Capítulo 10 #2
—¿Y qué si estoy corrompido? ¿Y qué si quiero vivir libre y de forma holgada? ¿Y qué si me gustaría hacerme un nombre que nada tenga que ver con mis orígenes, sino con mis propios méritos? Ni siquiera tú has sido capaz de mirarme nunca así, niña mezquina.
Se quedaron a escasos centímetros de distancia mirándose a los ojos, a la nariz, a los labios. Captando cada detalle que los componía, fundiendo sus respectivos resentimientos como metal incandescente.
—Siento lástima por ti, Ágata —murmuró acariciándola con su aliento—.
Eres un desperdicio, en todos los sentidos posibles.
Podrías conseguir lo que quisieras, maldita sea.
—Levantó una mano, pero se abstuvo de tocarla—.
Has conseguido que hasta el protegido del duque más temible de España suspire por ti, pero tú te conformas con ser la sombra de tu padre.
—No. Es. Cierto. —Le clavó el dedo en el pecho puntualizando cada palabra—. Y si fuera verdad, tú me habrías quitado ese lugar, ¡tú!
—Sí lo es —rezongó, apoyando su frente sobre la de ella.
El gesto se asemejó más al desafío de dos toros bravos que a un contacto de afecto. Ágata tomó aire con dificultad mientras las lágrimas discurrían por su rostro.
—Bien que no quieres disgustar a mi padre.
—Tú sí que no quieres disgustarlo. ¡Tú, Ágata! —Se volvió a apartar para mirarla a los ojos de nuevo—. No eres capaz de enfrentarte a él en lo fundamental, que es reivindicar el puesto que desea darme a mí, ¡cuando es tuyo por derecho!
Las dos respiraciones aceleradas. Se habían acercado tanto, con tanta naturalidad, que no sabían dónde empezaba el uno y dónde acababa la otra. Pero hubo una chispa en la mirada de Velasco que la alertó. Nada la habría preparado para lo que él le propuso:
—Demuéstrame que me equivoco. A los dos. Demuéstranos que eres capaz de plantarle cara. Desafíale en lo que más te aterra.
No les pareció tan buena idea.
Cuando se vieron delante del cajón secreto de Aurelio Guirado, Ágata y Velasco sintieron que se les encogía el corazón.
Ambos aprendices contemplaron el único mueble de todo el taller que estaba prohibido tocar, con temor redoblado por la osadía de mirarlo con un propósito distinto. La rabia los había conducido hasta allí, el miedo ahora les hacía dudar. Y temblar.
Habían pasado muchos años desde que presenciaron cómo el maestro Guirado perdía los papeles con el chico por desobedecerle y nunca se les ocurrió poner su ira a prueba otra vez. Hasta aquel momento. Velasco miró a Ágata de soslayo, volvió la vista al frente y tomó aire.
—¿Ves cómo no eres capaz?
—Cállate. Tú también estás sudando como en pleno agosto.
—No soy yo quien lleva preguntándose por su contenido desde que era niña.
—Tú fuiste el que lo abrió.
—Fue más torpeza que malicia. ¿No crees que ya somos lo suficientemente mayores para no tiritar ante un simple arcón?
Ágata tragó saliva. Alzó sus dedos enguantados, los cerró. Volvió a abrirlos. Los contuvo una vez más.
—T-tal vez… —se lamió los labios resecos— deberíamos preguntarle antes.
—Tampoco te has atrevido —resopló—. Nunca lo harás. Como no le exigirás que te dé el taller en mi lugar.
Ágata apretó la mandíbula. Velasco tenía razón.
Harta ya de esa lucha sin sentido, la hija del joyero tomó el pomo y tiró del cajón.
El chirrido los dejó sin aliento. Ambos se quedaron muy quietos, como si el tiempo se hubiese detenido por completo.
Y miraron en su interior. No había más que papeles. Montones de papeles. Y la caja.
Ágata observó por encima los bocetos antiguos, descartados o definitivos, de muchos tipos de joyas, pero Velasco cogió la cajita, como si una fuerza inexplicable lo obligara a hacerlo. Antes de que Ágata pudiese opinar, Velasco la abrió.
Dentro había un anillo precioso, con dos piedras de considerable tamaño. Un diamante y un… ¿ópalo? Ágata se estremeció. El acabado en oro con la filigrana de diamantes diminutos resultaba muy hermoso. El diseño era desconcertante.
—Déjalo donde estaba —murmuró Ágata—. Ciérrala.
—¿Por qué? —preguntó Velasco sin dejar de mirarlo embelesado.
El diamante cautivaba, por su remate exquisito y por los múltiples destellos que devolvía, pero el ópalo daba un juego de colores impresionante al conjunto.
—Es el anillo más hermoso que he visto jamás —dijo el joven en un susurro—. Creo que tampoco había visto antes un ópalo engarzado de esta manera. Ahora que lo pienso, dudo haber visto ninguno todavía.
—Eso es porque se cree que traen mala suerte —le explicó Ágata—. Sobre todo a raíz de una novela de Walter Scott que extendió el rumor. Pero los ópalos siempre han simbolizado emociones intensas y los joyeros, de natural supersticiosos, son reticentes a emplearlos.
De hecho, le desconcertaba que su padre tuviese una joya semejante, y si bien le parecía algo extrema su actitud, no le extrañó tanto que la guardase en tan escrupuloso secreto.
Sin embargo, Velasco apenas escuchaba a Ágata.
Parecía hipnotizado por la belleza del anillo y por su aura misteriosa.
Entonces, Ágata lo observó a él, a sus ojos celestes que siempre la habían fascinado, deleitados por aquella joya, y el pensamiento la asaltó sin remedio.
«Es un ópalo».