La hija del joyero Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

—Ojalá pudiéramos trabajar siempre con un mismo material traslúcido e ir cambiándole el color en lugar de tener que saber cómo tallar cada gema y conocer los nombres y valores.

—Podríamos si diéramos con el fondo de color adecuado.

Él parpadeó y se quedó pensativo.

—Pero como no es el caso, te gusten o no, si quieres dedicarte a la joyería, no te va a quedar otra que estudiar las gemas y saber reconocerlas.

—No sé ni por dónde empezar.

Ágata le apretó la mano sin pensar.

—Podrías verme trabajar. Quizá aprendas algo.

Velasco se quedó callado. Recordaron entonces que sus manos seguían unidas y ambos alzaron la cabeza despacio. Se miraron hasta que Aurelio volvió a entrar en el taller.

—Mirad qué curioso lo que cuentan en el Avisador Malagueño .

Ágata apartó deprisa la mano y regresó a su sitio para darle la espalda. Velasco, aunque también apurado, continuó observándola un poco más y luego se interesó por lo que decía el periódico.

Distraída mientras su padre hablaba con entusiasmo sobre la familia real en el exilio, un hábito cada vez más descabellado y peligroso, Ágata se riñó a sí misma por sus propias imprudencias antes de que el joyero reapareciera.

¿En serio le había sugerido a Velasco que la observase mientras trabajaba?

Esa misma tarde, Ágata descubrió a Velasco sentado frente al pianoforte de su madre aprovechando que su padre y los Bereton habían salido. Aunque acarició las teclas, no las hizo sonar, como si les negase conscientemente darles ese gusto.

La joven notó el rostro arrebolado recordando el tacto de la mano de Velasco bajo sus dedos callosos.

Eran grandes y muy suaves. Una parte de ella se lamentaba pensando que acabarían tan curtidas como las suyas.

Ver a Velasco fulminando un talento que dominaba solo por rencor la conmovió en lo más profundo.

Sintió que veía a ese joven por primera vez.

Entonces él alzó la vista, molesto por su presencia. Ágata se preguntó si tal vez estaba avergonzado de que lo hubiera pillado. «Zafiros», pensó ella. Oscuros y tormentosos, no por ello menos bellos.

—¿Es que nunca dejarás de mirarme?

Ágata frunció los labios.

—Tal vez cuando dejes de hacer cosas raras.

—Sentarme al piano no es raro.

—Sí si no lo tocas.

—¿Para qué hacerlo si nadie me escucha? Solo aprendí a tocarlo para impresionar a los demás, y solo lo tocaré cuando esté ante un público que merezca la pena.

Ágata se quedó horrorizada. Ni siquiera se había planteado algo así, pues iba en contra de todo en lo que creía.

—Eso no explica que te hayas pasado el último mes observándolo como si te fuera a morder.

—Ah, pero ¿no sabes que muerden?

La joven puso los ojos como platos. Ingenua, observó el instrumento de arriba abajo.

—Pon la mano en este filo, verás lo que pasa —le dijo él con malicia abriendo la tapa frontal.

—Serás idiota… —gruñó ella sonrojándose.

—No soy yo el que se ha tragado una trola tan obvia.

Cuando Ágata se volvió para dejarlo solo otra vez, él dijo:

—Eres diferente.

Ella se frenó y lo miró.

—A las demás mozas —matizó Velasco.

—¿Porque trabajo en el taller?

—Y porque pareces… inteligente. Mi madre es buena, pero no muy lista.

Ágata puso mala cara al escuchar el comentario.

Pensó que era fruto del resentimiento contra su madre, a la que injustamente culpaba de su situación.

Con el resto de las mujeres y muchachas era falso y zalamero, así que por primera vez agradeció que se comportase de un modo distinto con ella, aunque no dejara de ser desagradable. Ágata tomó asiento a su lado.

—Gracias.

—No era un cumplido. —Velasco sonrió ladino—. He dicho que lo pareces, no que lo seas. Si lo fueras, sabrías desenvolverte mejor.

—¿Eso es lo que haces tú cuando sonríes falsamente a todo el mundo? ¿«Desenvolverte»?

Velasco se encogió de hombros.

—¿Por qué? —insistió ella.

—Más bien, para qué —dijo él tocando varias veces la tecla de fa sostenido—. Se desempeñe el oficio que se desempeñe, siempre conviene darle al otro lo que quiere. Estoy seguro de que hay artesanos malos que venden más que los buenos solo por su labia.

—Me niego a caer en esas bajezas.

—Solo digo que si fueras hábil y te ganaras a tus potenciales clientes, a lo mejor tendrías una remota posibilidad de convertirte en la mejor joyera de España.

—Tú… —La joven estuvo a punto de preguntarle cómo sabía él su más profundo anhelo, pero prefirió obviarlo y no darle más vueltas—. Mi padre seguro que estaría de acuerdo contigo. A todo esto, ¿tú no querías ser militar?

—Aunque no se me dé del todo bien, ahora esta faena me parece incluso mejor plan.

Ágata se ofendió por el desprecio hacia su oficio, hasta que él dijo:

—Es una pena que seas mujer. Tú sí que tienes talento, pero tendrás que dejar el taller para casarte algún día, ¿verdad?

«Él también lo piensa». Ágata lo fulminó con sus ojos negros.

—Y ningún hombre desea casarse con una mujer que sea más resuelta e inteligente que él —añadió Velasco, que se había acercado a ella con un talante provocativo.

—Pues yo me niego a vivir con alguien que sea más inútil y estúpido que yo —replicó desafiándolo con la barbilla levantada, a un palmo de distancia.

Creyó que Velasco se mofaría, pero, en su lugar, se inclinó todavía más hacia ella, las aguamarinas más nítidas que nunca. Su aliento le acarició la nariz.