Capítulo 6 #2
—Nos vimos solo un par de veces —matizó él con las orejas encendidas.
—Suficientes, me temo. Espero que mereciese la pena el revolcón.
Se miraron a los ojos. La mirada de Velasco adquiría un sutil tono turquesa con el rojo del atardecer.
También con el pudor. Por alguna razón, cuando uno de los dos hablaba en términos algo obscenos, el otro se sonrojaba.
La intimidad les resultaba violenta. Habían pasado más de cinco años bajo el mismo techo y seguían sin saber muy bien cómo tratarse.
Ambos eran hijos únicos, por lo que se preguntaban si su relación se parecía a la de los hermanos.
Intuían que lo suyo era un poco más complejo.
—Solo quería aclarar que jamás me comportaría como él.
Dicho esto, soltó a Ágata y se fue corriendo a la cocina. Ella inspiró profundamente. Sabía que su compañero seguía obsesionado con el coronel Espíndola, y tampoco ayudaba que nadie en la ciudad lo hubiese olvidado.
La madre de Velasco había fallecido hacía cosa de un año por una gripe, y Ágata pensaba que con ella moriría también el recuerdo del hombre que les arruinó la vida.
Pero algunos fantasmas no eran tan fáciles de disipar.
Sobre todo, cuando había tanta gente que no olvidaba a su padre y que no perdía ocasión de subrayar el parecido entre él y su hijo.
Luego estaban los que no lo habían tratado, pero tenían el mal gusto de recordar su cruel final, por envidia de su belleza, de sus talentos y de que las mujeres de Málaga se deshicieran en atenciones con Velasco.
«El aprendiz del joyero Guirado es un crápula, como su padre.
Seguro que acaba como él, que captaba a las mujeres con su rostro, pero las terminaba condenando con su palabrería o con su música, como las sirenas».
Sin embargo, Ágata lo trataba lo suficiente para saber que, a pesar de su personalidad bastante retorcida, Velasco tenía buen fondo.
No concretaba qué gema era, pero era una gema, estaba convencida.
Le creyó al instante cuando le aseguró que desconocía que la tal Asunción tenía pareja.
Aunque Ágata también sabía que no era la única amante que él frecuentaba.
Era curioso, Velasco soñaba con no parecerse a su padre y ella, con imitar al suyo.
Cuando sintió que su hija aparecía por el patio, Aurelio levantó la cabeza de las misivas y Ágata se interpuso en su campo de visión para evitar que detectara también la presencia del joven. Demasiado tarde.
—¿Adónde ha ido Velasco tan corriendo?
—Hemos venido helados de la calle y necesitaba algo caliente cuanto antes —atajó ella deprisa.
En esas fechas ya no hacía frío en Málaga, pero el joyero se encogió de hombros y lo dejó pasar para enseñarle un tarjetón escrito con una hermosa caligrafía en tinta borgoña.
—Mira, acaba de llegar esta invitación para que asistamos a la cena que darán los Heredia y los Loring mañana por la noche en su finca de la Concepción.
—¿No será más bien para Velasco? —preguntó sarcástica.
Hacía tiempo que Julia Heredia Grund, sobrina de los marqueses de Loring, bebía los vientos por el aprendiz del taller Guirado.
Su padre, don Tomás, hermano predilecto de doña Amalia, había concertado con la aristócrata el casamiento de Julia, la mayor de sus hijas, con el heredero del marquesado cuando vio cómo esta solicitaba más encargos de pedrería al taller Guirado.
El compromiso con su primo no la disuadió de seguir frecuentándolo.
Ágata vio a Velasco poner distancia con ella en cuanto se enteró de su futuro casamiento, pero nunca se atrevió a preguntarle hasta dónde había consentido el encaprichamiento de la joven las primeras veces que ella le sonrió y él le devolvió la sonrisa.
—No empieces, hija —protestó Aurelio, restándole importancia—. Ni que mi discípulo volviese locas a todas las señoritas de esta ciudad.
Ágata se mordió la lengua recordando el desagradable incidente de celos en el pasaje de Luciano Martínez. Se había comprometido a no delatar a Velasco, y eso haría.
—¿Vamos a ir entonces? —preguntó quitándole la invitación a su padre para mirar si había requisitos de vestimenta. Suspiró al comprobar que sí.
—A mí me gustaría mucho, desde luego —respondió su padre—, aunque sabes que esperamos una visita justo a la hora de comienzo del evento y no querría desatenderla. Podríais ir Velasco y tú primero y esperarnos allí.
Ágata le puso mala cara. Sabía que no podría negarse a acudir a una fiesta tan selecta teniendo en cuenta quiénes la organizaban y dónde tendría lugar.
La idea de aparecer del brazo de Velasco y que todas las mujeres de la velada la asesinaran con la mirada le daba pavor.
Ya consintió una vez que su padre no pudo acompañarlos y todavía tenía pesadillas.
Cuando estaban los tres juntos era distinto, pues, aunque a ojos de los demás siempre sería la hija del joyero, la presencia de su padre les recordaba que ella y Velasco eran simples compañeros de taller, o así deberían verlo sus admiradoras.
—Prefiero quedarme con usted, padre —insistió incómoda—. Velasco puede ir en representación de los Guirado hasta que lleguemos. Él sabe desenvolverse divinamente por su cuenta.
—Hija, deberías estar encantada con asistir a esta reunión.
—Sabe que no habrá nada realmente interesante para mí en esa fiesta ni en ninguna otra.
—¿Cómo que no? La marquesa de Loring, por ejemplo. Hace años que admiras a doña Amalia, y en las últimas semanas has comentado lo mucho que te alegras de que su presencia en la ciudad se haya vuelto más frecuente.
Ágata desvió la mirada. Se alegraba de eso, por supuesto, y de que la situación de la nobleza española se hubiese normalizado en cuestión de un par de meses.
Admiraba el papel de los Loring en la restauración borbónica y la coronación de Alfonso XII, pero no se la podía considerar ni como una relación distante.
—La marquesa de Loring ni siquiera me recordará —reflexionó Ágata un tanto alicaída, mirándose los guantes de encaje que le obsequió doña Amalia años atrás—. Insisto en que prefiero quedarme aquí con usted y aguardar la llegada de su amigo François.
Aurelio sonrió, él también tenía muchas ganas de reencontrarse con el joyero francés, que acudiría a visitarlos aprovechando un viaje a Sevilla.
—El bueno de François, ¡cómo me alegro por él! Y por Antoine. Su único pecado fue ser los orfebres predilectos de la Casa Real en el peor momento.
Ágata nunca se atrevió a indagar al respecto. La discreción seguía siendo la norma en el país, pues la coronación de Alfonso XII era tan reciente que nunca se sabía cuándo podías encontrarte ante un partidario o un detractor.
—Menos mal que los Guirado siempre nos hemos mantenido al margen —dijo la joven.
Aurelio apretó los labios y evitó responder, retomando el origen de la conversación:
—Verás a François pase lo que pase, hija. No seas testaruda y haz el favor de ir con Velasco a la fiesta a la hora estipulada.
—¿Estáis hablando de la fiesta de la Concepción?
Velasco apareció entonces en el patio como si nada le hubiese pasado. A pesar de la sonrisa, su nariz presentaba una ligera rojez que Aurelio estudió preocupado.
—¿Cómo lo sabes? Acaba de llegar la invitación —preguntó Ágata.
—Se lo oí decir a varias clientas.
—Ya —musitó Ágata, observándole con ojos achicados.
Supuso que debió de comentárselo alguna de sus admiradoras en la intimidad.
—Me extraña que nos hayan convocado a solo un día de la velada —dijo Velasco tras leer la nota.
—¿Se habrán enterado de que viene a la ciudad uno de los antiguos joyeros predilectos de la reina exiliada? —Ágata lo preguntó un poco inquieta.
—O de otras cosas —dijo Aurelio, enigmático—. Los hermanos Mellerio eran famosos sobre todo por el trato de favor de doña Isabel, sí, pero desconozco si François y Antoine se llevan tan bien con Alfonso XII como con su madre.
—¿Entonces?
—Quizá sea la compañía. François me informó en su última carta de que no vendría solo.
—¿Vendrá con su hermano?
—No especificó con quién, pero sí que se le sumaría en Sevilla, así que dudo que se trate de Antoine. Está claro que la noticia ha llegado a Málaga antes que ellos, sean quienes sean.
Los dos aprendices se miraron confusos. Ahora sí que Ágata prefería permanecer en la casa esperando la llegada de sus invitados.
—Yo pienso estrenar mi traje nuevo de paño marino y chaleco plateado —dijo Velasco entusiasmado mientras subía por las escaleras—. Estaba deseando que se diera una buena ocasión.
Ágata puso los ojos en blanco. Se notaba que Velasco extrañaba el lujo de su antigua vida y la joven se alegró por él cuando pudieron gastar un poco más en ropa.
Ella nada más leer el tarjetón pensó en un vestido precioso de raso purpúreo que su padre le había regalado por su último cumpleaños.
Pero dibujó tal gesto de asco al pensarlo, con tan poco ánimo, que su padre se carcajeó.
—¿Por qué no puedes disfrutar con la idea de la velada tanto como Velasco, Ágata?
—Para él es fácil, para mí… este tipo de encuentros no traen nada bueno.
—Quizá te sorprenda.
—¿Usted no ha oído eso de «más vale malo conocido que bueno por conocer»?
—Hija, quien dijo eso no sabe vivir. Vivir a veces implica riesgo y dejarse llevar por el instinto, aunque te equivoques.
—No descarto que sea mi caso —dijo Ágata justo antes de darle la espalda para subir a su habitación—, porque vivir me es indiferente si no puedo trabajar como joyera, y estoy segura de que llegar pronto a esa fiesta va a ser un error.