La hija del joyero Capítulo 9
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Capítulo 9

La primavera estaba alcanzando su esplendor en Málaga.

Esa mañana, Ágata trabajaba en un broche en forma de querubín y Velasco acababa de pulir unos pendientes de plata de diseño complejo sin gema alguna.

El aprendiz ungió un pincel fino en un líquido untuoso semitransparente que había fabricado él mismo, resina elemí, y depositó unas gotitas en cada incisión.

Cuando solidificaran, quedarían unas ligeras protuberancias que darían la apariencia de piedras engarzadas.

Cuando Aurelio vio aquella técnica por primera vez riñó a Velasco: una cosa era jugar con los pulidos y otra aplicar materiales ajenos a la joyería.

El metal no era como la madera, el vidrio o el óleo.

Pero Velasco le rebatió con muy buenos argumentos que podía obtener resultados bellos y cobrar más solo por la inventiva.

Todo venía del manual para doradores y charolistas al que tanto se había encariñado, desde las mezclas de pigmentos hasta los barnices, aunque la originalidad de experimentar era completamente suya.

Al final, Aurelio le dio el visto bueno para seguir explorando el oficio siempre y cuando sus clientas fuesen conscientes de cómo realizaba las joyas.

A Ágata le fascinaban los esmaltes de Velasco y se maravillaba cada vez que cubría los metales con lacas coloreadas; sin embargo, pensaba que aquello se alejaba de la joyería.

Continuó enfrascada en su serafín, que sostenía un rubí, protagonista absoluto de la obra.

Nunca unas alas fueron tan inútiles. La composición le pareció tan deprimente, que Ágata sintió ganas de romper con las cadenas que Aurelio le había impuesto desde niña.

Ella nunca había contado con su beneplácito para hacer lo que quisiera.

—Podríais aceptar la invitación de Raimundo al palacio de San Telmo —dijo de repente Aurelio poniéndose en pie—. Dicen que es tan grande que se pierde a la vista.

—Padre —suspiró ella—, no entiendo qué hace usted animándonos a acudir a la casa del duque malo.

Velasco guardó silencio.

—Hija, no lo llames así —la amonestó Aurelio—. Además, no iríais a ver al duque, sino a su ahijado. Piénsalo. Sevilla es una ciudad realmente bonita.

—Ninguna ciudad será para mí nunca mejor que Málaga —susurró Ágata después de que Aurelio abandonara el taller.

—Eso lo dices porque no has estado en otra —respondió Velasco a voz en cuello.

Ágata se giró para encararlo. El muchacho seguía inclinado sobre su mesa con la lupa puesta de espaldas a ella.

—Y tú lo dices porque te gustaría estar en cualquiera menos en esta.

—Ya sabes que sí —le respondió seco y se volvió hacia ella—. Solo espero el momento oportuno para abandonar Málaga.

Ágata lo fulminó con sus ojos negros y enseguida regresó la vista a su serafín.

—No sé cuál es ese momento. Doña Cerelia falleció hace tiempo, ¿qué te ata aquí? ¿Tal vez tu horda de admiradoras adineradas? Seguro que podrías hacer una colecta para que entre todas te paguen tu ansiado billete sin retorno.

Oyó cómo él arrastraba su taburete y los pesados pasos que lo situaron a su vera. Se había guardado la lupa, y las aguamarinas de sus ojos la abrasaron crueles.

—¿Crees que somos diferentes en eso? Ni siquiera a ti te ata nada aquí. Tú sientes por esta ciudad un amor que jamás te ha devuelto. Si algún día te marchas, te aseguro que Málaga no te echará en falta lo más mínimo, niña.

Dicho eso, Velasco también salió por la puerta y la dejó sola en el taller. Con su dolor y su frustración, pues no quería creerle. No podía.

Días después, mientras paseaban al acabar la misa del domingo por la Alameda Principal, Aurelio Guirado continuaba insistiéndole a su hija para que cuidase su amistad con Raimundo Ulloa.

Ágata empezó a pensar que a lo mejor su padre deseaba deshacerse de ella, y agradeció que Velasco no estuviese presente.

—Tal vez Raimundo solo sea el inicio del camino. ¿Quién sabe si sus amistades te conducen a otro lugar, hija? Uno insospechado.

Ágata hizo de su boca una fina línea, pero no por lo que Aurelio imaginaba.

Raimundo le había contado en persona que Sevilla no era ni mucho menos el ambiente más convulso de las intrigas aristocráticas.

«Madrid es mucho peor», le había asegurado el joven Ulloa.

Él había estado en el Palacio Real un par de veces y también conocía la corte de París, y su telaraña de ambiciones lo dejó realmente abrumado.

Ágata se había prometido que ella procuraría mantenerse bien lejos de todo aquello.

Una buena joyera debía aspirar a tener los mejores clientes, pero ni el más gustoso encargo compensaba relacionarse con gente peligrosa, y la ambición siempre conllevaba peligro.

—«Insospechado» implica también lo malo, padre. Esas «amistades» de Raimundo podrían ser un problema —dijo Ágata tajante—. ¿Hace falta que le recuerde la tensión que causó su presencia en la fiesta de la Concepción o cómo nos miró la marquesa de Loring al hallarnos en su compañía?

Aurelio Guirado dibujó una sonrisa tan pícara que indignó a Ágata.

—No le reconozco, padre. Usted siempre ha sido un hombre discreto en cuestiones controvertidas; cada vez que alguien hablaba con ardor, usted prefería templar o guardar silencio. Y ahora no solo recibe figuras polémicas bajo su techo, sino que anima a su hija a confraternizar con ellas.

—Tú lo has dicho, Ágata, devolvía templanza porque recibía ardor.

No incentivar el conflicto es muy diferente a carecer de opinión, hija, pues nunca es buena idea echar más leña al fuego cuando las ascuas son altas.

Solo hay una cuestión por la que merece la pena pronunciarse, y es la concordia.

Lo que me gustaría transmitirte, Ágata, es que si elijes intervenir en algún asunto, nunca lo hagas con odio, sino desde la serenidad y el conocimiento.

La joven no fue capaz de replicarle. Su padre era su maestro de oficio y también de vida. El joyero se detuvo un momento y le acarició la mejilla con el mismo amor que cuando era una niña.

—Insisto en que necesitas hacer más amistades, hija. El joven Raimundo es encantador, y quién sabe dónde puede estar tu futuro.

Ese comentario acabó por romper la poca entereza de su ya maltrecho corazón.

—¿Por qué me sigue torturando con la idea de dejar el taller Guirado, padre? Yo solo quiero que me deje hacer lo que me plazca, como se lo permite a Velasco.

—Ambos sabemos que tú también haces lo que quieres, Ágata. Y no deseo torturarte con que te vayas, solo… —suspiró sacudiendo la cabeza— solo me gustaría que lo intentaras, hija.

—¿El qué?

—Encontrar a alguien con quien compartir la vida.

—Tal vez todo se solucionaría casándome con Velasco —repuso ofuscada, sorprendiéndose a sí misma.

—No —dijo categórico Aurelio.

—¿Por qué?

—Velasco no es el hombre de tu vida, hija. Quizá sea alguien determinante, pero no tu destino.

—¿Cómo lo sabe?

—Los padres sabemos esas cosas.

Ágata calló y se alejó para tomar asiento en un banco de piedra a los pies de un cinamomo.

—De todas formas, solo lo planteaba como solución a sus propósitos y a los míos. Él no me interesa de ese modo.

—Ya —bufó escéptico Aurelio sentándose a su lado—.

Tampoco tú a él. Solo había que ver cómo recelaba al principio del pobre Raimundo.

Aunque se pasa el día tonteando por ahí, siempre ha sido muy protector contigo, pero los celos no siempre indican un interés real, hija.

Es como el niño que no presta la más mínima atención a su juguete hasta que alguien se lo quita.

La metáfora le dolió. «¿Eso es lo que soy? ¿Un juguete?». Se ruborizó y se cruzó de brazos.

—Ágata, tú mejor que nadie sabes que no porque una gema sea más bonita es más adecuada para una buena joya, que un cuarzo bien tallado puede lucir más en un colgante que un rubí con trazas.

—¿Me está queriendo decir que me busque un marido menos agraciado?

Aurelio estalló en carcajadas.

—No, hija, pero sí uno que case mejor contigo. Cada mujer tiene un diseño que le favorece y le es idóneo.

—A lo mejor se equivoca —dijo muy seria sin mirarlo—. A lo mejor sí que me pega Velasco como marido, porque así se quedaría usted tranquilo con lo de casarme y yo no tendría que renunciar a la joyería, pues ambos seguiríamos siendo joyeros del taller Guirado, ¿no?

Aurelio negó rotundo y un poco frustrado.

—No os llevaríais bien, hija, de verdad.

Entre vosotros hay más confrontación que complicidad.

Por no hablar de la envidia, que nunca ha sido buen alimento para los amantes.

Desde que tu madre nos dejó supe que era mi deber inculcarte la importancia del matrimonio, pero nunca he querido que me malinterpretes, no se trata de que te cases con cualquiera que te haga el avío.

¿O has olvidado que se lo prometí a Margarita?

Yo quiero que experimentes lo que tuvimos tu madre y yo.

Un amor tan grande por otra persona que dejarías el taller por sus brazos, que sería tu verdadero hogar.

—El taller es mi hogar, padre —lo cortó ella.

Se miraron con prudencia, luego ella dirigió la vista al intenso cielo azul malagueño.

—El taller es mi vida. Si de verdad existe un hombre por ahí que me pueda hacer querer dejar el taller, aunque sea por un segundo, prefiero no conocerlo nunca.

Esa misma tarde, su padre les pidió a ella y a Velasco que fuesen al muelle a encargar una nueva partida de sepias de las que extraer la concha para fabricar moldes.

Se cruzaron con varios cenacheros recogiéndose de su aventura diaria por las calles malagueñas, con los cenachos de esparto ya vacíos.

Tras acabar el recado, y sin mediar palabra, Velasco se separó de Ágata, se descalzó, se remangó los pantalones y anduvo hacia la orilla de la Malagueta.

Se tumbó en la arena y cerró los ojos, como si estuviera esperando la caída de la noche.

Ágata inspiró profundamente el perfume marino, queriendo colmarse de la serenidad de Málaga.

—Te vas a llenar el traje de arena, y no quiero escuchar tus lamentos después.