Capítulo 11
El invierno había empezado pronto. Un frío insólito se dejó caer por las calles malagueñas; en la Alameda Principal cada vez había menos paseantes, que preferían el cobijo de sus hogares.
Ágata acababa de cumplir veintidós años y el dinero seguía sin ser algo importante para ella, el único motor de su existencia era el trabajo.
Su padre se había rendido: no habían vuelto a abordar la cuestión de la herencia del negocio, tampoco la del matrimonio de la joven. Se quedaron en un punto muerto.
Las primeras semanas tras la partida de Velasco fue incómodo justificar su ausencia ante su clientela habitual, compuesta por un variopinto séquito de admiradoras.
Ágata escuchó con el corazón en un puño la excusa que Aurelio inventó y repitió: «El joven Espíndola ha emprendido su propia aventura».
Más de una de sus devotas lloró desconsolada al recibir la noticia, pero fueron más los progenitores que celebraron su marcha.
Ágata estaba convencida de que Velasco habría estado orgulloso de la huella que había dejado en Málaga.
En cambio, en ella y su padre provocó un vacío doloroso, agravado porque desconocían su paradero y nunca recibieron ni una mísera carta a su nombre.
Con el paso de los meses, que se convirtieron en años, el viento se llevó la esperanza de volver a verle.
La hija del joyero evitaba pensar en él y sabía que su padre lo recordaba cada vez que esmaltaba una joya. Ágata se culpaba por lo ocurrido.
Desde muy niña, su único propósito era dedicarse a la joyería, sin moverse de su rincón del taller Guirado.
Era lo que hacía cada día, desde que despuntaba el alba hasta que el sol se ponía.
Solo paraba para comer y dormir, salvo para algún paseo puntual que su padre le proponía.
Terminó por eludir el trato con los clientes, que dejaba por completo a Aurelio.
Así que, técnicamente, Ágata podía darse por realizada, siempre que renunciara a que siguieran sin reconocerla como joyera.
Lo poco que salía, veía a muchas damas lucir las obras que ella misma había fabricado.
Además, dado que el país llevaba tiempo en calma, el negocio gozaba de una estabilidad que no habían conocido nunca.
Sin embargo, a Ágata la invadía una amargura extraña, esa que sobreviene solo cuando nada ocurre. Ni malo ni bueno. Una quietud corrosiva para quienes albergan un alma inquieta.
«Triste rutina, ponzoña de soñadores», pensaba esa mañana de invierno mientras trabajaba en el taller con la espalda bien erguida por el corsé, cada vez más ceñido, y la lupa de joyera colocada en el ojo derecho.
Observaba los detalles minúsculos que había grabado en la cabeza de un alfiler.
Su propósito sería decorar solapas de chaquetas, por lo que debía tener el tamaño justo para llamar la atención sin destacar demasiado.
Ágata lo sostenía con los dedos negros, después de pasarse toda la mañana cincelando y puliendo.
En ese momento se centraba en que la boquilla en forma de espiral de hiedras ascendiera rítmicamente para culminar en las puntas que sostendrían la gema protagonista, un brillante redondo de veinticuatro facetas, que debía quedar bien suspendido por la parte inferior hasta el filetín para dejar pasar la luz.
La hija del joyero imaginó qué habría dicho Velasco.
Él se había especializado en jugar con los pulidos, las texturas y los colores, mientras que Ágata siguió la estela de Aurelio en cuanto a respetar la relevancia de las piedras preciosas, dándole prioridad por encima de su propia habilidad.
«Siento lástima por ti. Te conformas con ser la sombra de tu padre». Las palabras de Velasco resonaron nítidas en su cabeza.
Ágata apretó en exceso el alicate. Una de las garras que sostenía el brillante se curvó demasiado y arruinó la delicada enredadera del alfiler. La joven resopló ofuscada.
Se alegró de que Aurelio no estuviera y viera cómo ella perdía los papeles sin razón aparente. Harta de autocompadecerse, se lavó las manos en la pila con agua y jabón, se colocó sus guantes de encaje y bajó a distraerse un poco.
Entonces le llegó una melodía inesperada desde la biblioteca.
Alguien estaba cantando. Una voz femenina, extraordinariamente hermosa y animada, que le puso la piel de gallina.
Que Ágata supiera, no había nadie en la casa: no había sonado la aldaba de la puerta ni Clemente había anunciado la llegada de ningún cliente.
Decidió asomarse para averiguar qué estaba sucediendo.
La mujer siguió cantando por lo bajo sin reparar en su presencia.
La joven joyera se quedó prendada de los volantes bordados de su opulento vestido esmeralda de falda abullonada, que se estrechaba en su cintura, o de su elaborado sombrero de estilo parisino; pero lo que más la desconcertó fue su forma de moverse, sigilosa y sinuosa, como una serpiente.
La intrusa le dedicó un vistazo engreído al retrato de su madre que sacó a Ágata de su estupor.
—¿Quién es usted?
La dama dejó de cantar, pero apenas se inmutó, como si estuviese deseando que alguien se percatara de su presencia. Se dio la vuelta con teatralidad y esbozó una amplia sonrisa de dientes blancos y perfectos.
—Oh, ¡buenos días, querida!, tú debes de ser la hija del joyero.
Ágata palideció. «Peridoto». Ni siquiera tuvo que pensarlo.
Nunca había visto unos ojos más verdes ni tan luminosos, como dos peridotos tallados.
Los faraones adoraban los peridotos, la piedra del sol, asociada a la diosa Isis, por su belleza, y también la tenían por la gema protectora de los malos deseos, especialmente la envidia.
Ágata se preguntó si esa mujer no sería la mismísima diosa de la envidia encarnada.
Había visto bellezas insólitas, pero ninguna podía competir con la de ella.
Tenía un rostro perfecto de rasgos equilibrados, dulces y atrevidos a la vez, sus cabellos eran dorados como el trigo, al tiempo que deslumbrantes como la nieve, lo cual hacía destacar aún más con el verde oscuro de su vestido, su sombrero y su mirada. No fue capaz de determinar su edad.
La mujer sonrió todavía más al percibir la fascinación. Anduvo hacia Ágata contoneándose del mismo modo que cuando se creía sola.
—Me habían hablado de la singularidad de este negocio —dijo clavándole su mirada hipnótica con un meloso acento italiano—, pero no esperaba encontrar algo tan lindo como tú.
—Yo sigo sin saber quién es usted.
—Supongo que una potencial clienta. ¿Está el maestro Guirado en casa?
—Ha salido.
—Vaya, en ese caso esperaré.
—Puedo atenderla yo.
La mujer ladeó la cabeza, curiosa.
—En otras circunstancias me encantaría distraerme contigo, pero me temo que lo que vengo a buscar solo puede dármelo un joyero de este taller.
—Yo soy joyera de este taller.
—Digo un joyero de verdad, querida.
Ágata alzó el mentón. Con los años había perfeccionado su habilidad para analizar a las personas, y con esa mujer se le dispararon todas las alarmas. Intuyó que la desconocida estaba buscando a su padre por algo más complejo de lo que alcanzaba a imaginar.
—Qué suerte para usted que acabe de llegar, señora.
Aurelio Guirado se quitó el sombrero y la italiana, en un alarde de exuberancia, se dirigió a él con la mano en alto para que él se la besase.
—Encantadísima, caballero. He hecho un largo viaje solo para conocerlo.
—Espero que no haya venido desde Italia, no merezco tanto esfuerzo, señora —respondió cortés sin dejar de mirarla a los ojos.
Ella, manteniendo la sonrisa, se llevó la mano a sus pendientes de diamantes con forma de pera en un gesto coqueto. Ágata no se había fijado en ellos hasta ese momento. Eran unas piezas magníficas, dignas de una reina.
—Ni vengo desde tan lejos ni son necesarias las presentaciones —señaló la dama—. De hecho, deseo que mi visita a Málaga sea fugaz y discreta. ¿Comprende?
—Como usted desee.
—Me complace, señor Guirado.
—No hasta que me diga qué requiere de mí, señora. —Le ofreció asiento—. Su español es estupendo, por cierto.
—Oh, considerado y halagador. Sí que me complace usted, y también cómo está conduciendo esta encantadora charla.
La señora se dejó caer en el diván como si se desmayara, aunque sin perder la compostura. Luego cruzó los tobillos a un lado con elegancia. Ágata empezaba a detestarla sin saber muy bien por qué.
—Bien, puesto que no parece interesada en prolegómenos, vayamos al grano. ¿Desea hacer algún encargo?
—Más bien, deseo adquirir una obra ya realizada.
—Eso es bastante inusual.
—Ese es mi nombre de pila. Puede dirigirse a mí así si lo desea.
—En este taller fabricamos piezas por encargo, señora inusual, la mayoría un poco arriesgadas, casi siempre destinadas a vírgenes y a cristos.
—Lo eclesiástico no podría interesarme menos.
Ágata chasqueó la lengua, lo cual pareció satisfacer a la dama.
—Vengo buscando una pieza muy concreta. Una joya que usted fabricó hace muchos años.
El rostro de Aurelio se tornó del color de la cera. Ágata no necesitó más para saber a qué se refería la mujer.
—Un anillo —dijo la italiana poniendo fin al silencio. Tras sus palabras, un frío aterrador se apoderó de la estancia—. Un toi et moi , un anillo dúo, con dos gemas desiguales. Seguro que sabe cuál es.
—No está a la venta —dijo Aurelio, categórico, y se puso en pie con la misma contundencia.
—¿Qué le parecen quinientos reales? —preguntó la mujer sin perder su amplia sonrisa imperturbable.
—Le he dicho que no está a la venta.
—¿Mil?
—Señora…
—Seis mil.
Aurelio dejó los labios entreabiertos y Ágata contuvo el aliento. Era la misma cantidad que había ofrecido Alfonso XII a François Mellerio por un medallón cuajado de diamantes de talla rosa para su querida Mercedes, a la que consiguió convencer de casarse con él.
—No está a la venta, señora.
Ágata ahogó una nueva exclamación cuando su padre negó rotundo por tercera vez.
—Estoy convencida de que podemos llegar a un acuerdo.
—Lo dudo.
—Todo tiene un precio.
—Esta joya no.
—¿Y el joyero?
—Aún menos.
Ágata contemplaba muda a esa mujer capaz de intimidar a un emperador.
Detectó un cambio en su sonrisa, en su mirada.
De la luminosidad del peridoto pasó a la opacidad de la malaquita, la gema de la fortaleza y la abundancia.
Tras unos instantes de silencio incómodo, la italiana se levantó con parsimonia, dio unos pasos hacia Aurelio y se inclinó cerca de su oído.
—Quiero ese anillo, señor Guirado. Cueste lo que cueste.
—No puede tenerlo.
—Eso ya lo veremos.
Y con esas palabras se marchó esa mujer que parecía decidida a adquirir el misterioso anillo a cualquier precio. Ágata, que tanto había sufr ido y perdido por esa joya, en el fondo deseaba que se la llevara. Era incapaz de comprender la obcecación de su padre por conservarla.
Ese mismo día, después de comer, padre e hija fueron a tomar un café a la sala del pianoforte de su madre y Ágata decidió preguntarle a Aurelio directamente:
—¿Qué es ese anillo, padre?
A la tenue luz de la tarde comprobó que el rostro del maestro joyero mutaba.
—¿Y por qué esa mujer lo quiere con tanto empeño? —requirió Ágata.
Aurelio, sin mirarla, tomó aire.
—No lo sé.
—¿Cómo sabe de él?
—No lo sé.
—¿Es posible que llegara a verlo?
—No lo sé.
—Por tanto, no siempre estuvo guardado.
—No.
La miró por fin.
—Pero muy pocos sabían de su existencia. Decidí esconderlo no mucho después de fabricarlo.
—Entonces es obra suya.
Ágata lo dijo con tanta admiración como sorpresa.
Quizá debería haberlo dado por sentado, pues era una pieza muy distinta al estilo habitual de su padre, que se caracterizaba por la sencillez.
En cambio, ese anillo estaba hecho desde el ego, desde una pasión arrolladora.
Exudaba atrevimiento. Ambición. Ágata lo captó al primer vistazo, su aura llegó a reflejarse en los ojos de Velasco, porque sin duda él debió percibirlo igual.
Ágata se sobresaltó cuando Aurelio le tomó la mano con delicadeza.
—Ha llegado la hora de que te cuente mi mayor secreto, hija. Solo espero que no me juzgues.
La hija del joyero lo escuchó atenta sin juzgarlo mientras hablaba. Jamás habría podido imaginar que hubiese semejante historia detrás del dichoso anillo. De lo que no le cupo duda era de que solo una insensata o un demonio ansiarían tener una joya así en su poder.