactuada.

—¡Buenos días, señorita Guirado! Qué integrada la veo.