Capítulo 13 #4
Justo entonces se personó un grupo de hombres en el descansillo donde se hallaban los hermanos Mellerio y ella.
Los tres primeros iban con delantales y las manos llenas de tizne; por tanto, debían de ser los empleados del taller.
Se presentaron como Urbano, Ernesto y Cosme, del más maduro al más joven, que rondaría la edad de Ágata.
Después llegaron Pascual y Horacio, que trabajaban de cara al público en la tienda.
Todos miraron a Ágata como si fuese una lluvia molesta estropeando un encuentro al aire libre.
Los empleados no fueron los únicos en recibirla. Pegó un pequeño sobresalto al notar una caricia en los tobillos, y cuando bajó la mirada, descubrió que había sido cosa de un gato.
—Al pequeñín lo llamamos Napoleón —le informó François.
—Porque ese bicho hace lo que le da la gana —masculló Antoine—. No quiero volver a verlo por el taller. Se me llevan los demonios de pensar que se le engancha el polvo de oro en los pelos.
El comentario fuera de tono dio pie a un silencio incómodo que interrumpió una voz recia que a Ágata le resultó familiar.
—Y yo que estaba preocupado por que llegase bien… y esto es casi una fiesta de bienvenida.
Ágata se giró y se encontró con la sonrisa resuelta del caballero silvestre de mirada anaranjada. Los empleados del taller se tensaron y los joyeros hicieron gala de sus caracteres: uno frunció el ceño y el otro sonrió encantado.
—Don Arturo —saludaron todos al unísono.
—Hacía días que no le veíamos el pelo —dijo Antoine en un tono despectivo.
—He estado ocupado.
—Por supuesto —asintió François—. ¿Desea tomar un café en unos minutos? Como ve, hemos recibido una visita de la mayor relevancia. Le presento a…
—La hija del joyero Guirado.
Ágata lo miró perpleja al descubrir que él ya sabía quién era, preguntándose si era posible que hubiese estado jugando con ella todo el tiempo. El resto de los presentes compartían su desconcierto, lo cual empujó a Arturo a dar explicaciones:
—Ya saben ustedes que tengo mis recursos para mantenerme informado.
Esta mañana estaba de paseo por Atocha cuando la señorita Guirado y yo nos hemos cruzado.
Luego, mientras la acompañaba hasta aquí, ella me ha dado bastantes pistas de su identidad.
Hace tiempo que conocía de oídas al joyero Guirado por su reputación profesional, y no solo de boca de ustedes, señores Mellerio.
También me había llegado que tenía una hija bastante peculiar.
—La miró de arriba abajo—. De lo cual ya puedo dar fe.
No obstante, señorita Guirado, no me he enterado de su nombre de pila.
Ágata se debatía entre el sonrojo y la indignación, pero cuando François hizo ademán de dar su nombre, la joven joyera de Málaga lo interrumpió:
—De momento, le basta con «señorita Guirado». Seguro que sus recursos le darán para enterarse del resto.
—Cuente con ello —bromeó Arturo consiguiendo ruborizarla otra vez y, a continuación, se volvió hacia los hermanos Mellerio—.
Gracias por su invitación, me encantaría quedarme a tomar un café con ustedes, caballeros, pero tengo asuntos pendientes.
Solo quería asegurarme de que la malagueña había llegado bien.
Confío en que permanezca el tiempo suficiente con ustedes para que tengamos oportunidad de charlar un poco más en otra ocasión.
François le pidió permiso a Ágata con la mirada para contestar, y ella asintió agradecida por el gesto.
—La señorita Guirado va a incorporarse a nuestro taller, don Arturo.
—Eso es estupendo. En ese caso, me pasaré otro día.
Dicho eso, se despidió con una leve inclinación, pero antes de salir por la puerta, la miró una última vez y le guiñó un ojo.
Ágata frunció el ceño molesta; para colmo, todos los presentes la miraron confusos y sin disimulo.
—Así que ha coincidido usted con don Arturo en Atocha, señorita Guirado.
La joven tomó aire para recuperar el sosiego y para pensar cómo resumir el singular encuentro.
—Sufrí un ligero contratiempo al llegar a la ciudad y me acompañó hasta aquí, sí.
—¿Seguro que el contratiempo no lo ocasionó él? —dijo Antoine mientras dispensaba a sus empleados con un gesto—. A ese caballero le encanta ser el centro de atención.
—No exageres, Antoine.
Lo que picó la curiosidad de Ágata fueron los cuchicheos entre los empleados, pero no le hizo falta preguntar, porque François reveló el motivo de su agitación:
—Ese hombre que se acaba de marchar es Arturo Bosco de Montesinos, señorita Guirado. El barón de Valdecarros.
—¿«Barón»? —preguntó la joven, incapaz de disimular su asombro.
—Por su fortuna, se le podría considerar duque —intervino Cosme, en el tono efusivo que correspondía a su juventud—. Su familia era dueña de medio Madrid, incluido este barrio.
—Eso es lo de menos —repuso el dependiente Pascual en tono desdeñoso.
François lo reprendió con la mirada.
—No me mire así, patrón, es sabido que don Arturo es el tasador de joyas predilecto de la Casa Real.
A Ágata se le agolpaban las preguntas.
—Por eso le llaman el Barón Tasador —concluyó molesto Antoine Mellerio.
Así que el salvador y guía de Ágata era el tasador del rey, un aristócrata que ejercía como diamantista de la Casa Real y conocía, al menos de nombre, a todos los joyeros de España.
Ágata ya pensaría en ese encuentro cuando correspondiera. Ella había ido a Madrid por un motivo muy concreto y nada ni nadie iban a distraerla.