Capítulo 8
Tras la velada en la finca de la Concepción llegaron las explicaciones en el desayuno.
François Mellerio le había ocultado a Aurelio Guirado quiénes eran sus acompañantes hasta su llegada a Málaga.
El maestro orfebre nunca quiso implicarse en asuntos políticos, y Ágata dudaba de que la mera presencia de François le hubiese hecho cambiar de principios.
Tampoco parecía que estuviesen tramando nada extraño.
De hecho, cuando Ágata descendió a las cocinas y se los encontró a todos a la mesa desayunando tan panchos, los temores de la marquesa de Loring le parecieron más que absurdos.
—Esto sí que es oro andaluz —dijo Guillermo Morphy rebañando el aceite de oliva de su plato con un trozo de pan—, y no lo que usted trabaja en su taller, señor Guirado.
Aurelio y François se carcajearon. Raimundo sonrió, aunque levemente, pues la mirada de Velasco le resultaba demasiado intimidante. Algo de razón tenía el joven sevillano, pues el aprendiz de joyero recelaba de su presencia igual que la mayoría de los nobles de Málaga.
Ágata se había quedado boquiabierta al saber que Raimundo María Ulloa había sido apadrinado por don Antonio de Orleans tras el fallecimiento de sus padres en una de las revueltas derivadas de la Gloriosa.
El duque de Montpensier debió de sentirse responsable y crio al huérfano de los Ulloa con sus hijas, puesto que el único varón de la familia era el duque de Galliera y vivía en Francia.
Ágata había detectado que el joven de diecisiete años tenía un curioso toque francés en su acento sevillano, pero más curiosa aún era la supuesta razón de su visita.
Costaba creer que su interés en la joyería o en los amigos orfebres de François Mellerio requiriera venir acompañado del gentilhombre Guillermo Morphy y que además ambos quisieran dormir bajo el techo de un simple artesano.
Una vez revelada su identidad, ya no tenía razón de ser la discreción y, sin embargo, ellos declinaron todas las invitaciones para hospedarlos de los marqueses de Loring y del resto de los nobles de la oligarquía malagueña.
Durante las siguientes jornadas, Aurelio, acompañado de François, se prodigó en explicaciones y demostraciones de todos los secretos de la orfebrería que los visitantes escuchaban fascinados.
Incluso Velasco venció sus reticencias iniciales hacia los visitantes y sucumbió a la bondad de Raimundo y al talento al piano de don Guillermo.
Sus invitados resultaban tan peculiares que costaba creer que su humilde padre y ella de verdad les suscitaran algún interés, pero la joven concluyó que la admiración construía puentes entre personas de distinta clase social.
François tenía previsto quedarse con los Guirado varias semanas, mientras que don Guillermo y Raimundo debían volver a Sevilla, pues el rey Alfonso XII se encontraba ese mes en el palacio de San Telmo de los Montpensier.
El mentor del rey les explicó que, incluso antes de ser coronado, don Alfonso deseaba restaurar la deteriorada relación con su tío el duque.
Ese acercamiento no solo no convencía a muchos aristócratas, como había dado a entender la marquesa de Loring, sino que había provocado la ira de Isabel II, quien había llegado a amenazar a su hijo con retirarle la palabra.
—Por más que el duque de Sesto o el resto de la nobleza le aconseje dejar las cosas como están, Alfonso insiste en que esta absurda enemistad entre su madre y su tío ha llegado demasiado lejos —les contó don Guillermo en la intimidad de la biblioteca de los Guirado una noche tras la cena, mientras fumaba un puro—.
Y como yo respaldé al rey, también me estoy granjeando antipatías.
Todos lo escuchaban atentos. Su postura iba contracorriente de la que había sido la opinión general esos turbulentos años.
—No obstante —prosiguió el señor Morphy—, he de reconocer que los argumentos de Alfonso no son muy sólidos. Presencié cómo le decía a la reina que su tío «para amigo puede no ser bueno, pero para enemigo es malísimo». ¿No es cierto, señorito Raimundo?
El joven, apurado, no acertó a responder, por lo que Ágata se animó a compartir su opinión:
—Quizá el rey pueda pensar por sí mismo. Si se le ha considerado maduro como para recibir la corona de España, también lo será para decidir quién está a su lado en esta nueva etapa de su vida.
La joven habló con más calor del recomendable, porque se lo tomó como algo personal. Ágata y el rey tenían una edad parecida y, pese a la evidente distancia de sus situaciones, por eso no le costaba ponerse en su lugar. Morphy la observó con el puro entre los dientes.
—Debería llevármela al Palacio Real para que aconseje a su majestad, señorita Guirado —dijo don Guillermo con una sonrisa—. Alfonso siempre está rodeado de mujeres, pero le hacen falta más personas de sinceridad descarnada como usted.
Ella le devolvió una sonrisa escéptica. Sabía que estaba exagerando.
Pocos caballeros tendrían a una mujer como asesora, menos un rey.
Guillermo Morphy le parecía tan sofisticado como perspicaz y directo.
No le extrañaba que Cánovas del Castillo le hubiera propuesto como preceptor.
Mientras Alfonso XII estuviese acompañado por personas inteligentes y juiciosas, el nuevo Gobierno funcionaría. Luego, Ágata volvió a mirar a Raimundo.
—Es un detalle que el rey se esté tomando la molestia de mediar por tu padrino y por el resto de la familia y allegados para que no sigáis sufriendo el rechazo o la animadversión de todo el mundo. El nuevo monarca parece un hombre cordial.
Raimundo se mostró agradecido por las palabras de Ágata, que Velasco había secundado asintiendo con la cabeza.
—Don Alfonso es un gran hombre que se está esforzando por mantener la estabilidad de su país, sí, pero pienso que todos sus esfuerzos con el tío Antonio son más bien por su hija María de las Mercedes.
A Ágata no dejaban de llamarle la atención las alusiones al polémico duque como «el tío Antonio» o «padrino», pero lo que Raimundo acababa de contar era aún más sorprendente. La expresión de su rostro empujó al joven sevillano a continuar hablando:
—Las ocasiones que he tenido el privilegio de tratar al rey he podido corroborar la fama de zalamero que tiene con las damas, sobre todo con las que le sacan algunos años, pero he de reconocer que cuando está con Mercedes…
parece otro. Siempre es encantador, y con ella lo es aún más. Su rostro se dulcifica.
Ágata intercambió con Velasco una mirada de sorpresa. El duque de Montpensier debía de estar encantado, su hija podría acabar ostentando la corona que él tanto había ansiado.
—¿Y ella? —preguntó Ágata.
—Ella —dudó Raimundo con una sonrisa comedida— no se lo termina de tomar muy en serio.
Sabe de sus amoríos en París y en el resto de las ciudades que ha pisado.
En cualquier caso, dicen que la reina Isabel está que trina, que no le gusta en absoluto que su hijo haya cogido el hábito de ir a Sevilla y que sigue detestando a mi padrino.
Supongo que ella espera que al rey se le pase el encaprichamiento.
—¿Tú también crees que se trata de un encaprichamiento?
Raimundo observó primero a Velasco, como si dudara responder estando él delante.
—Creo que tanto los hombres resueltos como los tímidos no podemos evitar que una joven ocupe nuestros pensamientos cuando la descubrimos singular.
Los orfebres y sus aprendices no tardaron en entender aquellas palabras entonces. Poco después de su partida a Sevilla, llegó la primera de muchas cartas de Raimundo Ulloa para la hija del joyero.
—Nada mal, niña —le dijo Velasco, con más chanza que malicia, la primera vez que vio cómo abría una de sus misivas—. Tu primer pretendiente ha resultado ser el protegido de un duque. Y no de cualquier duque.
Ágata tildó de absurda aquella ocurrencia, porque además Raimundo no tardó en mantener correspondencia también con Velasco.
—El duque de Montpensier jamás aprobaría que Raimundo pretendiera a una artesana como yo —rebatía Ágata descartando cualquier posible interés amoroso.
—Es su protegido, no su hijo —le recordaba Velasco acentuando su sonrisa—. Y ni el duque más temible de España sería capaz de negarle nada al buenazo de Raimundo.
La última noche de François en casa de los Guirado, Aurelio les contó que también tenía una carta de Raimundo.
—¿Cómo es que le escribe a usted? —se interesó el discípulo.
—Supongo que por las mismas razones que te escribe a ti, Velasco. Es tan importante conquistar a la pretendida como ganarse al suegro y al cuñado.
François se echó a reír.
—La vida siempre sorprende, querido Velasco.
¿Quién me hubiera dicho a mí, en mi taller de Madrid, que cuando fuera a Sevilla con el señor Morphy, el protegido del duque de Montpensier se prendaría de la orfebrería hasta el punto de acompañarme a Málaga a visitaros?
¿Y quién le hubiera dicho al joven Raimundo que aquí encontraría un tierno amor de juventud?
Velasco se atragantó y Ágata sintió que le ardían las mejillas desde su lado de la mesa. A diferencia de otras ocasiones, esa vez el joven no se rio. Ágata, empeñada en no dar alas a esa idea, la obvió e hizo una pregunta que le rondaba hacía días:
—Don François, nos ha hablado de su estancia en Sevilla y de cómo se ha ganado el interés del señor duque pese a que fueran usted y su hermano los joyeros predilectos de la reina, pero no nos ha contado por qué le acompañó el señor Morphy a Málaga.
El joyero francés se limpió la boca con su servilleta y ganó tiempo afilándose el bigote.
—Muy observadora, señorita Guirado. De seguro que usted también se lo pregunta, señor Espíndola.
Velasco se encogió ante aquel apellido y fingió indiferencia.
—El señor Morphy acompañó al rey a Sevilla con un propósito más importante que el de respaldarlo en su reconciliación con su tío, el mismo por el que aprovechó mi viaje a Málaga: para tantear los ánimos de la nobleza andaluza.
Lo de Raimundo y su interés por la joyería fue una extraordinaria carambola.
—Por cómo lo dice, casi parece que el señor Morphy ha utilizado a Raimundo.
—A veces es necesario tomar decisiones discutibles por el futuro de una buena empresa, ¿verdad, Aurelio? Más si una hija acaba dejando el nido antes de lo sospechado.
¿Estaban hablando de Mercedes de Orleans? Eso desconcertó a Ágata, sobre todo porque, aunque François se dirigió a su padre, lo hizo mirando a Velasco.
La hija del joyero continuó dando vueltas a las palabras del amigo de su padre mucho después de que regresara a Madrid, a pesar de que bastante tenía con seguir recibiendo las cartas de Raimundo sin estar dispuesta a corresponderle en términos distintos a una buena amistad.