La hija del joyero Capítulo 13
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Capítulo 13

Ágata abrió los ojos de golpe. Un inesperado zarandeo del vagón la había sacado del sueño en el que se había sumido acunada por el traqueteo del tren.

En cuanto recordó dónde se encontraba, se sosegó.

Pero ninguna de las tres personas con las que compartía vagón rumbo a Madrid le estaba prestando la más mínima atención.

Uno era un caballero de enorme bigote y barba comedida, que iba leyendo una novela de aventuras; los otros dos eran un matrimonio de edad avanzada que iban a visitar a sus hijos y nietos, de los que no paraban de quejarse.

Ágata llevaba horas viajando con esas personas, pero su única y verdadera compañía era la incertidumbre que no la había abandonado desde que su padre dejó este mundo meses atrás. Seguía llorándole con rabia y agonía; a veces creía que el tiempo no templaba su dolor, sino todo lo contrario.

Cuando despertó del trance de la muerte de su padre, comenzó la verdadera pesadilla.

Las primeras semanas tuvo que lidiar con las facturas, los proveedores y los encargos pendientes.

No fue demasiado difícil porque su padre siempre fue organizado y previsor y Ágata solo tuvo que continuar donde él lo había dejado.

Sin embargo, mantener el negocio por su cuenta resultó más complicado, porque en sus sueños, aunque ella heredaba el taller Guirado de manos de su padre, él seguía a su lado, ayudándola como siempre.

Además, la clientela habitual de Aurelio no la aceptó como su sucesora, entre otras razones, porque no creían que la hija del joyero tuviera el talento de su padre.

Así que los dos primeros meses fueron una sucesión de adversidades, entre ellas, la amenaza no muy velada del señor Bereton sobre qué pasaría si no era capaz de seguir pagando el alquiler.

El resto de los vecinos y conocidos tampoco la reconfortaron demasiado.

Nadie tuvo el mal gusto de decirle nada inapropiado, ni siquiera Juana Crooke.

Ágata tendría que haber deducido que aquel silencio escondía algo.

Poco antes de irse, supo por Clemente que las circunstancias del fallecimiento de don Aurelio habían incomodado a los residentes de la Alameda Principal.

Nadie había olvidado la aciaga visita del antiguo joyero de la reina exiliada, el apadrinado del duque de Montpensier y el mentor del rey, tanto era así que ni siquiera consideraban el más que plausible robo como causa de su accidente y lo atribuían a sus posiciones políticas y sus relaciones.

«Tú sientes por esta ciudad un amor que jamás te ha devuelto», las palabras de Velasco la asaltaron entonces, provocándole un escozor en la mirada. «Si algún día te marchas, te aseguro que Málaga no te echará en falta lo más mínimo, niña».

Velasco había estado en lo cierto, pero Ágata Guirado había dejado la ciudad andaluza para trasladarse a Madrid por motivos inconfesables, impensables para una muchacha como ella.

Hurgó en uno de los bolsillos de su falda y extrajo la cajita de piedras preciosas que le regaló su padre el día que jugaron contra doña Hortensia y la marquesa de Loring.

También guardaba allí la canica que consiguió arrebatarle a Juana Crooke.

Era especial porque simbolizaba que podía conseguir lo que parecía imposible.

Hastiada de la ponzoña de sus pensamientos, Ágata contempló el paisaje por la ventanilla. Ya estaban llegando a la estación de Atocha.

—¿Por qué hay un ambiente tan lúgubre? —preguntó la joven a sus compañeros de asiento.

—¿Cómo? ¿No lo sabe? —le preguntó a su vez el anciano caballero.

—Hace apenas unos días que falleció la reina —respondió sin ocultar el asombro su esposa.

—¡¿Doña María de las Mercedes?! —exclamó consternada Ágata.

—La misma —confirmó la señora.

—Pero si era jovencísima —intervino el bigotudo sorprendido.

—Bueno, en cualquier caso, caballero, señorita —les dijo el anciano a Ágata y al señor con bigote—, estamos de luto. En Madrid y en España. Todo el mundo sabía lo mucho que amaba nuestro rey a su esposa, y ya hay muchos que cantan por las calles:

¿Dónde vas Alfonso XII?,

¿dónde vas triste de ti?

Voy en busca de Mercedes

que ayer tarde no la vi.

La hija del joyero escuchó la canción sin añadir nada.

El abrupto fallecimiento de doña María de las Mercedes le produjo una honda impresión.

Pensó de inmediato en Raimundo Ulloa. Se preguntó cómo habría encajado su amigo sevillano la pérdida de aquella joven a la que consideraba una hermana y si sería comparable a lo que ella experimentó cuando Velasco se fue.

En el interín sus acompañantes abandonaron el vagón y Ágata se quedó completamente sola.

Se puso el sombrero y abandonó ella también el compartimento con su enorme maleta de cuero.

Nada más poner un botín en el andén, el calor del verano madrileño le pareció sofocante como el infierno.

Ágata se apresuró a seguir la marea de gente que caminaba decidida siguiendo las indicaciones de salida.

Se quedó boquiabierta al descubrir la vía principal.

Las avenidas de Madrid contaban con varios carriles para que se desplazaran los vehículos de caballos.

Y había muchísimos, por eso no le extrañó el fuerte hedor.

Luego estaban los edificios. Logró olvidar el mal olor por su hermosura y altura, sus colores, las molduras y los relieves que decoraban las ventanas y los balcones.

Comenzó a girar sobre sí misma para situarse.

Se hallaba en una zona de encuentro y trasiego, y a pleno mediodía no faltaban vendedores ambulantes a la caza de alguna necesidad inesperada.

Ágata olió flores, perfumes, garrapiñadas, café.

El espacio que le pareció tan amplio en un principio empezó a quedársele pequeño otra vez, por lo que decidió moverse.

Gruñó un poco al levantar la maleta y supo que no sería fácil cargarla a pulso.

Rezó por que su destino no se encontrase tan lejos.

—¿Puedo ayudarla, señorita?

Un caballero no mucho mayor que ella, con barba y bombín, se le había acercado por detrás. Mientras le preguntaba, trató de tomar su maleta. Ella la apartó de golpe, pues la asustó con sus maneras abruptas. El hombre sonrió apurado.

—Disculpe, la vi dudar de su ruta y arrastrar su maleta con dificultad. Supuse que necesitaba una mano.

—Mucho ha visto y supuesto usted —replicó ácida—. Soy perfectamente capaz de orientarme y de llevar mi equipaje.

—Vamos, no sea orgullosa, puedo acompañarla al menos un rato, va en dirección noroeste, ¿no?

Ágata notó un cosquilleo en la barriga, pura inquietud, incluso algo de temor, por que ese desconocido supiese adónde se dirigía.

Volvió a rechazar su ayuda y lo miró de arriba abajo.

Había algo extraño en él. No le cuadraba lo pulcro del corte de su barba o de su chaqueta en contraste con el chaleco y los pantalones desvencijados.

Los zapatos parecían también un poco más grandes de la talla que le correspondía, y lo que terminó por desconcertarla fue la cadena dorada que le colgaba del bolsillo.

Un caballero de esa planta no podía permitirse un reloj de oro. Ágata lo miró a los ojos.

—Perdone, pero prefiero ir sola.

—Insisto —dijo él tenso, como si apretara la mandíbula.

Justo cuando iba a agarrarla del hombro, una mano mucho más grande se lo impidió.

—Cuánta amabilidad —dijo una voz grave y sarcástica.

Cuando Ágata se giró, descubrió igualmente al hombre más alto y corpulento que había visto en su vida. De él le aterró su sonrisa. El hombre que había querido acompañarla aulló de dolor mientras el que acababa de aparecer le retorcía la muñeca.

—Hay que desistir cuando una mujer te dice que la dejes tranquila.

Aprovechando que Ágata había levantado la cabeza para mirarlo a la cara, él también pudo descubrirla bajo el ala de su sombrero.

Sus ojos de evidente color avellana le parecieron a Ágata dos cornalinas.

Otra piedra de faraones de un tono naranja compuesto, entre otros, de un intenso color carmesí que podía competir con los rubíes.

«Una mirada de fuego». Cuando el hombre estudió cada detalle del rostro de Ágata, su mirada se templó.

Del fuego más abrasador pasó a un atardecer en calma.

«¿Ámbar?». Al arquear las cejas, Ágata se dio cuenta de lo oscuras que parecían en contraste con la luminosidad de su cabello castaño de reflejos cobrizos.

Por fin devolvió la atención al sospechoso, al que le sacaba una cabeza. Le levantó una manga y descubrió en su antebrazo un tatuaje en forma de ave. Ágata se llevó la mano a la boca: solo los marineros y los maleantes tenían tatuajes.

—La banda de los Pichones —dijo con desprecio su salvador—. Y yo que hubiese jurado que no eras más que una rata inmunda…

—No sé de qué me está hablando —se defendió el otro.

El caballero le retorció el brazo con un simple gesto de muñeca, haciéndolo chillar.

—¡Anda!, pues sí, sí que eres un pajarraco cantor.

Tras un leve bufido, lo soltó de malas maneras.

—Largo —le gruñó amenazador, tanto, que el supuesto delincuente dio un traspiés hacia atrás.