Capítulo 10 #3
Velasco siempre había sido un ópalo. No tenía una única tonalidad, sino muchas, tanta aureola brillante escondió siempre una textura oscura y profunda.
Destinado a provocar la perdición a todo aquel que lo mirase demasiado tiempo.
Comprobar que sus preciosos labios se curvaban con deleite removió a Ágata, sobre todo cuando se lo ofreció.
—Pruébatelo.
—¿Qué? Ni hablar. Bastante hemos hecho ya al abrir la caja.
—Por eso mismo. Acaba lo que has empezado, niña.
Ágata titubeó. Por alguna razón, seguía sin querer tocar esa joya. Aun así, alzó la mano, con el propósito de hacer caso a Velasco. Sus dedos estaban a punto de alcanzar el anillo cuando se abrió la puerta del taller. Aurelio se puso pálido como la cera al presenciar la escena.
—¡¡NO!!
Corrió raudo y destructivo como un vendaval para arrebatarles la caja y devolverla cerrada a su cajón. Necesitó un momento para recuperarse, como si ver el anillo lo hubiese aturdido y dejar de verlo le hubiera devuelto la entereza.
—¡¿Es que nunca pensáis en las consecuencias de vuestros actos?! ¡Os advertí de lo que pasaría si volvíais a tocar este mueble!
Los miró con los ojos muy abiertos y el rostro desencajado. Finalmente, se detuvo ante su aprendiz.
—Ha sido idea tuya, Velasco, ¿no es así? ¡¡Has puesto a mi hija en peligro!!
Puesto que no entendía su furia ni sus miedos, se dispuso a negarlo, pero se lo impidió un buen bofetón.
Velasco le rogó a Ágata con la mirada que interviniera.
Sin embargo, ella no dijo nada. Y no solo por el shock del golpe de Aurelio.
Esa vez fue Ágata quien enmudeció. Por temor, por incertidumbre, por venganza.
La incredulidad del muchacho la sacó de su estupor, pero antes de conseguir despegar los labios, Aurelio volvió a hablar:
—Márchate.
Velasco, consternado, buscó la mirada a su maestro, pero este le negó el rostro, no su desdén.
—No me hagas repetirlo, Velasco. Fuera ahora mismo de mi casa.
El joven dudó una vez más. Solo una vez más. Apretó los dientes y los puños, miró con odio a la hija, pero acabó rugiéndole al padre:
—¡Mejor! ¡No querría quedarme aquí ni un solo día más!
Velasco luchó por contener las lágrimas.
Antes de que Ágata pudiese balbucear una disculpa, su compañero abandonó el taller iracundo y padre e hija escucharon cómo abría los armarios para recoger sus pertenencias.
La hija del joyero notó cómo apenas se le escapaba un conato de voz, mientras el llanto bañaba su rostro.
Quiso hablar, lo quiso con todas sus fuerzas.
Después de unos minutos angustiosos, Velasco bajó de nuevo por las escaleras.
Se detuvo a la entrada del taller, solo para tomar aire.
Carraspeó, una vez más por evitar las lágrimas, e, irguiéndose en toda su altura, sin dedicarles ni una palabra, acabó por salir de la vivienda.
Aurelio permaneció inmóvil con los puños cerrados.
Desde la ventana, Ágata vio cómo Velasco se marchaba con una maleta en dirección al puerto para, como después les contaría Clemente, tomar un barco, aunque nadie supo decirles adónde.
Ágata y su padre se limitaron a dejarlo marchar. En el corazón de los tres reinaba la decepción.
Esa noche, la casa de los Guirado parecía un velatorio. La joven no se atrevió a preguntarle a su padre por el anillo, pues lo único que le importaba a ella en esos momentos era la profunda tristeza que había causado la marcha de Velasco.
—Usted sabe que fui yo, ¿verdad? —preguntó al fin.
Aurelio siguió comiendo sin responder.
—Usted sabe que fui yo quien abrió el cajón.
—Pero instigada por él.
—Eso no importa.
—Importa, hija. —La miró con los ojos todavía enrojecidos—. Te ha puesto en peligro.
—¿«En peligro»? —repitió escéptica al escucharle emplear esa expresión—. Padre, exagera usted, y como nunca. Un anillo no puede…
—¡No me discutas, Ágata!
La joven obedeció, pero porque estaba desconcertada y un poco asustada. El secreto que su padre tanto se afanaba en ocultar se había vuelto una fuente de gran inquietud.
—Me habéis defraudado los dos. Tú por desobedecerme y Velasco…
Si decidí convertirlo en mi sucesor fue no solo por su capacidad, sino también para acabar con tu obcecación con el taller, para que pudieras encontrar tu propio camino.
Pensaba que él te cuidaría hasta que llegara ese momento.
Pero se ve que es más fácil que un cesto de fruta se corrompa por una manzana podrida que un claro de sol purgue el cielo de nubes, hija.
—Yo no quería otro camino. Quería quedarme aquí para siempre, con usted —dijo Ágata ahogando un sollozo—. Y con él.
A pesar del rencor y de la rivalidad. Del resentimiento e incluso del odio. Por encima de todo, Velasco había terminado por convertirse también en su familia. Ágata lo comprendió cuando él se marchó. No volvería a verle porque calló cuando debió hablar.
—¿Adónde irá, padre?
—Se las arreglará, hija. La gente con ambición suele hacerlo.
Ágata lo sabía, pero le preocupaba que esa ambición hiciese desgraciado a Velasco. O que le destruyera. Igual que la de Ágata había destrozado eso tan especial que les unió durante tantos años. Aunque ninguno llegase a saber nunca qué era exactamente.