La hija del joyero Capítulo 7
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Capítulo 7

Al día siguiente, ella y Velasco se presentaron en la finca de la Concepción justo cuando caía la noche.

Dado que la villa de los marqueses de Loring se encontraba a las afueras de la ciudad, era muy incómodo llegar hasta allí sin un coche de caballos.

El despliegue de recursos y personal de servicio que se encontraron a la entrada principal, aguardando la llegada de los invitados para ayudarles a descender de los carruajes fue abrumador.

Cuando el lacayo de los Loring que la ayudó a bajar del coche de caballos se detuvo a mirarla un poco más de lo debido, Velasco lo ahuyentó con un carraspeo, y Ágata bajó la vista a su vestido.

—¿Me habré pasado con el color?

—Piensa que estarás haciendo homenaje a tu ciudad cada vez que te coloques junto a un árbol, niña.

Ágata consideró ingenioso que la comparase con la bandera de Málaga, pero la malicia de su tono la llevó a darle un codazo en las costillas.

El muy osado sí que estaba arrebatador con su conjunto nuevo azul y gris.

Velasco se ajustó el pillacorbatas de perlas en el pañuelo de cuello, y Ágata no supo si le resultó más repulsivo el relamido movimiento de sus dedos o las piedras elegidas para el accesorio.

A Velasco le encantaban las perlas, la piedra más engreída.

Luego se devolvió un mechón de pelo oscuro a su lugar, peinándoselo hacia atrás como el resto, y se cubrió de su mejor sonrisa, captando la mirada de todas las señoras.

No dejaron de observarlos mientras avanzaban por el caminito de polvo que conectaba la entrada con la casa donde residían los marqueses.

Aunque el terreno permitía que las damas pudiesen andar cómodamente a pesar de sus aparatosos botines de tacón, las normas sociales obligaban a que Ágata fuese del brazo de Velasco.

Por eso la desconcertó que su compañero se desprendiera de su mano enfundada de encaje en cuanto llegaron al cenador que daba al patio principal de la villa.

—¿Adónde crees que vas? —le gruñó incómoda.

—Adentro —respondió impávido—. Allí está la gente que más interesa ver.

—Lo suyo es aguardar a que los anfitriones nos den la bienvenida, maleducado.

—Por eso voy a buscarlos. No saco nada quedándome aquí, para qué esperar si no eres capaz de dar un paso de baile sin reventarme un pie.

Ágata bajó la cabeza más dolida que molesta.

Velasco era un danzarín formidable y ella nunca había tenido oportunidad de aprender.

Su compañero de taller jamás se había ofrecido a bailar con ella, mucho menos a enseñarle; siempre dio por hecho que Ágata sería una pareja nefasta.

Ella le dedicó una mirada cargada de reproche, no solo por ofenderla gratuitamente, sino también por pretender dejarla sola.

—Olvidas para qué sirven estos eventos, Ágata —dijo él tras un suspiro—. Yo tengo claro que busco clientes adinerados, así que voy a aprovechar cada minuto de la velada para ampliar mi cartera.

—¿No será otra cosa de lo que te quieres aprovechar? Estás tentando a la suerte con la señorita Julia.

Él dibujó una mueca de disgusto y desapareció entre los invitados.

«Maldito avaricioso». Se preguntó para qué había venido con él si iba a empezar la noche sola, pensó incluso en chivarse a su padre. Luego dio por sentado que su predilección por Velasco le restaría importancia, como quedó demostrado años atrás, el día que abrió el cajón prohibido.

Ágata se sintió incómoda mientras esperaba para saludar como mandaba el protocolo.

Se había dado cuenta de que los caballeros la miraban más que cuando era niña, pero esa atención debida solo a su físico le disgustaba más que el menosprecio.

Suspiró y miró hacia arriba. Observó las enredaderas que se enroscaban en los hierros curvados.

Aquel pasaje era famoso por las glicinas, que solían abrirse en abril, pero ya habían florecido algunos brotes.

Málaga acostumbraba a socorrerla con su belleza cuando más perdida se sentía.

Se estaba recolocando distraídamente la lupa del recogido cuando una voz la sacó de sus pensamientos:

—Señorita Guirado, cómo me alegro de verla. Qué alegría que conserve los guantes.

Ágata hizo una reverencia, pero titubeó al encontrarse cara a cara con la marquesa de Loring.

Iba del brazo de su cuñada, Trinidad Grund, otra mujer destacada de la oligarquía malagueña por sus obras de caridad y de sonrisa tan bondadosa.

Llevaba un vestido oscuro de tejidos refinados, tan discreto como el de la anfitriona.

Estaba a punto de dar las gracias por haber sido invitada, cuando doña Amalia se le adelantó:

—Confieso que esperaba ver a su padre y a las visitas que iba a recibir hoy mismo.

Ágata pensó muchas cosas, muy deprisa.

—Su diligencia llegaba muy apurada, señora marquesa. Confío en que no tarden en aparecer —respondió la joven en disculpa.

—¿Sabe si serán tres o cuatro?

—Haciéndome esa pregunta tan concreta creo que usted sabe más que yo, señora.

Doña Amalia desplegó una sonrisa al tiempo que Ágata la perdía.

La aristócrata se despidió y las dos mujeres continuaron su camino.

Por tanto quedaba confirmado que los habían invitado porque se habían enterado de que François Mellerio vendría acompañado desde Sevilla.

No cabía duda de que los marqueses de Loring sabían de quién o quiénes se trataba y que debían ser importantes.

Ahora que por fin había mostrado sus respetos a la anfitriona decidió que aprovecharía la velada para pasear libremente por la vivienda y de paso ver qué hacía Velasco.

Se recreó en el vistoso patio de azulejos, y tuvo que esquivar a unos cuantos lacayos y sirvientas que sacaban bandejas de aperitivos desde las cocinas.

Al asomarse a la biblioteca, oyó risas masculinas.

Un grupo de caballeros vestidos con chaqué conversaban animadamente envueltos por una espesa nube gris de puros y cigarrillos.

Velasco se contaba entre ellos. Le reía las gracias a don Eduardo Huelin Reissig, uno de los inversores más ricos de la ciudad, que a su vera tenía a don Manuel Domingo, nombrado recientemente II marqués de Larios, y a don Tomás, el hermano de la marquesa.

Aprovechó que los tres dignos señores charlaban entre ellos para agarrar a Velasco de la chaqueta y tirar de él con discreción.

—Creía que el tabaco te sentaba peor que el vino.

—Un pequeño precio a pagar por una buena conversación —repuso encogiéndose de hombros con el cigarrillo entre los dientes.

—Padre se disgustará si vuelves a indisponerte. Y tampoco creo que le agrade que vayas por tu cuenta.

Velasco chistó para que se callara y la llevó por el codo hacia una esquina de la sala.

—Niña, basta ya, por el amor de Dios, que me vas a estropear la estrategia de negocio.

—Me extraña que don Tomás quiera fumar o conversar contigo después de los disgustos que su hija le está dando por tu culpa.

—Tú lo has dicho, su hija, no yo —le espetó echándole el humo a la cara—. A ella ya le he dejado claro muchas veces que no puedo verla como nada más que como clienta.

Ágata se libró de la apestosa nube con la mano.

De reojo observó que el hermano de la marquesa de veras parecía indiferente a la presencia de Velasco.

Dedujo que su elocuencia era capaz de eso y más.

Puesto que su compañero volvió a darle la espalda, la joven se resignó a continuar paseando sola.

Al salir distraída al patio, casi se chocó con la joven Julia, que se encontraba asomada a una de las ventanas que daba a la biblioteca.

Debido al percance, no se había percatado de las cuatro presencias que fueron testigo de su huida de la biblioteca.

—¿Ya te han abandonado, Ágata?

La joven apretó la mandíbula. «Éramos pocos y parió la abuela».

Juana Crooke iba del brazo de Marcos Gross, ambos ataviados en tonos gualdos. Hacía poco que se habían comprometido, y debía reconocer que eran una pareja de lo más compenetrada. Pese a los años y lo poco que tenían en común, Juana seguía tomándola con ella cada vez que podía.

—Por más que lo agarras, el apuesto Velasco siempre se te escapa de las manos. Tal vez porque prefiere el interés de otras damas mejor posicionadas. Y más normales.

—Tal vez Ágata tampoco tenga ese tipo de interés en él —interrumpió Lucas a su hermana.

Llevaba del brazo a Matilde Livermore. A sus dieciocho años, la joven era toda una belleza, y su melena rubia ahora lucía recogida tan elegante como su vestido beige.

La muchacha se aferró a Lucas tratando de captar su atención de nuevo, todavía no había conseguido conquistarlo.

Juana también tuvo que tirarle un pellizco a Marcos cuando se dio cuenta de que su prometido miraba demasiado a la hija del joyero.

—Como has podido comprobar —respondió Ágata mirando a Juana—, Velasco y yo vamos por libre.

—Espero que no demasiado. Ya se ha armado bastante revuelo con todo el asunto de mi querida Julia.

—¿Desde cuándo sois tan íntimas?

El comentario de Lucas le granjeó una mirada furibunda de su hermana.

—En cualquier caso, es sabido que es una imprudencia dejar solo al aprendiz del joyero por aquí.

«El aprendiz del joyero», se repitió Ágata para sus adentros.

Ella llevaba aprendiendo de Aurelio casi desde que tenía memoria, pero Velasco era el aprendiz y ella, solo «la hija».

Ágata se despidió malhumorada y descendió hasta la fuente lamentándose por haberse dejado convencer para asistir a una fiesta en la que ni pinchaba ni cortaba.

—¡Hija, por fin te encuentro!