La hija del joyero Capítulo 5
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Capítulo 5

Ágata no sabía qué pensar ni cómo obrar.

La conversación de esa tarde con su padre la había incomodado terriblemente y no lograba concentrarse en lo que estaba haciendo en su rincón del taller.

El topacio blanco que trataba de colocar en el centro de un colgante clamaba su atención a gritos, ninguna gema quería ser incrustada sin delicadeza.

Un agravio, tanto para la piedra como para el metal del engarce, pero sus emociones de jovencita pesaron más que las de joyera.

Las palabras de Aurelio Guirado resonaban en su cabeza:

—Por supuesto que agradezco que no os matéis, Ágata, pero tampoco me gusta cómo lo estás mirando últimamente. Has pasado de gruñirle a pestañearle encandilada. Los extremos nunca traen nada bueno.

Cuando Ágata comprendió de lo que su padre la estaba acusando, sintió un calor abrasador en las orejas. Se miró los pies, deseando que se hundieran en la tierra y que el resto de ella los siguiera. Quiso negarlo, pero el maestro joyero se le adelantó:

—Dime, hija, ¿qué puedes decirme de Velasco? ¿Qué es él?

Ágata calló. Tragó saliva. Por primera vez no sabía qué responder al juego que su padre y ella compartían desde siempre.

—Eso suponía —concluyó Aurelio—. Jamás te había visto tan distraída, no es propio de ti.

Ella apretó los puños y levantó la barbilla.

—Usted me ha enseñado que las mejores personas son gemas insospechadas, y él…

—Esta gema no, hija. —Tomó aire por la nariz—.

Velasco es un joven con mucho potencial, podría lograr lo que se propusiera, lo cual puede ser muy bueno o muy malo.

Está demasiado atormentado por sus circunstancias familiares.

La desgracia que ha sufrido le ciega y lo vuelve imprevisible, estalla a la mínima y se esfuerza por agradar a todo el mundo.

—Hizo una pausa para que las palabras calaran en su hija—.

Comprendo que estás en una edad… complicada, y que él es el primer muchacho que frecuentas con asiduidad, pero no deseo que te conviertas en una más de sus muchas admiradoras, sino que te limites a verle como lo que es: un aprendiz del taller.

Tú tienes bastantes batallas propias que luchar.

Ágata asintió y volvió al trabajo. Al colgante y al topacio. La faena en el taller siempre conseguía apaciguarla. No obstante, las palabras de su padre retumbaban todavía en su pecho, fundiéndose con la vergüenza y originando una aleación de desconcierto.

—Se equivoca, padre —le replicó—. Yo no le miro como usted me acusa. El único de esta familia al que ese joven ha encandilado es usted.

Bufó airada antes de retirarse. «Fue padre quien me pidió que acercara posturas, diablos». Ella ni siquiera quería que Aurelio tuviese otro discípulo. Mucho menos uno que la distrajera.

Casi como si lo hubiera invocado, Velasco entró en el taller y Ágata creyó que le fallaban los pulmones, le faltaba el aire. Estuvo a punto de escurrírsele el collar de los dedos, lo que hizo reír al joven.

—¿Qué miras?

La pregunta de Velasco no era capciosa, le estaba preguntando literalmente por la joya en la que estaba trabajando.

—Un topacio —respondió Ágata al rato.

—Parecía un brillante.

—Qué va. Fíjate —le indicó mientras lo levantaba para que él pudiese observarlo mejor, girándolo despacio de un lado a otro—.

Incluso con esta talla oval, un diamante proyectaría los distintos colores del arcoíris en cada uno de sus vértices.

Los topacios son más homogéneos en su brillo, y se ciñen a los colores que los componen, que, en este caso, es ninguno.

Cuando Ágata le miró por encima del hombro, a Velasco le hizo gracia que su ojo derecho se viese tan grande por efecto de la lupa.

—Sí que eres una sabelotodo.

—Desagradecido.

—Enterada.

Antes de que pudiera sonrojarse o volver al ataque, Velasco se hurgó en la chaqueta y sacó un pedazo de papel de acuarela doblado.

Ágata no se esperaba que lo abriera y lo colocase detrás del colgante.

De hecho, solo cuando lo acercó al topacio se dio cuenta de lo que había pintado sobre el papel.

Eran manchas de colores muy concretos. Ágata observó cómo Velasco iba moviendo el papel para que el topacio se situase justo encima de cada uno.

—Es… Parece… ¿una amatista? Y ahora una espinela almandina. Una… esmeralda oriental. ¿Has estado practicando para reproducir sus colores?

Era toda una hazaña. Le costaba creer que Velasco hubiese conseguido capturar colores tan próximos a los genuinos solo mezclando pigmentos. Él se mostró orgulloso.

—He encontrado en la biblioteca un manual muy curioso para doradores y charolistas de un tal M. J. Riffault traducido hace algunos años en Madrid. ¿Sabías que fermentando las hojas de una leguminosa del género indigófera se puede obtener un añil tan intenso como el de las aguamarinas Santa María?

Ágata continuó en silencio. ¿Y ella era la sabelotodo?

—Me pareció interesante lo que me explicaste el otro día de que se podía imitar cualquier gema con una piedra traslúcida si se usaba el fondo del color adecuado.

—Sigo sin entender por qué has querido probarlo.

—Solo estoy estudiando.

Ágata frunció el ceño. No terminaban de convencerle sus motivaciones.

¿Qué utilidad podía tener saber reproducir el color de las gemas sobre el papel?

Como mucho, para bocetar, pero era bastante más fácil especificar la naturaleza de la gema con texto, así se había hecho siempre.

Por primera vez en semanas, Ágata volvió a sentir las inquietudes hacia él que había experimentado cuando se conocieron, mucho antes de que su padre le advirtiera de la impulsividad de su nuevo aprendiz.

Decidió vigilar a Velasco en sus ratos libres.

Ágata, además, intentaba acatar la petición de Aurelio de ver al muchacho como un mero aprendiz, aunque cada vez le resultaba más difícil.

Comprendió que el joven se había convertido en un reto para ella.

Después de todo, no había nada que le gustase más que desentrañar la verdadera naturaleza de las cosas.

Por eso no dudó en acercarse a él cuando lo vio dibujando en la biblioteca.

El chico se había sentado en uno de los divanes, con las piernas cruzadas y una libreta en el regazo.

—Creí que no te gustaban los animales.

Velasco se sobresaltó al oírla a su espalda. Ágata casi había metido la cara en su boceto, lo que pareció molestarle.

—Eso es un elefante, ¿no? —preguntó ella señalándolo.

—Una idea, nada más —apuntó él—. Y que vea las mascotas como algo absurdo no quiere decir que no me gusten los animales.

Había vuelto el Velasco afilado, ese que podía ser hiriente. Ágata se negaba a consentirlo, no después de que estuvieran empezando a llevarse bien.

—No te estaba juzgando.

—Qué curioso que tengas que aclararlo.

—Lo has copiado de un libro de viajes —dijo Ágata observando el tomo que tenía bajo el cuaderno.

—¿De dónde si no? —gruñó el muchacho—. Puede que haya renunciado a ser militar, pero no a lo que realmente querría hacer.

Ella ladeó la cabeza, expectante.

—Viajar —dijo él, sorprendiéndola—. Quiero descubrir el mundo. Algún día viajaré a todas partes. Haré lo que sea para conseguirlo. Aunque tenga que dedicarme a la especulación de joyas.

—No puedes hablar en serio —repuso Ágata consternada.

—¿Por qué crees que estoy esforzándome tanto? —Ante su silencio, él resopló—. Niña, ambos sabemos que yo nunca alcanzaré la destreza que tenéis tú o el maestro, así que he decidido que me convertiré en diamantista.

—Eres pésimo tasando.

—Qué más te da. Mejoraré, aunque todavía no sepa cómo.

Se quedó atónita al escuchar sus palabras y Velasco reaccionó con una mueca burlesca al darse cuenta.

—Vamos, Ágata, cuanto antes lo consiga, antes me marcharé de vuestro taller, que es lo que estás deseando desde que llegué.

La hija del joyero estuvo a punto de recordarle que ya habían aclarado esa cuestión. Ahora había empezado a conocerlo, a entenderle, y no quería que se marchara. A no ser que ese fuese su deseo.

—¿Y adónde piensas ir? —preguntó ella sentándose a su lado.

—A cualquier parte. Quiero descubrir el mundo, ya te lo he dicho.

—¿Sin hogar fijo al que regresar?

—Justamente.

La joven se mordió el labio inferior. Las palabras de su padre Aurelio volvieron a resonar en su cabeza.

—Vale que no quieras casarte y renunciar a tu sueño, Velasco, eso lo entiendo mejor que nadie, pero ¿qué me dices de tener una familia?

—Yo soy un hombre, Ágata, no tengo obligación de casarme ni de asentarme en ninguna parte. En el fondo sé que te mueres de envidia.

Ella lo miró dolida. Por un instante vio en los ojos de Velasco que era consciente de que se estaba pasando de la raya.

—Tan hombre, tan hombre, ¿y serás capaz de vivir siempre sin el calor de una mujer?

—Serás cría… Para intimar con mujeres no hace falta comprometerse con ellas.

Ágata dio un respingo. Se puso tan colorada y abrió tanto los ojos, que Velasco se sonrojó y se maldijo por haberle hablado en términos indecorosos.

Ágata seguía siendo una señorita, más joven que él.

Iba a disculparse, pero la muchacha se levantó de golpe y abandonó el taller con un fuerte portazo.

«Cría». De nuevo el trato despectivo, la distancia.

Tomar a Velasco por otra cosa que no fuese un aprendiz del taller había sido muy mala idea.

Si él quería seguir tratándola como a una rival, le parecería bien.

Ella haría lo mismo. Solía pasar con el metal: por mucho que se calentara, estaba condenado a enfriarse.

Desde ese momento, Ágata volvió a sentirse incómoda en su presencia.

Aurelio la había advertido del carácter voluble de Velasco, pero era el primero que se mostraba entusiasmado con sus avances, y lo felicitaba con cada progreso.

Más de una vez quiso hablarle de los planes y las motivaciones de Velasco, pero el rencor que había empezado a fraguarse dentro de ella no bastó para que lo traicionara.

Además, tampoco hizo falta. Velasco mismo se lo confesó a su padre y él se lo comentó a ella aprovechando una ocasión en que estaban los dos solos, a punto de acabar de desayunar antes de ir al taller.

—¿Y a usted le parece bien?

Aurelio se burló de la reacción de su hija.

—Tú eres la única que ve con malos ojos el oficio de diamantista, Ágata. Es una rama más dentro de nuestra profesión, como cualquier otra. Venga, vayamos ya al taller.

—Entonces ¿por qué se está esforzando tanto en que Velasco aprenda a realizar joyas?

—Resulta curioso que precisamente tú me preguntes eso.

Su padre seguía pensando que a ella le enseñaba por amor al arte, ni se le pasaba por la cabeza que pudiese dedicarse a ello por completo algún día.

Pensó entonces que el sueño de Velasco quizá no estaba tan mal.

No el de ser diamantista, Dios la librara.

Ni tampoco lo de viajar, aunque fuese estimulante.

Pensó en vivir en otro lugar. Otro donde pudiese ser joyera sin que nadie la juzgara por ser mujer.

O donde encontrase ricos que no escatimasen y le permitiesen realizar joyas cuya complejidad todavía no alcanzaba a imaginar.

Quizá ni ese lugar ni esas personas existían, pero soñar era legítimo.

—Padre, ¿usted cree que los joyeros pueden ser ambiciosos? —preguntó con tiento.

Aurelio la miró con ternura.

—Ágata, un joyero no debería ser ambicioso, sería contraproducente. Después de todo, no somos más que un paso intermedio entre la joya y su legítimo dueño. De sentir apego por el oro y las piedras preciosas, sufriríamos tanto como el sediento que descubre un pozo sin poder beber de él.

No era eso a lo que ella se refería. Ágata a menudo pensaba que, de haber nacido en una familia de mayores posibles, se le permitiría ser excéntrica, como a la marquesa de Loring. A ella le habría bastado con trabajar toda la vida en lo que amaba, sin tener que esconderlo.

—¡Pero…!

La exclamación de su padre sacó a la joven de sus pensamientos. Aurelio acababa de abrir la puerta del taller y lo que había visto dentro lo dejó petrificado. Ágata reaccionó igual al ver lo que había sucedido.

Velasco había abierto el cajón secreto.

Antes de que el chico pudiese decir nada, Aurelio hizo desaparecer la distancia que los separaba para cogerlo por el cuello de la camisa y estamparlo contra la pared.

—¡¿Cómo te atreves…?!

—¡L-lo siento, maestro, yo no…!

—¡¿Qué has visto?! ¡¿Qué has tocado?! ¡Dime que no has tocado nada!

—¡N-nada, nada, no he visto ni tocado nada, maestro, de verdad!

Ágata no alcanzó a ver mucho del interior del cajón antes de que Aurelio lo cerrase de golpe entre los vaivenes y zarandeos con Velasco.

Le pareció que no había más que un montón de papeles y bocetos arrugados.

Y una cajita. La joven agarró a su padre del brazo derecho para rogarle que soltara a Velasco.

—Te dije que no tocases nada sin mi permiso, ¡pero has hecho caso omiso, como con todo lo que se te ordena! —gritó Aurelio fuera de sí.

—L-lo siento. De verdad, señor —repitió él, esta vez con los ojos enrojecidos.

Más dolido que enfadado, Aurelio apretó los dientes y liberó a Velasco, dejando que cayera al suelo.

—Estoy harto de vuestra actitud —les dijo más serio que nunca—.

Ya es hora de que empecéis a comportaros como aprendices sensatos y obedientes.

Soy el maestro de este taller, y mis órdenes y mis prohibiciones son sagradas.

No aguantaré más impertinencias ni desafíos, porque como tentéis mi paciencia una vez más, juro por lo más sagrado que ninguno va a volver a entrar aquí, ¡¿he hablado claro? !

Ágata notó cómo una lágrima se le escurría por la mejilla. Buscó el rostro de Velasco convencida de que él también estaría llorando. El joven, en cambio, tenía la vista perdida en el suelo lleno de hollín.

Ese día, tanto Ágata como Velasco se llevaron una desilusión sin parangón con el maestro orfebre.

El joven, porque comprendió que por mucha simpatía o admiración que le profesara, para Aurelio no sería más que su aprendiz y subordinado.

Para la muchacha, el desengaño fue aún mayor.

Velasco llevaba poco más de tres meses con ellos, pero Ágata sabía que su padre lo valoraba más que a ella como discípulo, por eso le había gritado desquiciado.

A Aurelio Guirado le bastaba que Velasco fuera un hombre para valorar más su potencial que el talento que Ágata había cultivado toda la vida a su lado.