Capítulo 7 #3
—¿No son hermanos? —preguntó Raimundo.
—Prácticamente —respondió ella.
—No —dijo Velasco a la vez.
Los dos aprendices se miraron reprochándose sus respectivas contestaciones.
—Ágata es mi hija —medió Aurelio—; Velasco, mi aprendiz. Aunque ya es como un hijo para mí.
Velasco se emocionó al oír las palabras de su maestro y Ágata desvió la vista al suelo incómoda, gesto que no pasó desapercibido al joven Raimundo.
Justo entonces se aproximaron Juana, Marcos, Matilde y Lucas, seguidos de doña Augusta y doña Hortensia.
Todos querían felicitar a Velasco, pero entre halagos y agradecimientos, Juana volvió a burlarse de Ágata por su compañía:
—Qué alegría que hayas encontrado a alguien con quien hablar, querida Ágata.
—Juana —la riñó su tía Augusta—, ¿qué te he dicho de ese retintín mordaz?
—¿Podemos saber quién es? Porque el caballero debe ser don François Mellerio, joyero predilecto de doña Isabel II, ¿verdad? Nuestro padre hablaba mucho de él… cuando se podía.
Al ver que los maestros orfebres dudaban con cara de preocupación, Ágata intervino:
—Cómo no, Juana. Te presento a Raimundo, apadrinado de un político de Sevilla intenso y de carácter sincero.
Raimundo le dedicó una sonrisa ladeada a la hija del joyero por el guiño a su relato. Velasco frunció más el ceño al presenciar esa muestra de complicidad.
—Jamás había escuchado una definición más elegante y exacta de don Antonio. ¿Acaso lo conoce usted, señorita?
Todos se giraron y se encontraron con los marqueses de Loring, doña Amalia y don Jorge.
El hombre que había hecho la pregunta rondaba los cuarenta años, estaba calvo y lucía una barba distinguida, su expresión exudaba inteligencia.
Ágata dedujo que debía de ser el embajador que había acompañado a François y a Raimundo y con quien Jorge Loring estuvo conversando en su despacho, y «don Antonio» debía de ser el padrino de Raimundo.
—Qué bien que haya entablado una amistad tan avispada y atenta en mi ausencia, señorito Raimundo.
—Qué menos que atender a los invitados de mi padre, señor…
—Puede llamarme Guillermo. Así que usted es la hija del joyero Guirado.
—La señorita Guirado tiene talento para ver más allá de las personas, señor Morphy.
Todos los presentes dieron un respingo al escuchar el nombre que acompañó las elogiosas palabras de la marquesa, sobre todo Velasco.
—Yo misma reconozco que estoy algo contrariada por la presencia de este joven en Málaga, por más respeto que deba guardarle por cortesía. De ahí que los invitara a mi finca cuando supe que vendrían a la ciudad.
—Es usted tan implacable como dicen los rumores, señora marquesa —replicó el caballero—. Insisto en que nuestra presencia en su querida Málaga no tiene otro fin que el mero esparcimiento.
—Esparcimiento —repitió ella cortante—, ya.
La marquesa dedicó tal repaso a Raimundo que el joven se echó a tiritar.
—Una cosa es la prudencia y otra la desconfianza injustificada, doña Amalia —replicó el señor Morphy con las manos a la espalda—.
Acabo de explicarle al marqués de Loring que yo fui el que le propuso al señorito Raimundo aprovechar la visita de François Mellerio para que conociera la joyería malagueña.
Si cree que puede haber otra razón, le diré que su excelencia el duque no estaba tan entusiasmado con que su ahijado saliera de Sevilla.
—¿El… duque? —repitió Juana.
Fue la única que consiguió articular palabra pese a la estupefacción.
—No tiene usted que avergonzarse de la familia que lo acogió, señorito Raimundo —dijo el señor Morphy dirigiéndose al muchacho y luego al resto de los presentes—. Y ahora menos que nunca, pues mi alumno desea restaurar los lazos perdidos en el pasado. Se puede ser discreto sin sentir vergüenza.
—Ya que usted mismo ha decidido pregonarlo sin vergüenza a los cuatro vientos, señor Morphy —intervino doña Amalia—, terminaré de hacer las presentaciones oportunas.
Damas, caballeros, jóvenes, por si alguno de ustedes no ha oído hablar de él, este es don Guillermo Morphy, gentilhombre y preceptor de su majestad Alfonso XII.
Y este joven es Raimundo María, heredero de los Ulloa, unos de los mecenas de las artes más importantes de Sevilla.
Don Antonio de Orleans lo apadrinó en su orfandad.
Qué considerado su excelencia el duque con quienes lo apoyaron en su traición contra Isabel II, ¿no?
Igual que usted ahora, don Aurelio. —Se volvió acuciante la marquesa hacia el orfebre malagueño—.
Para ser un artesano que asegura no querer postularse ante ciertos asuntos, ha acogido en su casa tres frentes bastante polémicos: el que fue joyero predilecto de Isabel II, el instructor más independiente del rey actual y el ahijado del único familiar que desea arrebatarles la corona.
Ágata miró a Raimundo perpleja. ¿El «político» de Sevilla era el duque de Montpensier, cuñado de la reina Isabel II y su mayor conspirador?
«No puedo creerlo», se dijo. Llevaba toda la noche conversando con el protegido del que todos llamaban el «duque malo».