La hija del joyero Capítulo 4 #4
13%

Capítulo 4 #4

—¿Y si nos quedamos solteros toda la vida, Ágata?

Podríamos dedicarnos a retarnos el uno al otro, eso sí que sería divertido —sonrió satisfecho al ver lo perpleja que se había quedado—.

Algún día me dirás qué gema me has asignado en tu juego de clasificación —añadió en tono jocoso para disipar la intensidad.

—Te he dicho que ya no hago eso —volvió a mentir.

—Sé compasiva con los pobres ignorantes que no sabemos tasar.

—Todos sabemos tasar —dijo de repente muy seria, tanto, que contagió a Velasco—. No es muy distinto valorar la naturaleza de una gema a la de una persona, la diferencia es que la gente ni siquiera se esfuerza en conocer de verdad a los demás antes de marcarlos para siempre.

Velasco tuvo la sensación de que hablaba de sí misma y de la marginación que padecía. Le pareció una buena metáfora, pero decidió continuar con el tono bromista:

—Pues aplícate el cuento, Ágata Guirado, sigo pensando que no me soportas. Si me has ayudado antes en el taller es porque sufrirías más si se rompiera una de las máquinas que si yo me rompiera un dedo.

—Tampoco es eso —se ruborizó ella.

—Cada vez que hablamos parece que quisieras arrojarme las palabras.

—Empezaste tú, ¿o es que lo has olvidado?

Velasco puso los ojos en blanco.

—No hay conversación que inicies conmigo en la que no seas desagradable —le acusó ella.

—Porque siempre me miras de ese modo.

—¿De qué modo te miro?

—Como si me juzgaras, como si intentases saber por qué me comporto como me comporto.

No me gusta que la gente me vigile ni interprete mis intenciones.

El maestro también lo hizo la primera vez que nos vimos.

Asumió que sabía todo de nosotros y nuestras vidas solo por lo que fuimos a empeñar.

No soporto ni la compasión ni la condescendencia.

Si hubiese sabido distinguir gemas y tasar joyas, no habríamos pasado la vergüenza de pretender empeñar unas joyas sin valor.

Por eso estaba tan alterado cuando ella apareció por la biblioteca la primera vez que se vieron.

Las joyas que doña Cerelia llevó a tasar no eran tan valiosas como aparentaban.

Los diamantes eran meros cristales de roca y los metales nobles de las sortijas estaban aleados con otros de menor calidad. Un embuste más del coronel Espíndola.

Ágata se quedó callada pensando y se percató de dos cosas: en algún momento el joven había empezado a llamar a su padre «maestro» con el más profundo de los respetos, y siempre que se había encarado con ella, Ágata se había quedado mirándole fijamente antes.

—No puedes pensar de verdad que con esa cara vas a poder evitar que te miren.

Él alzó una ceja.

—No creo que exista nadie en este mundo más bello que tú.

Cuando vio que a Velasco se le coloreaban un poco las mejillas, Ágata se corrigió deprisa al darse cuenta de lo que acababa de decir:

—Pero solo porque contrasta con ese carácter desagradable que te sale cuando nadie se lo espera; aunque seas irritantemente perfecto en todo, no eres tan malo.

Él estalló en carcajadas.

—Lo dicho, que no me aguantas. ¿Cómo osas tacharme de algo tan cruel como la perfección? Tú también eres insoportablemente enterada.

—Vale, no te aguanto. Y también tenías razón con mis razones para ayudarte esta mañana, no quiero que rompas nada.

Velasco volvió a reír, aunque no desaparecía la sombra de tristeza que siempre veía. Ágata se quedó muda. El desgraciado no podía ser más guapo, pero no estaba dispuesta a repetírselo.

—¿Por qué estás tan segura de que no soy una mala persona? —le preguntó Velasco de repente.

—Porque una mala persona no podría tocar el piano ni dibujar como tú. Incluso los artistas más desagradables guardan algo divino en su alma. Es imposible que salga algo hermoso de un terreno yermo, tanto como que una flor brote de una piedra.

Él la escrutó. Levantó despacio la mano que tenía libre y le recolocó el dobladillo del cuello de la camisa.

—Me dijiste que te mirara a ver si aprendía algo. ¿Por qué no? Pienso que tú podrías hacer brotar flores de pedrería en cualquier lugar, niña.

Ágata notó el calor del rubor. Ese «niña» sonó muy distinto al primero que le dedicó.

Cuando apareció su padre por la biblioteca y se detuvo en el quicio de la puerta, se percató de que la escena era diferente a la de esa mañana.

Velasco carraspeó, saludó a su maestro y se fue a su habitación.

Ágata en cambio permaneció inmóvil donde estaba.

Cuando consiguió luchar contra los latidos de su corazón, alzó el rostro para enfrentarse a la mirada de su padre. No se esperaba su expresión preocupada.

—Hija… ¿En serio debemos volver a hablar de tus maneras con el nuevo aprendiz?

—Esta vez no me estaba ensañando con él, padre, se lo prometo —se defendió ella alzando las manos—. Estoy intentando acercar posturas, como usted me pidió.

Aurelio puso los brazos en jarra algo tenso, lo que hizo que ella se pusiese igualmente en guardia.

—Ya. Eso es precisamente lo que quería decirte, Ágata, que no sé si me convence cómo lo estás haciendo. ¿O crees que no me he dado cuenta de cómo lo mirabas ahora y esta mañana?