La hija del joyero Capítulo 10
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Capítulo 10

La primavera alcanzó su cenit y Ágata se sumió en la oscuridad de la tristeza. Se sentía decepcionada por todo y por todos, y también traicionada. Por su padre y por Velasco. El silencio atronador del aprendiz fue peor que cualquiera de sus mofas.

En aquellos días en que la carcomían la rabia y la frustración, no se permitía siquiera pensar en que él además se había atrevido a besarla, porque estar herida también por eso h ubiera sido el colmo.

Procuraba evitar toda conversación con él durante el día, y cuando caía la noche, corría a refugiarse a su habitación.

Por las mañanas, madrugaba más que nadie e iba directa al taller a hundir la cabeza en su mesa.

A veces notaba ruido en la alcoba de Velasco, como si su compañero intentase adelantarse a ella para abordarla en el pasillo o intercambiar una mirada, pero para cuando el joven abría la puerta, Ágata ya había tomado las escaleras con brío.

Se había encerrado tanto en sí misma que incluso interrumpió la correspondencia con Raimundo, excusándose en que estaba muy atareada.

Esa tarde de mediados de mayo, Ágata y Velasco estaban trabajando en el taller solos.

Cuando se escuchó la puerta de la vivienda que daba a la calle Puerta del Mar, con el característico sonido de la aldaba de boquerón, ambos alzaron la cabeza a la vez, pues eso significaba que había llegado un cliente.

—Ya voy yo —anunció Ágata mientras se ponía en pie y se limpiaba las manos de tizne en un paño, dejando a Velasco con la palabra en la boca.

Desde aquella cena funesta, el joven había intentado hablar con ella muchas veces, pero ya había entendido que Ágata no estaba por la labor.

Incluso cuando le pedía ayuda en el taller con el triste pretexto de escuchar su voz, ella respondía escueta y cortante.

Mucho más que en la época de cuando Velasco acababa de llegar al hogar Guirado.

Aurelio era consciente, pero no la amonestó ni una sola vez. Velasco tampoco.

El mayordomo Clemente se adelantó a abrir la puerta para que la visita no aguardara en la calle. Ágata reconoció de inmediato a la anciana de bastón de verla por la Alameda. Era Dolores Fuensanta, viuda de un importante inversor de la fábrica de fundición gris de La Constancia.

—¿Puedo hacer algo por usted, doña Dolores?

La señora miró a Ágata despectiva, como si la estuviese atendiendo una criada.

—Deseo hacerle un encargo a don Aurelio.

—Mi padre no se encuentra en este momento, pero yo podría…

—En ese caso, llame a su discípulo Velasco. Qué joven tan encantador.

La mirada de Ágata se enturbió.

—Yo también soy joyera del taller Guirado, señora.

La mujer volvió a mirarla distante, se detuvo en sus manos cubiertas de suciedad y Ágata cayó en la cuenta de que había olvidado ponerse los guantes. Doña Dolores se apoyó mejor en su bastón y levantó la barbilla.

—Sí, ¿quién no sabe eso en esta ciudad? Y a quien no sea de aquí le bastará con mirarla, niña. Pero yo deseo encargarle un trabajo a su padre, así que ahorrémonos la incomodidad.

Ágata tomó aire, se hurgó en el bolsillo del faldón para extraer una pequeña libreta y un lápiz.

—Al menos puedo cogerle el encargo.

—Recadera, eso está mejor.

«Acaba de entrar una insulsa piedra pómez en mi casa y yo sin darme cuenta de que me va a raspar hasta el ánimo con su malaje», pensó en silencio.

—Mi hija la mayor y su esposo van a celebrar una cena por el aniversario de su boda en su palacio de Cuenca y deseo encargar una tiara para la ocasión.

—Estupendo.

—Quiero que lleve diamantes, turquesas, perlas…

Ágata puso los ojos en blanco.

—… que sea en plata bañada, y que pese poco. Estoy fatal de las cervicales. Deseo pagarlo en dos plazos independientes, pero quiero una misma cuenta.

—¿Dos plazos independientes, pero misma cuenta?

—Eso he dicho. Porque me la van a regalar mis nietos los gemelos.

Son orgullosos, así que cada uno quiere aportar su parte, pero por la misma razón no pueden permitir que una joya como la que yo deseo no se pague de golpe.

¿Qué dirían nuestros amigos y familiares?

Así que su señor padre, o usted misma, me es indiferente, deben preparar un único albarán.

Y, por supuesto, confío en que todo se haga con la mayor discreción; aunque sea en dos partes, ustedes cobrarán al contado, lo cual no es muy elegante precisamente, pero ¿qué lo es hoy en día cuando se habla de dinero?

Ágata sintió que le daba vueltas la cabeza. Vio que la señora se reía por lo bajo, así que su paciencia acabó por colmarse y se le escapó el tono hiriente:

—¿Está siendo tan estúpida aposta?

Doña Dolores dio un repullo y la miró incrédula.

—¡¿Me has llamado «estúpida»?!

—Eso he dicho —respondió con una sonrisa maliciosa—, pero, por si acaso, se lo dejaré más claro. Si tanto le molesta que la atienda yo, en lugar de ser tan irritante, señora, mejor búsquese otro joyero al que incordiar o que esté dispuesto a soportarla, si es que existe.

Los gritos escandalizados de la mujer acabaron por alertar a Clemente y a otros miembros del servicio, pero ninguno se atrevió a intervenir.

—¡Doña Dolores, qué placer verla! —exclamó Velasco al tiempo que irrumpía a la carrera en el patio.

Había oído las voces desde el taller. Sin pensárselo dos veces, tomó las manos de la señora y le dedicó su mejor sonrisa.

La que Ágata detestaba desde que lo conocía.

A doña Dolores, por supuesto, le causó el efecto contrario, y apretó las manos ásperas del aprendiz de joyero sin darle la más mínima importancia. Más bien, con estima.

—Ah, el señor Espíndola, qué alegría verlo, sí.

Doña Dolores cambió el rictus al instante y se volvió a Ágata con los ojos entornados.

—Menos mal que ha llegado, joven, esta muchacha es el colmo de la descortesía.

—¿Qué tal si le ofrezco un té y me habla tranquilamente de lo que desea encargar?

Velasco le acercó a la anciana un asiento cómodo y se quedaron allí, en el patio, casi una hora conversando.

Ágata permaneció todo el tiempo mirándolos de lejos, sin saber a quién de los dos odiaba más.

Cuando acabaron, Velasco ayudó a doña Dolores a levantarse y la acompañó hasta la calle, donde la aguardaba un coche de caballos; sin embargo, antes de marcharse, la señora miró fijamente a la hija del joyero.

—Es horrible que una moza se estropee las manos así.

Y el carácter —dijo la anciana dirigiéndose a ella—.

Yo fui esposa de un inversor del hierro, y el metal siempre ha sido mi vida, niña, pero las mujeres tenemos que saber dónde está nuestro lugar, y más cuando llegamos a cierta edad, que todavía es usted joven. Qué desperdicio.

—Muchas gracias por visitarnos, doña Dolores —zanjó meloso Velasco.

La hija del joyero se retorció los dedos, más furiosa que avergonzada por las palabras de aquella mujer de hierro oxidado.

Cuando cerraron la puerta y volvieron a quedarse los dos solos y en silencio en el patio principal, Velasco le ofreció a Ágata sus guantes de encaje evitando mirarla a los ojos. Ella se los quitó de la mano airada.

—Gracias por dejarme en ridículo —le dijo emprendiendo el ascenso al taller.

—Para eso te bastas sola.

Ella continuó de espaldas un rato más. Al final se giró y lo encaró por fin con sus ojos negros. Su inmovilismo acabó por exasperarlo a él.

—¡No sabes llevar un negocio, Ágata! Porque entiendes que esto es un negocio, ¿verdad?

Es necesario tratar con los clientes, ¡con personas!

, algo que está claro que tú detestas. Pero también hay que llevar las cuentas, cobrar lo justo e incluso un poco más, para que no todo se vaya en los gastos.

¿Te suena? ¿Alguna vez has pensado en ello?

¡No, claro que no! A ti solo te interesa el trabajo en el condenado taller.

Por eso el maestro prefiere que te cases, porque no aguantarías sola ¡ni una puñetera semana!

Velasco se arrepintió al instante de haber pronunciado esas palabras. Sobre todo cuando vio que los ojos de Ágata se humedecían.

—No tenía ni idea, Ágata.

Ella cerró los puños y la expresión de su rostro cambió mostrando su ira.

—Te juro que no sabía que el maestro se estaba planteando dejarme el taller —insistió Velasco.

—¿Por qué será que no te creo después del discurso que me acabas de soltar?

—Que tú no seas apta para dirigir un taller, y yo sí, no quiere decir que…

—No eres mejor que yo.

Él titubeó, así que ella bajó de nuevo los peldaños, despacio. Cuando se detuvo a su altura, toda la rabia que llevaba días conteniendo erupcionó como un volcán.

—¡No eres mejor joyero que yo! —bramó, y entonces una lágrima se escurrió por fin por su mejilla. Luego sonó más suave, pero con más peso—: Jamás serás mejor joyero que yo.

—Nunca ha sido mi pretensión. Como nunca se me hubiera ocurrido quitarte el taller, no sabiendo que es lo que más deseas.

—Entonces ¡¿por qué vas a quitármelo?!

Se produjo otro silencio. Ágata ahogó un sollozo.

—No dijiste nada cuando mi padre nos lo anunció.

—Ágata…

Intentó cogerle la mano, pero ella se la apartó de un tortazo.

—Mi mayor anhelo es viajar, Ágata.

—¡Tu sueño nunca ha sido viajar, Velasco!

Golpeó el jarrón que descansaba sobre el mueble más cercano, que se hizo añicos contra el suelo, pero Ágata lo ignoró y apuntó a Velasco con un dedo acusador.

—A ti solo te interesan dos cosas, el reconocimiento y el poder. Y te gusta sentirlos de todas las formas posibles, Velasco Espíndola.

Él tragó saliva, dolido por que ella lo llamase así.

—Primero fue con tu apariencia y tu habilidad.

Después vinieron las mujeres y el dinero.

Lo de descubrir el mundo es solo una pobre excusa para sentir el poder en todos los lugares posibles, sin permanecer en el mismo sitio el tiempo suficiente para que nadie se dé cuenta de tu realidad miserable. ¿Me equivoco?

Velasco gruñó. No iba a consentir que lo vapuleara aunque se lo mereciese.