Capítulo 13 #3
Prosiguieron su camino. A Ágata le agradó el paseo tanto como la compañía, no habría podido permitirse callejear de no haber contado con la guía de un residente.
A lo que se sumó la particular melodía que el caballero decidió interpretar, pues, cuando se le acabó el tabaco, se puso a silbar.
Ágata jamás había escuchado un silbido tan limpio, parecía una flauta.
Envidió su despreocupación, igual que le resultó admirable que pudiese guiarla de tan buen humor cargando con su pesada maleta.
Casi creía que se había olvidado de ella, pero bastó que lo pensara para que la mirase y le dedicara otra de sus sonrisas.
Ágata volvió a centrarse en el paisaje urbano que los envolvía.
Las calles eran muy amplias comparadas con las juderías que estaba acostumbrada a frecuentar en Málaga, los edificios eran altísimos y tenían un encanto señorial, pero lo más llamativo seguía siendo la gente.
Gente, mucha gente. Toda con demasiada prisa.
—Pero ¿por qué hay tantísimas personas?
—¡Bienvenida a Madrid! Es la capital, no hay que darle muchas más vueltas. Según los últimos censos, podríamos estar rondando ya los trescientos veinticinco mil habitantes.
Ágata frenó en seco.
—No puede hablar en serio.
Él resopló y volvió sobre sus pasos hasta ella.
—No sé si tiene pensado permanecer mucho tiempo en la ciudad, pero le aconsejo que, mientras lo haga, camine siempre bien pegada a la derecha. —La agarró rápido, aunque con suavidad, impidiendo que se le estampasen varios viandantes—. Así evitará ser arrollada.
Tras ese momento aturdida, con la vista perdida en las alturas, recordó a su guía y le avergonzó un poco encontrárselo igual de interesado estudiando las impresiones que la ciudad estaba provocando en ella.
—Cuidado, malagueña: si continúa sorprendiéndose por cada recodo, esta ciudad la acabará conquistando de forma despiadada, y nunca podrá abandonarla.
Ágata chasqueó la lengua y se dispuso a seguirle, pero él se paró pocos metros después y le señaló un cartel en azulejos que decía: CARRERA DE SAN JERÓNIMO .
Habían dado con el barrio de los joyeros.
Una parte de ella lamentó que el recorrido llegara a su fin; después de todo, ese hombre enigmático y encantador la había salvado primero y ayudado después.
—¿Cree que podrá apañárselas usted sola, malagueña? —le dijo de repente—. Después me acercaré a saludar a los hermanos Mellerio.
Ágata parpadeó.
—¿Cómo sabe que voy a su taller?
Pero él no le respondió. Echó a correr y entró en un edificio de esa misma calle.
Ágata arrugó el ceño extrañada y continuó caminando con su maleta con cuidado de permanecer a la derecha.
El negocio y taller de los Mellerio se encontraba en el número tres de la Carrera de San Jerónimo.
Al llegar se fijó en que su guía había entrado justo en el de enfrente, en el número cuatro.
Decidió aparcar ese asunto y centrarse en lo que la había llevado hasta allí.
Antes se concedió un momento para admirar la fachada del inmueble.
El edificio propiedad de los hermanos Mellerio era una imponente construcción de ladrillo, escayola y madera tallada.
Un rótulo de grandes proporciones anunciaba: MELLERIO HERMANOS , DIAMANTISTAS .
La planta baja, de techos altos, albergaba la tienda y contaba con varias puertas y escaparates para exponer las joyas.
Se fijó en los amplios ventanales velados de hollín del entresuelo y supuso que debía de corresponder al taller.
Luego contó unas tres plantas de pisos corrientes y se preguntó si serían tal vez las estancias de los empleados.
Decidió acceder al edificio por la puerta que no daba acceso a la tienda. En esa entrada había un descansillo y un portero, que la recibió con amabilidad y anunció su llegada.
Ágata sintió un pellizco en el corazón cuando escuchó su nombre y una voz conocida.
—Señorita Guirado.
—Don François.
Pese a que la etiqueta dictaba aguardar hasta que el dueño del inmueble llegase hasta ella, la expresión cálida de Jean-François Mellerio la impelió a evitar soltar su maleta y correr hacia él.
El joyero francés la correspondió acogiendo sus manos con afecto.
Ninguno de los dos dijo nada durante el sentido apretón.
—Confío en que el viaje no haya sido muy duro —le dijo él con su acento francés, acercándose un poco más para mirarla a los ojos.
Ágata supo que no se refería solo al trayecto de Málaga a Madrid.
Hacía unos dos meses la joven se atrevió a escribirle para rogarle que la admitiera en su taller.
En su día ya le escribió para contarle el fallecimiento de su padre, pero en esa otra carta le reveló que estaba pasando dificultades y le planteó la posibilidad de trasladarse a Madrid para trabajar en el taller Mellerio como empleada.
François respondió de vuelta conminándola a visitarlos cuanto antes.
—Siento si le estoy poniendo en un compromiso, señor.
—En absoluto, querida, su presencia aquí es un regalo.
—Habla por ti, François —dijo Jean-Antoine Mellerio, el gestor y diamantista del negocio, a modo de saludo.
Antoine, como le llamaban sus conocidos, se llevaba un año con su hermano François, pero parecía su gemelo gruñón.
Mientras que François tenía una expresión bonachona y alegre, él lucía un espeso bigote, que parecía una sonrisa invertida, y un ceño fruncido permanentemente.
Si François era pura plata, su hermano Antoine era bronce.
—Nuestro taller no pasa por su época más boyante como para admitir nuevos empleados al tuntún.
—¿Y no será que necesitamos más manos y nuevas mentes que nunca? —rebatió François apelando a la sensatez de su hermano.
El Mellerio cascarrabias miró a Ágata de arriba abajo.
—Si no fuera porque es la hija de Aurelio, me hubiese negado en redondo.
Ágata entendía su postura. Los Mellerio atravesaban una mala racha pese a que la situación con los Borbones se había estabilizado porque el nuevo rey no parecía admirarlos tanto como su madre Isabel II.
Se decía que don Alfonso XII estaba revitalizando la corte con reformas en el palacio e innovadoras distracciones para las que necesitaba la inventiva de un montón de nuevos artistas, entre ellos, joyeros.
O, al menos, así fue mientras vivió la joven reina Mercedes.
Ágata no se atrevió a preguntar si creían que la reciente viudedad del rey empeoraría todavía más la situación del taller Mellerio porque era consciente de que la coyuntura actual jugaba a su favor. En otras circunstancias no habrían contratado a una mujer por muy hija de joyero que fuera.