Capítulo 13 #2
Tras un instante de silencio, el hombre de mirada incandescente se volvió hacia Ágata.
Le dedicó una expresión resuelta que la sofocó.
Ningún caballero la había mirado antes así.
Aunque él fuese más digno de estudio. Desde su tamaño hasta su particular atuendo de tres piezas.
Si las alarmas de Ágata saltaron con el anterior caballero porque todo era forzado, ese hombre, en cambio, era pura naturalidad.
Aunque carecía de corbata y se percibía la sombra de la barba, llevaba un conjunto de cuadros bastante estiloso con unas cadenitas enganchadas al chaleco de seda gris oscuro.
Una de ellas de oro. Los tejidos y materiales casaban con su presencia: elegante pero salvaje.
Debía de rondar los treinta años, y tenía la nariz un poco torcida.
Labios carnosos, con una ligera cicatriz en el superior.
Mandíbula marcada, aunque no más que los hoyuelos de su mentón y de sus mejillas. Una belleza.
Ágata se dio cuenta de que llevaba estudiándolo demasiado rato y de que él parecía encantado de que así fuera. Iba a agradecerle que la hubiera librado del malhechor y despedirse, pero él se adelantó:
—Menuda escena tan interesante acaba de protagonizar.
—L-lo mismo digo —dijo atónita ante su inesperado balbuceo.
Clavó la vista al suelo, deseando que se la tragara la tierra. Lo escuchó reírse y levantó la cabeza de golpe, más que antes, porque él se le acercó un par de pasos. Ese hombre monumental podría librarse de lo que fuera solo con su sonrisa.
—Bueno —tragó ella saliva—, gracias por ayudarme. Yo sigo mi camino.
—Por supuesto —dijo meloso—. Le diría que tenga cuidado, pero veo que se las apaña.
—Más o menos —dijo Ágata, y tiró de la maleta con ambas manos para dejar de mirarlo.
Él la siguió a paso lento sin parar de observarla, divertido de verla apurada.
—Le agradezco en cualquier caso que interviniera. Supongo que ese individuo quería robarme.
—O algo peor.
Ágata se estremeció.
—Gracias de nuevo.
—Un placer.
—Desde luego parece acostumbrado a lidiar con personas como esa.
Dado el peso de la maleta, Ágata decidió detenerse un instante y aprovechó que habían llegado a una sombra para quitarse el sombrero.
Comprobó que el recogido y todos sus accesorios seguían en su sitio antes de volver a enderezarse.
Se fijó en que su imponente acompañante no solo continuaba allí, sino que la contemplaba con mayor curiosidad ahora que podía verla sin ningún impedimento.
A Ágata empezaba a incomodarle aquel descaro.
Y esa sonrisa…¿Por qué hacía tanto calor en Madrid? Se abanicó con el sombrero.
Por su parte, el caballero siguió observándola mientras se sacaba algo de la chaqueta.
Una pipa de espuma de mar, lindísima, con grabados de madera y marfil.
Se la encendió con gracia, y con aún mayor soltura la sujetó entre los dientes.
Cuando vio que ella se movía, continuó caminando a su lado.
«A ver cuándo se cansa», pensó Ágata, pero se le iban los ojos. «¿Será un diamante?».
Se riñó a sí misma. Hacía mucho que no le costaba determinar la naturaleza de alguien; de hecho, Velasco había sido su primer y único escollo, aunque su belleza pulcra poco tenía que ver con la presencia de este hombre. Ágata se amonestó de nuevo, pero por atreverse a comparar.
—Hay gente por aquí deseando echarse encima de mujeres como usted que acaban de llegar a la ciudad —le dijo sacándola de sus pensamientos—. Tal vez sería conveniente que la vieran conmigo un poco más para disuadir a otros rateros.
«Mujeres como usted». Segunda vez que se refería a ella por «mujer». Le resultó tan extraño como reconfortante.
Ágata dudó, mirándolo de arriba abajo, esta vez con un motivo de peso. Sintió que sí podía confiar en ese desconocido.
—Me dirijo al cruce de la Carrera de San Jerónimo con Espoz y Mina.
—No me diga —dijo exagerando la emoción—. Yo también tenía previsto ir allí. Qué casualidad.
—Demasiada, diría. —Ágata frunció los labios—. Espero no llevarme otro disgusto. Con el de antes he tenido suficiente.
—Mis intenciones son buenas, no como la del infeliz que ha intentado aprovecharse de usted. A mí solo me gusta conocer a las personas que voy a frecuentar en mi ciudad, más si son fascinantes.
«Fascinantes». Ágata forzó una risa para ocultar su rubor.
—Ni que fuese usted el alcalde de Madrid.
—Más quisiera esta ciudad que yo la dirigiera. Nah, prefiero ir a mi ritmo. Que, todo sea dicho, es más ligero que el suyo. Con permiso.
Sin mediar palabra, tomó la maleta de Ágata como si fuese una pluma.
Debió de estar aguardando el momento oportuno para hacerlo sin incomodarla, como sí había hecho el otro hombre.
En cuanto avanzaron unos metros, ella empezó a preocuparse.
No le parecía bien hacerle cargar todo el trayecto con su equipaje solo por caballerosidad, pese a que no pareciera pesarle lo más mínimo.
—Así que es usted joyera.
Ella dio un respingo.
—¿Cómo lo ha sabido?
Él, satisfecho de haberla sorprendido, volvió a sonreírle.
—Aparte de que se dirige usted al barrio joyero de Madrid y de que tiene un gusto muy particular para vestir… —carraspeó, deteniéndose un poco más de lo debido en su cintura ajustada—, lleva usted un par de lupas de joyería en el cabello. Curioso usarlas como accesorio de pelo, por cierto.
Ágata se llevó la mano a las dos lupas que decoraban su recogido: la que ella misma se fabricó y la dorada de su padre.
Era cierto que el estilo de la hija del joyero Guirado había cambiado en los últimos dos años.
El luto por su padre le había impuesto vestir colores oscuros, pero eso la había empujado a jugar con las lazadas o el resto de sus corpiños que acompañaban sus camisas y chaquetas cerradas.
Ágata sabía que su forma de vestir se salía de lo común, por eso no le extrañó del todo la mirada escrutadora del caballero. Aun así, alzó el mentón.
—No soy la única que viste de forma particular y lleva complementos curiosos.
— Touché .
Se rio él, dando a entender que no solo era consciente de la extravagancia de su ropa, sino que estaba orgulloso de ella.
—Y ¿de dónde viene? —volvió a la carga aprovechando el silencio de Ágata—. Tiene usted un bonito acento del sur, pero no sabría decir. No pronuncia eses de más, como los sevillanos, más bien las omite, aunque no lo suficiente para ser gaditana o cordobesa, porque tampoco abre tanto las vocales.
—Usted sí que las abre, y las alarga. Como esas eses que afirma que omito. Es como si la forma de hablar acompañara sus andares altaneros.
—Porque soy castizo, mujer.
«Mujer». Otra vez.
—Parece que sabe bastante de otros lugares del territorio español.
—He hablado con gente de muchos sitios, sí, viajando y en la propia Madrid, ya se dará usted cuenta.
Aquí hay gente de todas partes. Pero sigo sin saber de dónde es su precioso andaluz.
—Se inclinó dedicándole otro de esos repasos que la obligaban a apartar la vista—.
Porque andaluza, vaya si es. Solo una andaluza puede tener una presencia tan enigmática y exudar tanta gracia con cada mirada, gesto o palabra.
«Gracia». Ágata no pudo contener más la sonrisa. «Menudo zalamero. Qué peligro».
—Málaga —se rindió—. Soy de Málaga.
—Vaya, una malagueña.
Primero fue sorpresa. Luego, comprensión; incluso corroboración. Finalmente, contrariedad. O eso le dijeron sus ojos. El tono de su voz había cambiado, como si algo se le removiera por dentro.
—¿Pasa algo? —inquirió Ágata.
Él restó importancia sacudiendo su pipa con la mano libre.
—Es solo que mis… raíces familiares están ligadas allí, aunque todavía no he tenido el gusto de pisar la ciudad.
—¿Sus padres son de Málaga?
—Para nada. —Forzó otra sonrisa.
Ágata seguía sin entender una palabra.
—Quizá si terminamos haciéndonos amigos, acabe contándoselo, malagueña. Desde luego, tiene usted potencial para convertirse en una gata de adopción.
Ella entreabrió los labios. Más bien, boqueó como un pez. Pensó que no había escuchado bien.
—¡Ni se le ocurra llamarme así!
—¿«Gata»? ¡Pero si es un halago! Los madrileños de pura cepa nos llamamos «gatos», ¿y sabe por qué?
Viene de las leyendas de la Reconquista del siglo XI , cuando hubo habitantes de la región muy hábiles escalando murallas.
A usted le sienta como anillo al dedo: es pequeña y arisca.
Por no hablar de los ruiditos tan curiosos que hace, unos adorables ronroneos y bufidos.
Ágata sintió las mejillas arder.
—Yo no hago «ruiditos». Ni soy pequeña. ¡Usted es el enorme, perdone! Y eso no le excusa para asignarme ningún apodo.
Entonces, el caballero aprovechó la ocasión que ella le brindaba.
—Oh, pues dígame su nombre.
La joven se detuvo en seco y lo miró. Había estado a punto de caer en su trampa.
—Quizá si no me ofende de nuevo, tal vez acabe diciéndoselo, madrileño.
Él sonrió encantado. Ágata debió reconocer que ella misma estaba disfrutando ese duelo verbal. No había imaginado así su entrada en Madrid.