La hija del joyero Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—Mi niñera sí que va a llenarse la falda de arena. Por mí puede marcharse.

Ella no le hizo caso y se recostó a su lado. Llevaban rato así cuando él volvió a hablar:

—Eres idiota por rechazar al protegido de un duque. ¿Acaso lo catalogaste de gema poco valiosa? Luego dices que soy yo el que juzga solo por las apariencias.

—Raimundo solo merece buenas palabras, bien lo sabes. Es amable y educado, no como otros. Y ya te dije que hace mucho que no catalogo a las personas como piedras.

—Tú sigues comparando con gemas a todo el que se te acerca, niña. Trataste de ser amable, pero nuestros tres invitados te resultaron tan indiferentes como los guijarros que componen esta playa.

—Plata, jade y almandino —dijo Ágata cortante.

Luego terminó lo que había empezado—: Don François es plata fina, porque, al igual que padre, tiene aura de metal noble más que de gema.

El señor Morphy es jade, porque, aunque apacible, es tan imponente como cualquier piedra preciosa de la más alta distinción.

Raimundo es almandino, un granate cercano a la espinela, que, a pesar de su brillo cálido, tiende a la opacidad. ¿Satisfecho?

Velasco estuvo a punto de decirle que sí, pero se limitó a sonreír. Jamás le confesaría que admiraba ese hábito suyo ni que anhelaba saber qué piedra le había asignado a él.

—Lo mismo da. Apreciemos o no a Raimundo, cualquier muchacha mataría por captar el interés de un joven con la fortuna que él va a heredar. Tarde o temprano tendrás que casarte, mejor con alguien rico.

Ágata resopló más hastiada que enfadada.

—Entre todos vais a conseguir que deteste el matrimonio con toda mi alma.

—Ah, pero ¿no era así ya?

—A estas alturas, a mí el matrimonio solo me molesta si supone una distracción o un impedimento para alcanzar mi sueño de ser joyera. En realidad, todas las mujeres se casan obligadas o por conveniencia.

—Por favor, sigue iluminándome con tu sabiduría de solterona —replicó Velasco volviendo a cerrar los ojos.

—A veces la dignidad debe estar por encima de todo lo demás.

—Quizá eso que tú llamas «dignidad» no sea más que simple estupidez.

—¿Qué quieres decir?

Velasco resopló, abrió los ojos y se giró hacia ella.

—Que a lo mejor no está tan mal eso de casarse por conveniencia. Juntándote con alguien de posibles no te faltaría de nada. Sobre todo, para financiar un negocio.

La joven se incorporó. Lo miró preocupada.

—¿Seguimos hablando de mí?

Velasco se encogió de hombros. Ella se tumbó bocarriba, otra vez levantando algo de arena al dejarse caer, y suspiró indignada.

—No puedo creerlo, Velasco. Sabía que te gustaba el dinero, pero esto que te estás planteando es despreciable. ¿Por eso te veo frecuentando a señoras cada vez más maduras?

Él puso los ojos en blanco.

—Al final sí que quieres terminar como tu padre.

—¿Qué tendrá que ver? —espetó el joven molesto.

—Usarías a las mujeres por un beneficio económico.

—Solo a una. Y me comprometería con ella, en la salud y en la enfermedad, y todas esas bobadas, ¿qué más le daría?

Ágata se tapó el rostro con las manos.

—La privarías a ella y a ti de algo mucho más importante.

—Esto sí que no me lo esperaba. —Alzó las cejas—.

Ágata Guirado, la que siempre había echado pestes sobre el matrimonio y prefería morir soltera antes que abandonar la joyería, resulta que sí cree en el amor, la familia y el hogar.

No deberías leer tanta novela sentimental, o acabarás como el Quijote, que se enamoró de la más fea tomándola por guapa.

—Para él era Dulcinea. Estaban predestinados.

—Eso es aún más absurdo.

—Pues es la única razón por la que creo que tiene sentido ligarse a alguien para siempre. —En eso estaba de acuerdo con su padre, aunque jamás lo admitiría ante él—. Qué rabia me da que no sepas verlo. Tú podrías elegir casarte por amor. O con quien tengas una relación ya asentada.

—¿A qué viene eso?

—Uf, déjalo. Por eso lo nuestro jamás funcionaría.

Notó que Velasco la miraba con intensidad.

—¿Es que quieres casarte conmigo? —saltó él más en tono de burla que de pudor—. Olvídate, niña, este diamante no te lo puedes permitir.

Ágata le arrojó arena a la cara. Velasco se carcajeó.

—Ni se me ocurriría —le gruñó ella—. No eres mi tipo para nada.

—¿Y tu tipo cuál es? ¿Lleva bigote y una jofaina por yelmo?

—De emparejarme, solo lo haría con alguien muy especial, tal vez sencillo por fuera, pero todo lo contrario por dentro. Tú eres todo lo opuesto, ¡idiota!

Se contemplaron otro largo rato en silencio.

—Mejor que no hablemos de mi interior. Y te equivocas con el amor, niña; al igual que el matrimonio, es una ponzoña letal. Si cabe, peor.

—Tanto hablar y luego te pasas el día entre besuqueos.

Velasco alzó las cejas y ella se sonrojó y cerró los ojos con fuerza.

—Un beso no es para tanto.

Ágata fingió que no le había oído. Después le desconcertó que no añadiese nada.

Hasta que sintió algo en los labios.

Cuando abrió los párpados de nuevo, se encontró con que Velasco la estaba besando. Con suavidad, pero durante el tiempo suficiente para constatarlo. Incluso después de que se apartara, ella continuó mirándolo a los ojos.

—¿Ves como no es para tanto? —murmuró él.

Al momento, Velasco se puso en pie. Ella tardó un poco más en reaccionar. Se levantó de sopetón, con el corazón desbocado.

«¿Eso es lo que soy? ¿Un juguete?», pensó Ágata recordando la conversación con su padre.

Velasco continuó avanzando por la arena, no parecía darle la más mínima importancia a haberle robado su primer beso.

Durante la cena, Ágata se encerró en un silencio ausente.

Solo escuchar la voz de Velasco provocaba un rubor palpable y denso en la hija del joyero, aunque se debía más al enfado que a la vergüenza.

Ella misma estaba sorprendida de su reacción.

Mentiría si dijera que nunca se había imaginado besando a Velasco; sin embargo, le había resultado más extraño que emocionante.

Y doloroso como rozar una vieja cicatriz por cerrada que estuviera.

Por proponer algo de lo que hablar, Ágata se atrevió a preguntar por el comentario de François Mellerio que llevaba rumiando desde su partida.

—Padre, ¿a qué se refería su amigo francés cuando dijo que a veces es necesario tomar decisiones discutibles por el futuro de una buena empresa?

Aurelio se puso tenso. Algo cambió en el ambiente. Sus discípulos lo miraron desconcertados, pues estaba claro que la joven había preguntado por un asunto inocente. El maestro joyero tomó aire y dejó su cuchara en el filo del plato.

—Creo que ha llegado el momento de que hablemos del futuro, sí. Del futuro de este taller.

Ella se giró rápidamente hacia Velasco, pero él fue el primero en arrugar el gesto. Aurelio miró a Ágata a los ojos.

—Hija, tengo la intención de convertir a Velasco en mi sucesor.

Los rostros de los dos jóvenes se transfiguraron fruto del espanto.