Capítulo 7 #2
La voz de su padre fue una verdadera alegría para la muchacha.
Al girarse, lo encontró flanqueado de la tan esperada compañía.
Al final eran tres. Se preguntó por qué la aristócrata habría pensado que serían cuatro.
Su padre iba acompañado de un caballero maduro de bigote curvo y canoso y de un joven algo menor que ella al que nunca había visto: rubio, delgaducho, de baja estatura y poca prestancia que apartó la mirada al instante.
Ágata dedujo que el mayor era François Mellerio, el amigo y viejo mentor de su padre.
El caballero además tomó su mano muy efusivo.
—Con que esta es tu famosa hija —dijo en tono afable con sutil acento francés—.
Encantado, señorita Guirado, su señor padre no ha dejado de hablarme de usted en sus cartas desde el mismo día que nació.
Así que he sido testigo desde la distancia de todos sus progresos y siento una profunda curiosidad por su capacidad como orfebre.
Esperaba ver también a su discípulo, el talentoso Velasco.
—Sí, hija, ¿dónde está?
Ágata tornó su expresión molesta a una sonrisa cínica.
—Se está asegurando el peso de sus bolsillos —bromeó para desaprobación de su padre. Al momento, la joven se volvió hacia su amigo y le sonrió más honesta—: Yo sí que estoy feliz de conocerle por fin, señor Mellerio.
—Llámeme François, querida.
—Espero que el viaje desde Sevilla haya sido agradable.
—No habría podido resultar mejor, ¿verdad, joven?
Ella volvió a mirar al muchacho de reojo. El aludido se tensó de nuevo, y descansó al comprobar que François seguía hablando.
—Al menos ha sido tan discreto como deseábamos hasta este mismo momento.
Por contradictorio que suene, nos aguó un poco la fiesta que nos invitaran a esta velada, aunque supongo que es de agradecer que la mayoría de los asistentes sigan ajenos a nuestra presencia.
Nuestro «embajador» estará ahora hablando con los marqueses de Loring.
Esperemos que para solicitarles que siga siendo así, pero cualquiera sabe dado su carácter despreocupado.
—¿Han venido con alguien más?
Los dos joyeros se miraron sin saber qué decir. Ágata lo tuvo claro.
«Tanto misterio. Es evidente que don François ha venido con personas de importancia.
¿A qué se deberá semejante secretismo?».
Ágata sentía más curiosidad que inquietud.
Al darse cuenta de que el joven se sonrojaba apurado, la hija del joyero comprendió que estaba siendo muy grosera al interesarse por el ausente antes que por quien estaba mirándola.
—Disculpa, bienvenido a Málaga. ¿Cómo te llamas?
Él reaccionó como si no estuviese acostumbrado a la amabilidad. Su ropa le pareció a Ágata de lo mejor que había visto nunca en tejido, y eso que se notaba que se había esforzado por vestir con discreción. Podría engañar al resto de los invitados del evento, no a ella.
«¿Tal vez el joven misterioso sea aún más importante que el “embajador” que ha ido a hablar con los anfitriones de la velada?», se preguntó la muchacha.
—Ágata, te presento al señorito Raimundo. Es… —miró a François sopesando lo que diría a continuación— ahijado de un importante político de Sevilla.
—Político —repitió ella poco convencida, sin dejar de observarle.
—Efectivamente —convino el joyero francés, tomando al muchacho del hombro—.
Fui a Sevilla porque su padrino es un nuevo cliente del taller, ha hecho un encargo muy importante.
Cuando anuncié que tenía previsto venir a Málaga a visitar a Aurelio, que goza de fama en toda Andalucía, Raimundo le pidió permiso a su familia para acompañarme.
Le interesa mucho la joyería, como a sus padres.
Ágata afiló la vista una vez más convencida de que no le estaban contando todo y le escatimaban los nombres de los mentados.
Aurelio le rogó a su hija con la mirada que lo dejase estar.
Puesto que el joven y el caballero ausente se hospedarían con François en casa del señor Bereton con los Guirado tendría tiempo de llegar al fondo del asunto.
Así que Ágata decidió volcarse en la única afirmación clara que había escuchado:
—Así que te gustan las joyas, Raimundo.
El mozo volvió a sonrojarse y asintió.
—¿Qué te parece si yo te cuento algunas cosas de la profesión a cambio de que tú me hables de Sevilla? Nunca he estado y me han dicho que es una ciudad bellísima.
—M-me gustaría mucho hacer ese intercambio con usted, señorita Guirado.
—Con Ágata está bien —repuso y le tendió ella la mano para que él le permitiese rodear su brazo.
Los jóvenes buscaron la aprobación de sus mayores y ambos maestros orfebres asintieron.
Ágata tomó la iniciativa porque hablar de joyas era su debilidad y Raimundo, aunque era tímido, destilaba bondad y parecía embelesado con los detalles del día a día en el taller.
Mientras paseaban, Juana Crooke pasó un par de veces por su lado y le hizo un gesto de desprecio por su compañía.
La hija del joyero pensó que no se comportaría igual de saber que ese muchacho era lo suficientemente importante como para estar allí de incógnito.
—¿No va a preguntarme por mis orígenes, señorita Guirado?
Tres ocasiones que habló, tres ocasiones que seguía llamándola por su apellido.
—Cuando haya de saberlo, me lo dirán. El bueno de François, tú mismo, o incluso el otro señor misterioso al que tampoco he visto todavía. Tengo experiencia en evitar las conversaciones sobre figuras paternas que incomodan.
—No lo dirá por la suya, don Aurelio parece un caballero honesto. Mis padres fallecieron cuando yo era niño, casi he olvidado cómo eran.
—Lo siento mucho. Menos mal que tienes un protector tan atento co mo célebre.
Raimundo había conversado con ella lo suficiente como para captar su sarcasmo, y sonrió cortés. A Ágata le bastó aquel gesto para interpretar que era más sagaz de lo que transmitía su carácter comedido.
—Así que piensa que es mi padrino quien me incomoda.
—Más bien incomoda a los demás, lo suficiente para que mi padre y su amigo tengan la prudencia de no mentarlo.
—Le aseguro que no es mal hombre —comentó Raimundo por lo bajo—, aunque quizá sí un poco… intenso. Capta enseguida cuándo alguien pretende tomarle el pelo y no duda en ponerlo en su lugar de la forma más retorcida posible.
—Me caería bien, entonces.
—Usted le encantaría a él. Siempre les dice a sus hijas, a las que considero prácticamente unas hermanas, que deben mostrar personalidad.
A mí también suele decirme que intente no ser tan tímido y demuestre más carácter, aunque sin abandonar la elegancia ni la dignidad.
Pero yo creo que nos insiste tanto porque su cuñada le exaspera.
Ella es intensa de otra manera, más bien tirando al escándalo indecoroso.
—Tras pronunciar esas palabras, el joven se puso muy pálido y la miró preocupado—: Por favor, olvide eso último.
—Dado que todavía desconozco quiénes son esas personas tan intensas e interesantes que conforman su familia adoptiva, le prometo que no solo olvidaré lo que me ha contado, sino que procuraré construir mi propia idea sobre ellas solo cuando los tenga delante.
El joven Raimundo volvió a sonrojarse y le dedicó la sonrisa más amplia que había esbozado en toda la noche. Ágata no sabía quién era en realidad, pero su naturaleza resultaba tan noble como sus orígenes.
Tras un rato de conversación en el que acabaron riendo y comiendo los canapés que les ofrecieron los camareros, la marquesa de Loring llamó la atención de todos sus invitados haciendo sonar su copa de cristal.
Ágata hizo un barrido para observar a la concurrencia y su mirada acabó en las ventanas de la biblioteca.
Velasco estaba allí asomado, junto con otros caballeros.
Por su pose de brazos cruzados y la forma en que la miraba con un cigarrillo ya casi consumido en la boca, le dio la impresión de que llevaba rato observándola.
A ella y al joven que la acompañaba del brazo, como si le molestara que hubiese encontrado a alguien con quien charlar.
Ágata chasqueó la lengua y volvió a centrarse en el discurso de doña Amalia.
—… así que les vuelvo a dar las gracias por asistir. Mi marido hará lo propio enseguida, ha recibido una visita inesperada y no tardará en salir de su despacho para compartir esta formidable velada con nosotros. Mientras, podríamos amenizarla con algún recital.
—¿Qué tal un concierto de piano? —propuso la señorita Julia. Y, por supuesto, también pidió que Velasco fuese el pianista.
El aludido salió al poco de la biblioteca.
Ya sin cigarrillo, sonrió a su público y se dirigió al descansillo de la entrada, donde se encontraba el instrumento.
Los marqueses tenían un piano de madera de jacaranda único.
Velasco trataba de eludir los deseos de la sobrina de los marqueses, pero no quería perderse la oportunidad de tocar un instrumento tan singular.
Tras un silencio bastante dramático, arrancó con el Concierto para piano número cinco en mi bemol mayor , Emperador , de Beethoven. «Dramático, sin duda», resopló Ágata.
El joven prosiguió con un repertorio extraordinario que hacía gala de la destreza al piano que retenía, aunque ya no practicase tanto en el pianoforte de la difunta Margarita de Guirado.
Ágata no se lo explicaba. Al finalizar, la gente aplaudió entusiasmada y el pianista se dirigió hacia donde se encontraban ella, Raimundo, Aurelio y François.
—Es muy bueno —comentó Raimundo fascinado mientras lo veía llegar.
—Jamás se lo digas, o se pondrá de un insoportable más pomposo que su repertorio —masculló Ágata, cuya reflexión hizo reír al zagal.
Velasco por fin los alcanzó y arrugó el gesto al comprobar que el joven desconocido seguía demasiado pegado a Ágata. Lo fulminó con sus ojos más zafiros que nunca, haciendo temblar al pobre Raimundo.
—¿Este es su discípulo, Aurelio? —intervino François para apaciguar el ambiente.
—Ya ve que no exageré cuando dije que mi protegido era un virtuoso.