Capítulo 12
Ágata y Aurelio regresaron al taller esa tarde en busca de la paz que les daba sumergirse en el trabajo; sin embargo, y a pesar de que con su padre habían zanjado la cuestión de la clienta italiana, considerándola una más de esas caprichosas que llamaban a su puerta, la joven no dejaba de darle vueltas a la identidad de aquella señora tan inusual.
Desde que la vio no le cupo duda de que era alguien importante.
Más allá de su refinado atuendo, llevaba un escudo bordado en las mangas; por tanto, debía de ser una noble, una a la que le sobraba el dinero y el tiempo y estaba dispuesta a invertirlos en una joya que ni siquiera había visto.
Por otra parte, la joven había reparado en que la italiana no llevaba ningún anillo; así que debía de estar casada.
Ágata sabía que era una imprudencia volver a sacar el tema, pero la curiosidad era más fuerte que ella.
—¿Cómo habrá dado con el taller la mujer de esta mañana? Aunque también es cierto que desde que recibimos la visita de su amigo François, del mentor del rey y del protegido del duque de Montpensier hace dos años, nuestro negocio no ha dejado de estar en el candelero.
—Qué lástima que solo te acuerdes de Raimundo por eso.
—Seguro que ahora aprovecha para soltarme que me he condenado a la soledad.
Aurelio se giró hacia ella y la miró por encima de su lupa.
—No será porque lo hago mucho últimamente. Te quejarás.
—Pero sé que lo piensa.
—Porque eres mi hija, y algún día yo no estaré.
Ágata tragó saliva con dificultad. Sabía que podía arrepentirse, aun así, lo dijo:
—Intentamos sumar un miembro a esta familia, y ya ve cómo salió. Por su culpa.
La joven apartó la mirada. Hacía mucho tiempo que ella y su padre no hablaban de Velasco. Casi tanto como de la posibilidad de que se quedara soltera.
—Hija —la amonestó él.
—Padre —le desafió ella.
Ágata era consciente de que últimamente saltaba a la mínima, pero en ese momento le dolió que su padre se lo reprochara.
—¿Tanto le molesta cómo soy?
Aurelio inspiró profundamente, ladeó la cabeza. Sonrió y anduvo hacia ella. Después le acarició el flequillo con mimo, igual que hacía cuando era pequeña.
—Yo estoy encantado de cómo eres, Ágata, pero no tengo tan claro que tú pienses lo mismo. Cuando domes ese carácter, serás capaz de dominar lo que sea.
Ella lo miró desde abajo y él le acarició la mejilla.
—¿Por qué no vas a comprar un poco más de cera para hacer nuevos moldes?
Ágata asintió en silencio. Supuso que solo le estaba dando una excusa para salir a despejarse.
Antes de marcharse por la puerta del taller, miró a su padre de nuevo, pero Aurelio ya estaba de vuelta en su puesto, encorvado, como acostumbraba.
Ágata se sintió una niña otra vez al contemplar esa imagen que le recordaba el destino que siempre había querido alcanzar.
Se demoró en el recado por una mezcla de desgana y rebeldía. Fue a buscar la cera a la calle del Peligro para tener una excusa con la que poder atravesar la Alameda Principal.
—¿Una italiana de mucho nivel? Si hubiese alguien así por Málaga, ya nos habríamos enterado —le respondió Juana Crooke con el desdén habitual.
Iba del brazo de su marido Marcos Gross y apenas se había dignado a detenerse cuando Ágata se animó a preguntarles en pleno paseo.
Desde que los marqueses de Loring se habían trasladado a su residencia de Madrid, los Larios y los Crooke eran los anfitriones oficiales de cualquier persona importante que pisase Málaga.
Como la fiesta de esa noche a la que no habían sido invitados ni ella ni su padre.
Ágata se sintió muy estúpida por haberse prestado al desplante, igual que se culpó por alimentar ese estado rayano en la locura.
Esa misma tarde, al salir de la vivienda, le pareció que la observaba desde la acera de enfrente un hombre con una cicatriz sobre la ceja izquierda.
Sin embargo, el caballero cruzó la calle y abrazó a una mujer con sombrero, que era a quien debía de estar mirando.
Eso se reprochaba mientras acariciaba los arbustos de clavellinas del portón de la casa, en esa época del año más verdes que floridos.
Le dio la sensación de que la higuera se estremecía con el tacto de sus dedos envueltos en encaje y dicho estremecimiento le produjo una inquietud extraña en el alma.
Cuando llegó al patio, la sensación se agravó.
Un escalofrío le recorrió desde la punta de los pies hasta la nuca.
Reparó en el silencio sepulcral. Vio trozos de macetas y cristales desperdigados por el suelo, como si alguien hubiese corrido por la vivienda sin prestar atención.
Los Bereton seguramente estaban en la fiesta de Juana Crooke y por tanto el servicio habría aprovechado para salir.
No obstante, a Ágata le abrumó la quietud. Algo pasaba.
—¿Padre?
No hubo respuesta. Ágata ascendió los peldaños a toda prisa. Encontró por el camino más desperfectos y objetos rotos, pero cuando vio la estancia del piano, se le cayó el alma a los pies. El saloncito estaba patas arriba.
—¡¿Padre?!
Ágata corrió escaleras arriba para llegar al taller lo antes posible, desesperada por dar con su padre.
Pero no fue necesario. Se lo encontró derrumbado a medio camino.
Ágata, espantada, se llevó las manos a la boca.
Aurelio Guirado tenía varios cortes en la cabeza, parecía haberse golpeado al caer por las escaleras.
La sangre color escarlata manaba desde la base del cráneo y descendía por los peldaños.
Ágata se arrodilló al lado de su padre y trató de incorporarlo.
—¡Padre…! Dios mío. ¿Qué ha pasado? ¡Ayuda, por favor!
Fue un grito absurdo. No había nadie en la casa, nadie la escuchaba.
Ágata acariciaba el rostro de su padre, el encaje negro de los guantes quedó impregnado de su sangre.
Presa del pánico, dirigió la vista hacia el taller, que estaba igual de revuelto que la biblioteca y el saloncito.
Los pensamientos se sucedían muy deprisa, como en un despiadado ataque de vértigo: el arcón, la caja, el anillo, Velasco, la italiana, su padre malherido en sus brazos.
Maldijo el momento en que abrieron la caja. Una idea nítida se abrió paso en el abismo: «No ha sido un accidente». Con los ojos enrojecidos por las lágrimas y por el dolor, se inclinó hacia Aurelio.
—¿Quién le ha hecho esto, padre?
No supo siquiera cómo le salió la voz, pues sintió la ira fundiendo cada sílaba. Claramente moribundo, Aurelio apenas fue capaz de separar los párpados.
—¿Á… Ágata? No, Margarita… ¿Eres tú?
El llanto de Ágata se volvió incontrolable. Le cubrió las mejillas y le nubló la visión, impidiéndole ser testigo de cómo el joyero luchaba a duras penas contra la muerte. Solo fue capaz de abrazarlo y mecerlo contra su pecho, como él siempre hizo con ella cada vez que necesitaba de su consuelo.
—Sí, padre, madre y yo estamos aquí. Estamos aquí con usted —dijo la hija del joyero en un susurro compungido—. Aunque estemos solos.
Aun así, Ágata gritó. Lloró, imploró y gritó.
Pero nadie acudió en su ayuda.
Ágata estaba sola.