La hija del joyero Capítulo 6
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Capítulo 6

La vida en el taller Guirado siguió su curso.

Ágata y Velasco continuaron trabajando como aprendices de Aurelio.

Superado el desagradable episodio del cajón secreto, el maestro joyero prosiguió la instrucción de Velasco con la misma entrega.

No tardó en encariñarse con él de verdad, transmitiéndole sus conocimientos del mismo modo que había hecho con Ágata.

Si cabe con más diligencia, puesto que Velasco, en tanto varón, sí podría desempeñar el oficio.

La hija del joyero, por su parte, contaba ya la edad casadera, lo que implicaba que se aproximaba el momento de abandonar el taller para crear su propio hogar junto al hombre adecuado.

Pero ese supuesto marido no aparecía, y Ágata rezaba por que nunca lo hiciera.

La joven no quería disgustar a Aurelio, pero ella estaba dispuesta a espantar cualquier posibilidad de noviazgo si ello implicaba dejar de ejercer la joyería.

Los candidatos escaseaban porque Ágata había consolidado su fama de muchacha independiente y temperamental, que prefería ayudar a su padre en el negocio familiar antes que asistir a eventos sociales.

La habilidad de Ágata como joyera había alcanzado un nivel extraordinario, y había dejado de ser un secreto a voces para convertirse en una fama consolidada.

A sus diecinueve años tenía a las puertas del taller Guirado más clientas osadas, hambrientas de su talento desafiante, que pretendientes.

Ocurría lo opuesto con Velasco. El joven a sus veintidós años se había convertido en un talentoso orfebre.

Dominaba las piedras preciosas y los materiales empleados en joyería, sus manos se curtieron como las de Ágata y el maestro Guirado, lo cual no le restó encanto de cara al sexo opuesto.

Había pasado de tener a las mozas de Málaga haciendo encargos de joyas con sus padres para visitarlo a que las jovencitas lo abordaran cada vez que podían, incluso en la calle.

Con los años, Velasco había perfeccionado sus artes seductoras y una irresistible sonrisa zalamera.

A veces, Ágata y Velasco salían a hacer recados juntos, lo cual convertía a la hija del joyero en testigo involuntaria del creciente éxito de Velasco entre las mujeres.

Una tarde de primavera que debían ir al centro, le tocó ver cómo agasajaba a un par de muchachas de bien que se les habían acercado nada más salir de la vivienda.

En cuestión de minutos, Velasco consiguió que se comprometieran a visitarle al taller para encargarle un par de pendientes.

En cuanto se marcharon, los ojos celestes de Velasco se enturbiaron y dibujó una mueca de desagrado de lo más cómica. Ese gesto también lo había pulido.

—El día menos pensado las mando a paseo.

—No te lo crees ni tú —se burló Ágata sin mirarlo, avanzando por la calle Puerta del Mar—, porque eres tan cicatero que no desaprovechas la ocasión de camelarte a una posible clienta.

—Oh, disculpa, olvidaba que tú ni siquiera sabes lo que es la cortesía.

—Prefiero quedar de maleducada que ser una convenida.

—Al menos yo no tengo que suplicar para que me surja un encargo.

Ágata soltó una carcajada mezquina.

—¿Y me lo dices después de protagonizar esa escena nauseabunda?

—Yo tengo más clientas que tú.

—A efectos prácticos, yo tengo más clientas que tú, perdona. Todo el que viene a verme es por las joyas, mientras que tus visitas son mayoritariamente de admiradoras ruidosas que al final no encargan nada.

—Pero, «a efectos prácticos», yo sigo teniendo más clientas que tú, niña.

—Arrogante.

—Envidiosa.

En cuanto llegaban a ese punto de la conversación, ese en el que ya solo intercambiaban insultos como dos críos escandalosos, Ágata se negaba a continuar.

La gente los miraba cuando caminaban juntos por la calle.

Llamaban la atención, y no precisamente por su conversación acalorada.

Velasco incitaba a las miradas por razones evidentes.

Más allá de su hermoso rostro, seguía vistiendo ropas austeras en comparación con los trajes pomposos que lucía de jovencito, pero se las había ingeniado para conjuntar piezas con la suficiente distinción para favorecer su complexión estilizada.

A lo que se sumaba los pañuelos de seda en lugar de corbatas de los que Ágata tanto se burlaba.

Enganchados al chaleco con dos cadenitas tintineantes y guardados en los bolsillos interiores de la chaqueta, siempre llevaba un reloj de bolsillo en uno y en el otro su lupa de joyero regalo de Aurelio, un gesto que no había tenido con ella.

Ágata seguía llevando con orgullo su lupa, ahora sobre un recogido francés más propio de su edad.

Nunca faltaban tampoco sus guantes de encaje.

Pero aquellos accesorios no eran la única razón para que la joven tampoco pasara desapercibida últimamente.

Sus rasgos habían madurado y se habían vuelto más atractivos, en especial sus labios carnosos y sus ojos grandes.

Su cuerpo había adquirido una forma de reloj de arena que seguían los caballeros con la mirada y que se debía no solo a las curvas llamativas heredadas de su madre, sino también a los corsés.

Debido al trabajo en el taller, Ágata tenía molestias en la cintura, el cuello y la espalda, así que su médico le había recomendado llevar corsés bien ceñidos para corregir la postura.

No imaginó que tendría repercusiones en su apariencia a las que ni Velasco era inmune.

Paseando esa tarde calle Nueva arriba, camino a la plaza de la Constitución para arreglar un par de zapatos y delantales en el mejor negocio de peletería de Málaga, Velasco no pudo evitar que se le fuesen los ojos hacia ella.

Hacia la elegancia de su cuello, la parte baja de la espalda, o la curvatura que dibujaba el pecho alzado con su abdomen y las clavículas, pese a que Ágata solía llevar blusas cerradas o vestidos de botonadura alta.

Velasco estaba encandilado con ese conjunto de falda abultada y chaqueta ajustada.

Gruñó a más de un caballero que la miró descaradamente al pasar de largo.

Al ver que la joven enderezaba la espalda al tiempo que se tiraba de los bajos de la chaqueta, tan apretadamente abotonada como el corsé que llevaba debajo, Velasco sintió curiosidad:

—¿No te molesta?

—¿Tu presencia cargante? Siempre. Pero ya me he acostumbrado.

El joven apretó los labios y dejó por imposible la conversación. Hacía mucho tiempo que no hablaban de verdad entre ellos, que se ocultaban qué sentían y pensaban, así que el resto del camino lo hicieron en silencio.

Ya de vuelta a casa, un par de hombres les salieron al encuentro desde el pasaje de Luciano Martínez.

Uno de ellos agarró a Velasco por las solapas de la chaqueta para introducirlo con discreción a la callejuela y zarandearlo.

Tras un intercambio previsible entre un prometido airado y el descarado Velasco, el hombre le borró la sonrisa burlona de un puñetazo.

Descolocado, Velasco se tocó la nariz; al comprobar que sangraba, quiso devolverle el golpe.

Ágata y el acompañante del agraviado lograron que la pelea no fuera a mayores.

—¡Es usted peor que el impúdico de su padre, Espíndola! —bramó el agresor mientras su amigo lo arrastraba—. Y, por tanto, va a acabar mucho peor que él. ¡Mucho peor!

Velasco se revolvió entre los brazos de Ágata, que nunca sabía qué decir en momentos como ese. Por más que ella misma tuviese diferencias con su compañero, entendía que mencionar a su padre, o compararle con él, seguía siendo lo que más daño le hacía.

—Anda —lo agarró del brazo—, vamos rápido a casa a curarte esa hemorragia.

—No puedo —masculló él taponándose la nariz entre muecas de dolor, aunque no parecía habérsela roto—. El maestro habrá llegado hace rato; si me ve así, se llevará un disgusto terrible.

La única vez que Aurelio había perdido los nervios con él fue con lo del cajón, pero había bastado para que el aprendiz le cogiese miedo al joyero. No a enfadarlo, sino a decepcionarlo. Ágata lo captó al momento.

—Tú déjamelo a mí —suspiró rendida—, le entretendré mientras vas a la cocina. Venga.

A ella tampoco le hacía gracia la idea de que su padre se entristeciera por ver a Velasco lastimado. Ella misma luchaba un poco con el pellizco que sentía en el corazón.

Cuando llegaron a la vivienda por la calle Puerta del Mar, entraron con cautela para que no los vieran.

Aurelio se encontraba en el patio mirando la correspondencia, y cuando Ágata quiso poner en marcha su movimiento de ajedrez, trasladando el alfil herido a las cocinas mientras ella se encargaba del rey, Velasco la detuvo antes de atravesar el portón.

—¿Tú también lo piensas?, ¿que voy camino de convertirme en mi padre?

«Ya estamos». Ágata no dudaba de que saldría el tema.

—Tal vez ayudaría que no fueras intimando con las novias de otros.

Velasco calló. No era la primera vez que Ágata se enteraba de que se había dejado llevar en exceso con alguna moza.

Ni la segunda, ni la tercera. Sí recordaba bien esa primera ocasión, cuando fue testigo de cómo su compañero se besaba con la hija de una clienta en la parte más apartada del mercado de Atarazanas.

Velasco no llevaba ni un año en la ciudad, y a Ágata le impactó bastante.

Apenas una semana después lo vio con otra joven distinta.

Con el tiempo, Ágata se fue acostumbrando.

Podía entenderlo, dado que las muchachas prácticamente se le tiraban encima.

¿Qué caballero joven no se aprovecharía de su situación?

Pero Ágata nunca creyó que jugase con aquellas mozas más de lo que ellas lo hacían con él, precisamente por lo que le sucedió al coronel Espíndola.

Más tarde concluyó que nadie escarmentaba por experiencia ajena.

—No sabía que Asunción estaba prometida —se defendió Velasco en tono bajo agarrándole el codo a ella con fuerza, como si leyera sus pensamientos.

—Pero sí que no era «inocente», ¿eh?