Capítulo 4 #2
Velasco solo reaccionaba cuando se sabía observado, y encaraba a Ágata con expresión molesta.
«¿Qué miras?», le espetaba siempre de malos modos.
Ella se limitaba a devolverle el gesto de malas pulgas, sin entender por qué Velasco la trataba con tanto desdén.
Parecía que solo le incomodaba su mirada, la misma que lo vigilaba en la intimidad del hogar Guirado.
Las de los demás le daban igual, incluso parecían estimularle.
Porque ese era otro aspecto fascinante de su nuevo compañero de taller. Lejos de su desdeñosa actitud habitual para con ella, Velasco se comportaba con el resto de una forma galante, hasta el punto de que era como ver a una persona completamente distinta.
—Bienvenida, doña Hortensia, permita que le ofrezca el sillón más cómodo.
La vecina más irritante de Málaga cayó rendida a sus pies nada más verlo, como todas las clientas del taller Guirado.
De hecho, Velasco se había convertido en un reclamo más para visitar el negocio.
Lo que molestaba y fascinaba a Ágata a partes iguales.
Detestaba que el talento de su padre se situara en segundo plano por culpa del atractivo de su alumno, pero debía admitir que la hipnotizaba presenciar los cambios de expresión de Velasco.
Abandonaba su rictus malhumorado para sonreír con la mayor de las cortesías en cuanto aparecían las clientas.
«Uf… Condenadas aguamarinas», se decía cada vez que Velasco desplegaba esa sonrisa melosa delante de las señoras, incluso para dirigirse a ella.
Su atractivo le causaba el mismo sofoco que al resto de las mujeres pomposas, pero ella le rehuía sin decirle nada, molesta por la traición de sus carrillos sonrojados o de su corazón lastimero.
Ese día, ya sentados con doña Hortensia, y tras discutir con la señora los detalles de los nuevos pendientes de brillantes que deseaba encargar, esta se dirigió a Aurelio sin dejar de mirar a Velasco:
—¿Por qué no viene usted esta tarde a la merienda de los Crooke con sus dos mozuelos, don Aurelio?
A los tres les desconcertó tanto aquello de «mozuelos» como la invitación.
—Avisaré que van de mi parte —zanjó la mujer—. Estoy convencida de que las jovencitas estarán encantadas de poder contar con la presencia de su nuevo aprendiz, Aurelio. Hace semanas que no se habla de otra cosa por los corrillos malagueños.
Velasco tardó un poco en reaccionar, pero acabó sonriéndole de esa forma encantadora e impostada. Cuando Ágata miró a su padre suplicante, supo que no podía hacer nada para evitar la catástrofe.
Horas después, la hija del joyero se vio en el número 23 de la Alameda Principal, ataviada con su mejor vestido y su mayor gesto de hastío.
La de los Crooke era una vivienda grandiosa.
Se asemejaba mucho a la de los Bereton en tamaño, pero la disposición era todavía más bella.
También contaba con un patio central con columnas de mármol blanco, con acceso para las calesas.
Los invitados a la merienda se instalaron en el salón principal, situado en el primer piso.
La sala daba a la balaustrada de madera de la escalera central, y contaba con numerosas estanterías repletas de libros y tres lámparas de araña cuyos cristales Ágata era incapaz de dejar de observar.
Igual que el imponente piano de cola. Se preguntó si su madre lo llegó a tocar.
En cuanto comprobó que su padre lo miraba de vez en cuando mientras conversaba con doña Augusta, tuvo claro que sí.
La belleza de la mansión de los Crooke mitigaba el malestar de Ágata, motivado por sus ocupantes.
Hacía rato que las risotadas nerviosas de las señoritas que rodeaban a Velasco empezaban a ponerla realmente enferma.
No entendía cómo su compañero era capaz de sonreírles y mantener conversaciones cordiales cuando siempre estaba de morros en el taller.
No debería haber asistido a aquella estúpida merienda. Ni doña Hortensia ni nadie tenían el más mínimo interés en que ella acudiera, pero su padre insistió en que debían ir los tres.
Así que Ágata se retorció los dedos enfundados en sus guantes de encaje negro, que hacían juego con la capita que cubría los hombros de su atuendo rosado.
Se planteó si regresar a la mesa de los aperitivos por quinta vez para coger otro emparedado de zurrapa.
Lo descartó al instante, ya tenía ganas de vomitar desde mucho antes de que se comiese el primero.
—Veo que tu padre te ha cambiado por un varón que ni siquiera es su hijo, Ágata —le dijo Juana por la espalda.
La muy mezquina lo había intentado varias veces a lo largo de la tarde, pero solo entonces dio en hueso.
Ágata se volvió y la repasó con los ojos entornados, desde sus botines turquesas que contrastaban con su falda de tul celeste, hasta la nariz aguileña que distraía de sus ojos cieno.
A pesar de su personalidad retorcida, para la hija del joyero todos los jóvenes de la Alameda siempre serían barro por esculpir.
Ágata dirigió la vista hacia el corrillo de admiradoras de Velasco. No solo se le estaba haciendo insoportable tratar de mantener el tipo ante los invitados adultos. La gente de su edad estaba siendo todavía más soporífera. ¿Es que ya no iba a poder estar tranquila en ningún sitio?
—Es muy guapo —saltó Matilde, que iba a la zaga de Juana, mirando a Velasco.
Hacía algún tiempo que había dejado de jugar con Samanta para peinar su propia cabellera de largos tirabuzones dorados. Ágata supuso que era natural cuando una niña descubría que ella misma podía ser su mejor muñeca.
—Es demasiado guapo —dijo Marcos, que había llegado con Lucas a tiempo de escuchar el comentario de Matilde.
—¿Se puede ser demasiado guapo? —se preguntó este arqueando las cejas.
—Que nos lo diga nuestra querida Ágata, que tiene que compartir techo y padre con él.
Juana la tenía tan bien calada que sabía que Velasco despertaba en ella un sentimiento distinto al de las demás muchachas.
Cuando Ágata estaba a punto de contestarle, el tintineo de una cuchara golpeando una copa de cristal las distrajo de su duelo.
Don Miguel, el más anciano de la familia Crooke, tomó la palabra:
—Señor Espíndola.
Velasco se encogió al escuchar el apellido de su padre, pero miró al mayor de los Crooke con interés por cortesía y porque todos los presentes habían puesto sus ojos en él.
—¿Es cierto lo que he oído decir a su tía abuela Engracia, que es usted un virtuoso del piano?
—¡Oh! —exclamaron aplaudiendo las señoritas que lo cercaban—. Por favor, tóquenos algo.
Velasco apretó la mandíbula con las manos a la espalda.
Ágata estaba convencida de que se negaría.
Sin embargo, no solo accedió con naturalidad por complacer a sus anfitriones, sino que se dirigió derecho hacia el piano bajo la atenta mirada de su maestro joyero, que se encontraba muy cerca.
Velasco tomó asiento con delicadeza frente al majestuoso instrumento y cogió aire irguiendo la postura.
Entonces esbozó una gran sonrisa y acarició las teclas con decisión.
Los dejó a todos perplejos, pues procedió a interpretar la melodía más alegre posible. Sonata número dieciséis de Mozart.
Todas las mujeres jóvenes lo escucharon extasiadas, abanicándose con sus accesorios de nácar y carey.
Los caballeros no se quedaron atrás en admiración, muchos dejaron sus puros en suspenso por no perder detalle.
Los dedos, la cabeza y los hombros de Velasco se movían completamente compenetrados con la música.
Al concluir, los asistentes al evento lo aplaudieron encantados.
Incluso Ágata estuvo tentada de hacerlo, más después de la mirada de su padre, que desaprobaba su actitud inmóvil. Sin embargo, ella quedó en silencio.
Velasco tampoco era sincero con la música.
Días más tarde, en el taller, Ágata no se quitaba de la cabeza la expresión de Velasco mientras tocaba el piano de cola de los Crooke. Lo pletórico que sonó, o que parecía su semblante, cuando el azul de sus ojos se veía más gris que nunca.
—Creo que es buen momento para un descanso —anunció Aurelio.
El maestro joyero les dijo que aprovecharía para ir al desván a buscar grasa para la palanca de la prensa.
Era una de las máquinas más grandes y aparatosas del taller, y también de las más antiguas, por lo que se atascaba bastante, de ahí que Aurelio precisara soltar sus engranajes. Los dos discípulos se quedaron solos.
Ágata estaba segura de que Velasco debía de sentir la misma tensión que ella, porque, con tal de hacer algo, el joven probó a forzar la máquina, colocando los brazos a modo de palanca.
—¡No! —corrió ella a frenarlo escandalizada. No solo se levantó de su taburete, sino que tomó las manos de Velasco y las apartó rotunda—. Si lo agarras así, te harás daño en los dedos, burro.
—Vuelves a ser la menos indicada para decirme nada, señorita guantes de encaje.
Ella frunció el ceño. «¿Ahora soy una señorita?», pensó.
—De todas formas, por muy engorrosas que sean todas estas máquinas, prefiero trabajar con el metal —añadió al ver que Ágata no decía nada—. Las gemas son muy complicadas.
—No cuando aprendes a reconocerlas.
—Para ti es fácil de decir, porque ya las dominas. ¿Es cierto que el maestro te enseñó a compararlas con la gente? Seguro que lo sigues haciendo.
—No —mintió Ágata—. Solo cuando era niña.
—Pues eso. A saber qué me habrás asignado a mí. ¿Me sacará los colores?
—No te he asignado nada —insistió diciendo la verdad esta vez, pero solo porque todavía no se decidía.
Velasco se puso de morros, ofuscado.
—Lo hagas o no, sigue siendo descabellado que sepas tanto a tu edad.
—Me resulta divertido —restó ella importancia al inesperado cumplido.
Pero el muchacho rompió el contacto visual y dirigió la vista a la mesa de trabajo de Aurelio, sobre la que había esparcidas algunas piedras preciosas.